EMILIO ESTRADA

La Campaña de los Chapulos (1884)

Litografía e Imprenta de la Universidad de Guayaquil. 1 9 84

LA CAMPAÑA DE LOS CHAPULOS (1884) DIARIO INTIMO DE EMILIO ESTRADA
Prólogo por Elías Muñoz Vicuña

La Universidad de Guayaquil está conmemorando el centenario de la Revolución del 15 de noviembre de 1884, como la llamara Luis Vargas Torres; porque con ella se inicia el proceso definitivo que nos llevaría a la Transformación Liberal Ecuatoriana, a nuestra Revolución Burguesa antifeudal.
. En dicha Revolución y, concretamente en la Campaña de los Chapulos, participó como combatiente, Emilio Estrada Carmona.
Emilio Estrada ha dejado escrito su Diario íntimo que damos a la publicidad con esta oportunidad.
Emilio Estrada nació en Quito en 1855, pero en realidad su vida la hizo en Guayaquil, porque siendo su padre liberal urvinista, fue desterrado a Lima, a partir de 1860, y entonces su madre vino a vivir en Guayaquil y aquí creció Emilio Estrada.

. Ya en 1883 participó en la campaña de Mapasingue que dio al traste con el dictador Ignacio Veintemilla.

Subido al poder José María Plácido Caamaño y entronizado su Gobierno reaccionario y represivo, los liberales se levantaron en armas, habiendo convenido hacerla simultáneamente e115 de noviembre de 1884. En efecto, e113, Emilio Estrada,
Marcos Alfaro y Gabriel Moncayo, partieron a la cita con la historia, en la hacienda Victoria, propiedad de los esposos Eudardo Hidalgo Arbeláez y María "amarra, también revolucionarios, la que daba a orillas del estero de Chapulo o Gallinazo.

Los revolucionarios se titularon a si mismos como los "Húsares de Chapulo", y la Historia los llama "Los chapulos".

Emilio Estrada relata las peripecias de la Campaña que termina con la derrota de la revolución y el fusilamiento del Jefe chapulo, Coronel Nicolás Infante. El autor, Emilio Estrada, era el Secretario de la Campaña.

La derrota en esta campaña no terminó con la Revolución ésta terminó solamente con la Victoria de Alfaro en 1895 y la instalación del régimen-liberal - alfarista.

Emilio Estrada siguió siendo un destacado liberal. Siempre quiso Alfaro que fuera su sucesor en la presidencia de la República, como así lo fue en 1911. Sin embargo; una de las más trágicas páginas de la historia ecuatoriana se habían de escribir al rededor de estos dos amigos. Alfaro informado de que Estrada padece de una grave enfermedad cardiaca que no le permitirá Gobernar, le pide que renuncie. También pesa en su criterio la división del Partido liberal; en Esmeraldas, por ejemplo, baluarte del liberalismo, Estrada solamente ha obtenido dos (2) votos, mientras que Flavio Alfaro 841 y, esta sección es vital para un gobierno liberal. Estrada considera una ofensa que se le pida la renuncia porque pueda morir en el cumplimiento de su deber y se niega a hacerlo. Y no so1amente eso, sino que impulsa la conspiración para no ser burlado en su derecho y, es así como e1 11 de agosto de 1911, Eloy Alfaro es depuesto. Estrada moriría de su enfermedad el 21 de diciembre de 1911, cuando se encontraba en Guayaquil con licencia y al margen del Poder.

Después, como el mismo lo dijo, "LA GUERRA CIVIL IMPLACABLE Y FORMIDABLE".

Emilio Estrada nos ha dejado, pues, un Diario de sus actividades revolucionarias, que lo damos, a publicidad, porque consideramos que los estudiantes y el pueblo deben conocer como se ha ganado, lo que el pueblo ecuatoriano ha logrado en libertad. Es decir, porque han habido, hombres como Estrada, que han puesto su pecho por delante.

Este trabajo fue publicado por primera vez, por su hijo Víctor Emilio Estrada, en 1942, en el contexto de su obra: Vida de un Hombre: Emilio Estrada (1855-1911).

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Si vale la referencia, hay una circunstancia especial de la que debemos dejar constancia.

Emilio Estrada hizo los planos de la actual Casona Universitaria, calle Chile No. 900. Este fue un tributo suyo a la Universidad de Guayaquil. Los planos se los regaló a la Universidad a través del Rector Dr. Julián Coronel. La Universidad se lo agradeció en la siguiente nota:

"República del Ecuador
Rectorado de la Universidad de Guayaquil
No. 338
Guayaquil, a 20 de enero de 1903.
Señor don Emilio Estrada

La junta Administrativa de esta Universidad, en Sesión del 21 de diciembre próximo pasado, resolvió unánimemente dar a Ud. un voto de gratitud por el servicio que generosamente ha prestado Ud. a la Universidad, delineando y obsequiándole un plano que sirva de base para la construcción del edificio que va a levantarse.
Al dar cumplimiento a este acuerdo, poniéndolo en su conocimiento, me es grato agregar a los agradecimientos de la Junta en que tengo el honor de presidir, los personales míos y los sentimientos de distinguida consideración con que me suscribo de Ud.

Atto. y S.S.
JULIAN CORONEL"
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E1 señor Emilio Estrada revolucionario de su tiempo, con la grandeza y las limitaciones de su época, merece fe en los relatos que nos ha dejado, y por eso, esta Colección se honra con la publicación de la presente obra.
Mucho aprenderán las generaciones actuales con la lectura de este Diario. El dejará una enseñanza, basada en una experiencia heroica. Viene a completar el Cuadro que nos han escrito, Luis Vargas Torres en su folleto LA REVOLUCION DEL 15 DE NOVIEMBRE DE 1884, Y la de M. A. Delgado R, intitulada LA D1NASTIA MASTUERZO. .

Guayaquil, Julio de 1984.


LA CAMPAÑA DE LOS "CHAPULOS" (1.884)

DIARIO INTIMO DE EMlLIO ESTRADA.

"El 13 de Noviembre, día señalado para dejar Guayaquil, debíamos tomar con Marcos Alfaro y Gabriel Moncayo, uno de los vaporcitos que hacen el tráfico comercial entre la ciudad y los pueblos vecinos. Alfaro pudo embarcarse en el puerto mismo, pero yo, vigilado más de cerca a causa de enemistades personales, me ví obligado a esperar la salida del vapor y tratar de alcanzarlo en unión de Moncayo: esto nos fue imposible y nos vimos obligados a continuar nuestro viaje en bote hasta la próxima hacienda del señor Intriago, donde esperamos la creciente de media noche, hora en que una canoa nos condujo a Guarumal, llegando allí al amanecer del 14. En esa hacienda había desembarcado Alfaro y seguido viaje a Chapulo en compañía del señor Eduardo Hidalgo que con el objeto de unírsenos nos esperaba.

Después de algunas dificultades que el mayordomo de la hacienda me puso para proporcionarme guía y bestias, accedió y emprendimos la marcha en busca de Alfaro e Hidalgo, con quienes nos juntamos al caer la tarde en Chapulo, hacienda de este último, y donde debíamos esperar el primer resultado del movimiento revolucionario que al día siguiente debía estallar en los cantones inmediatos.

Pasó el 15 y el siguiente día sin que ninguno de los comprometidos hubiera llenado su comisión o por lo .menos nos hiciera conocer su inacción. Pensamos entonces en buscar las noticias que no venían e hicimos un posta a Babahoyo, dirigido al General Barona, Jefe prestigioso que vivía en su hacienda Palmar. M. Alfaro lo invitó para una conferencia, la que fué admitida señalando el mismo General el día siguiente y el sitio llamado "El Aromo" para tenerla como se verificó, asistiendo a ella todos nosotros y algunos peones traídos por Barona por precaución. En esa conferencia Barona ofreció verificar el movimiento en la noche o al día siguiente en la ciudad de Babahoyo, golpe que llevado a efecto, hubiera colocado al Gobierno en la más dura situación, haciéndonos dueños de las vías fluviales, de algunos vapores y de la comunicación con el interior de la República. Esto es, que Quito quedaba aislado o por lo menos impotente para mandar 'tropas a Guayaquil.
No encontró el. General Barona la oportunidad para su movimiento y dos días después fue preso en su propia hacienda, conducido a Guayaquil y cargado de grillos, quedando nosotros entregados a nuestros exclusivos esfuerzos para salvamos puesto que ya estábamos en la condición de perseguidos.
Al separarnos de la conferencia en "El Aromo" regresamos a Chapulo a esperar el resultado del movimiento no sin que en e1camino nos proporcionáramos algunos rifles y municiones para nosotros y dos peones de Hidalgo.
"Hasta aquella noche habíamos tenido la precaución de dormir en un rancho al otro lado del río, pero en frente de la casa de la hacienda; pero ya un tanto animados por las armas que poseíamos y las seguridades dadas por Barona, resolvimos cerca de media noche pasar a la casa principal donde, naturalmente, había más comodidades. Verdadera casua1idad fué ésta que por esa vez nos salvó, por cuanto no había fa1tado alguno que dio noticia de nuestro escondite prestándose a ser guía para capturamos.

En efecto: algo después de media noche oímos el tañido de muchos estribos dé metal chocando en las ramas bajas del cacaotal vecino y en torno de la casuca que pocos momentos antes ocupábamos. Al oír esto nos preparamos para defender el paso del río o retirarnos si las circunstancias lo exigían. Casi una hora pasamos en esta ansiedad, sin darnos exacta cuenta de lo que al otro lado del río pasaba, si bien era evidente para nosotros que tropa de caballería nos perseguía, hasta que al fin se decidieran a atravesar, operación para la que les fue preciso procurarse luces. Grande fué nuestra sorpresa cuando vimos encenderse casi simultáneamente como treinta farolillos diseminados por el vecino barranco. Ante tal número de perseguidores era imposible la resistencia con buen resultado y. que al fin .haría más imposible aún la retirada, y optamos por esta última a favor de la oscuridad penetrando en el cacaotal que se extendía a la espalda de la casa. Tan .profunda era la oscuridad que nos fue preciso tomarnos de las manos para no separarnos los unos de los otros. Todos íbamos ya armados y éramos seis. Marcos Alfaro, Gabriel Moncayo, Eduardo Hidalgo, dos peones de este último y yo.
Tratamos en cuanto nos fue posible encaminarnos a una hacienda inmediata donde un amigo, el que tan pronto como supo nuestra situación vino personalmente trayéndonos todo lo que podía sernos útil en esas circunstancias, y aún nos condujo a un rincón de bosque donde estábamos seguros contra toda pesquisa, era el sitio llamado "Potrero de los Amarillos". Allí y al lado opuesto de un estero acampamos (si ya me es posible emplear esta frase militar) y comenzamos entre seis a hacer servicio de campaña. Al día siguiente a las 9 de la mañana apareció por nuestra espalda un individuo armado de una mala escopeta y pareciéndonos sospechoso lo detuvimos y tratamos de conocer sus intenciones: nada pudimos sacar de él aparte de su buena voluntad para quedarse con nosotros: era un hombre más, cosa que en nuestras circunstancias era siempre bueno. Por la tarde supimos que el teniente político de "La Isla" tenía orden de buscamos y prendernos, entonces cambiamos de campamento, emboscándonos unas cuantas cuadras adelante y separados del camino en sitio donde viéramos sin ser vistos. Supimos que la escolta perseguidora tan pronto como atravesó el río pilló la casa de Hidalgo, y aún, que pasando a la hacienda inmediata había apresado al señor Pedro P. Echeverría, conduciéndolo a Babahoyo a falta de la verdadera presa que se les había escapado y cuya escapatoria pagaron las bestias, gallinas, mulas, ropas, herramientas que para el servicio de la hacienda tenía el señor Hidalgo.

En la mañana siguiente hicimos un posta a Babahoyo, el que a su regreso nos informó de la prisión de Barona y de la inacción de todos los cabecillas en los demás cantones de la provincia. En tal caso nos resolvimos a emprender viaje más al norte en dirección a Palenque, donde contábamos con "amigos fieles y decididos" partidarios de la revolución.

El bondadoso amigo que tanto nos había atendido nos proporcionó 3 caballos que se emplearían en la conducción de algunas armas y municiones que habíamos colectado. Nosotros, por tanto, emprendimos el viaje a pie a las ocho de la mañana del 18 de Noviembre en la tarde de cuyo día llegamos a "La Carmela", hacienda inmediata a la población de Baba, Allí presente un pasaporte falso del Gobernador de Guayaquil en el que se .ordenaba facilitarme bajo inmediata responsabilidad, todos los elementos de transportes necesarios para la eficaz persecución de Alfaro. Moncayo, Estrada, etc., etc." Con este y no con otro medio nos hubiera sido posible conseguir las bestias de que tanto necesitábamos, Así fue, el mayordomo perurgido por la responsabilidad fue personalmente a los potreros y nos trajo tres bestias más, las que unidas a dos otras que habíamos conseguido por el mismo medio con unos transeúntes, nos puso a todos en buenas condiciones de viaje.
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Aguardábamos para tomar el rancho cuando pasó por delante de la casa un caballero seguido de4.n peón, ambos a caballo; me pareció que era amigo nuestro y aturdidamente corrí a saludarlo, detuvo sé y me manifestó muy cortésmente mi equivocación, pero antes de que yo le presentara mis excusas por haberlo detenido, me las pidió él diciéndome que iba muy de prisa, lo que probó poniendo su caballo a escape.

Era Santiago Ubilla, comisario encargado por el Gobierno para capturarnos, pero que asustado de encontrarme cuando menos lo esperaba, no veía el momento de ponerse a salvo, Esto lo supe y comprendí cuando regresé a la casa donde mis compañeros me reconvinieron por la imprudencia cometida, poniéndome a merced de semejante hombre.

Esta circunstancia nos hizo precipitar la marcha a pesar de la oscuridad de la noche; pues nuestra permanencia allí era ya peligrosa, pues Ubilla era bien capaz de regresar con tropa tomada en la vecina villa de Baba. En consecuencia, nos pusimos en marcha encaminándonos en lo posible a la hacienda "Muralla" donde llegamos a la media noche. Allí descansamos hasta las primeras horas de la mañana siguiente, en que continuamos viaje provistos ya de un guía, y un poco más de armamento y municiones, que nos proporcionó un excelente amigo de la vecindad. Nuestro objeto era atravesar las montañas en dirección a Palenque sin pasar por la población de Vinces, con cuyo objeto vadeamos el río por un sitio llamado "California" y en seguida, otro brazo del mismo llamado "El Esterón". Por desgracia el paso de "California" fue observado por uno de tantos amigos noticieros que no sé si par hacer bien a mal voló a Vinces a contar públicamente lo que había visto, exagerando, las proporciones de todo, - según él- no eran ocho hombres y dos bestias de parque sino cincuenta hombres y veinte mulas, y tanto exageró que las autoridades de Vinces se creyeron impotentes contra nosotros y pidieran órdenes y refuerzas a Guayaquil, lo que dio tiempo y oportunidad para continuar nuestro viaje a pesar del contratiempo.
En la tarde de ese día llegamos sin más novedad a Palenque, donde fuimos recibidos por Nicolás Infante y su hermano Justo, encontrando en ellos la acogida que esperábamos. Ellos, como nosotros, discutieron la oportunidad y la necesidad de la revolución armada, conocieron el verdadero estado de la opinión del país y la culpable inacción de los cabecillas comprometidos a dar el golpe que a la fecha sabíamos ya fallido. Bien penetrados del paso que íbamos a dar nos ofrecieron la más decidida cooperación. '

Desde el día siguiente. 20 de Noviembre, empezamos de común acuerdo, aunque sin desconocer oficialmente el Gobierno de Caamaño, a hacer el más riguroso servicio de campaña, todos nosotros como simples soldados a las órdenes de Nicolás Infante como Jefe de operaciones y Justo como comisario de guerra. Nicolás aumentó con voluntarios nuestra tropa a 17 hombres, .arregló bien el armamento e hizo una equitativa distribución de parque, reservando una parte considerable que nos seguiría durante las operaciones a lomo de bestias.

Nuestro servicio de rondas y avanzadas nos tenía al corriente de las movimientos del teniente político señor Manzano, el que gestionaba de acuerdo con las autoridades de Vinces para capturarnos, como resolvieron hacerlo el 23 de Noviembre. Al tener nosotros conocimiento de esta medida resolvimos dar el golpe en Palenque y marchar inmediatamente sobre Vinces anticipándonos así a todo movimiento del enemigo. Con esta virtud discutimos el acta de revolución, por 1a que desconocíamos el Gobierno del señor Caamaño, proclamábamos Jefe Suprema al señor Alfaro y conferíamos facultades de jefe civi1 y militar al señor Nicolás Infante. Su hermano Justo aceptó el cargo de Comisario de Guerra. Don Rafael Anda el de primer jefe de la fuerza y Gabriel Moncayo el de segundo jefe.

Los motivos que nos precisaban a dar el grito de santa rebelión no deben dejar de ser enumerados en este manuscrito que algo puede enseñar á alguien; y sobre todo, después del cúmulo de calumnias que se han propalado así para desprestigiar la revolución como para paliar el sinnúmero de delitos cometidos para sofocarla.

Si no la razón natural, por lo menos la experiencia ha probado que en, el Ecuador todas las revoluciones buenas o malas, justas o injustas han nacido o tenido su causa determinante en los abusos del poder, abusos que a su vez, han determinado las arbitrariedades de los empleados subalternos de la administración, las que en la fatal pendiente, de los acontecimientos, han provocado la exasperación pública, traducida por la revolución armada.
Aunque ajeno a la índole de este manuscrito dedicado a una niña, creo necesario consignar aquí como dejo dicho, los móviles que impulsaron a los ecuatorianos a empuñar las armas para reivindicar la dignidad de hombres libres por, la que tantas veces nuestros padres hicieron otro tanto desde la emancipación hasta nuestros días.
"Concluía la guerra civil contra la dictadura del General Veintimilla el 9 de Ju1io de 1883, parecía que los ecuatorianos debíamos unirnos para encaminar al país en la vía de las reformas civilizadoras del siglo, a efecto de lo que convenía matar el personalismo político, conviniendo todos .los ecuatorianos, en un nuevo pacto social en el que todos los partidos les quedara abierto el campo de las reformas que anhelábamos .Desgraciadamente no fue así, y muy al contrario, desde el día siguiente del combate definitivo, el partido clerical conservador usó y abusó de las armas que, tenía en mano para derrocar la dictadura, empleándolas para imponer autocráticamente su voluntad a la inmensa mayoría de ecuatorianos residentes en las provincias andinas y algunos cantones litorales segregados de sus centros. Bajo semejante inspiración y previos muchos delitos para asegurar el éxito se instaló la Convención Nacional convocada por los tres Gobiernos seccionales. Debido a los manejos planteados en las elecciones de convencionales, el partido liberal no tuvo en la asamblea más de 9 representantes genuinos, los que al ocupar sus asientos en la Cámara sirvieron de blanco a los insultos dirigidos por las intransigentes durante las sesiones. .
En seguida vino la elección de Presidente Interino, recayendo ésta en dan José María P. Caamaño, hombre sin conocimientos como político, sin honradez como ciudadano y desprovisto mismo de las virtudes domésticas que hacen siquiera estimable a un hombre ante la vecindad en que ha nacido y vivido. Prueba de estas circunstancias es que ni uno solo de los diputados del litoral, lugar donde era conocido, dio su sufragio para este hombre que bien pronto había de desilusionar hasta a sus mismas cómplices. Durante el Interinazgo se azuzó al provincialismo, se suprimieran escuelas y colegios en el litoral, se impuso silencio por la fuerza a la prensa independiente, se persiguió a todo lo que no era ultramontano o prescindente, se separó de todo cargo público a todo hijo del litoral y se implantó la calumnia y el vejamen contra el partido y los hombres todos pertenecientes al credo político que hacía hasta entonces, una oposición pasiva. A este credo político había pertenecido el señor Caamaño, pero nunca para que este partido lo hubiera elevado un solo escalón en el grado de la magistratura. Sea por unas razones u otras; es evidente que el señor Caamaño adquirió compromisos con los terroristas intransigentes, compromisos que satisfizo persiguiendo encarnizadamente a las hombres e ideas liberales.

. La prensa, vía pacífica, fué seguida por el partido liberal para reclamar los derechos que como ecuatorianos teníamos, desde entonces demostramos los inconvenientes que tendría la elección del señor Caamaño como Presidente Constitucional. La contestación de él, ya personalmente, no se hizo esperar desde que realizada la elección se desencadenó una serie de atropellos y violaciones de la misma Constitución que acababa de sancionar su mismo partido.
Tan pronto pues como el señor Caamaño se vió elevado a la Primera Magistratura, inició la más tenaz persecución de toda idea y a toda hombre que nó estuviera de acuerdo con las ideas y los hombres del partido. ultramontano a cuya cabeza se había él puesto después del 9 de Julio de 1883. En el acto los liberales reclamamos nuestros derechos por medio de la prensa, como dejo dicho, señalamos de una manera moderada e indiscutible, las arbitrariedades que contra nosotros se cometían, pedimos justicia y la parte que como a ecuatorianos nos correspondía en la casa pública de nuestra patria. Una contestación autocrática no se hizo esperar. La prensa tuvo que callar o prostituirse aplaudiendo arbitrariedades. Las elecciones para diputados y senadores fueron una burla. Para oprimir y vejar al Litoral se trajo de Lima un hombre odiado de todas las poblaciones costeñas, hombre conocido por su carácter despótico y arbitrario con el desvalido y con el pequeño, y servil y sumiso hasta la saciedad con los poderosos, hombre máquina, en fin, que hizo gemir a la provincia del Guayas. A este hombre se le confirieron poderes discrecionales superiores aun a los del Presidente de la República y con emolumentos superiores a éste. Este hombre usó de su poder con el cinismo que da la impunidad asegurada de antemano y, garantizada por la complicidad de los superiores.

Las rentas públicas aumentadas por la exuberancia de nuestro suelo, comenzaron a ser insuficientes para satisfacer semejante derroche y el Gobierno se vió obligado a hacer operaciones forzadas para las que buscó miembros de la familia del Presidente Caamaño.

De perfecto conocimiento de todos los ecuatorianos son esas operaciones cuya verdadera calificación no es forzadas sino usurarias y con el agregado de que comprometían el porvenir económico del país aprovechando inmediatamente a los agraciados con ellas:

El Congreso Nacional por un fanatismo exagerado y por intereses personalísimos declaró Ley de la República un concordato írrito celebrado entre el anterior dictador y el Pontífice Romano, concordato que no había recibido la sanción legal y que, por tanto, no podía, según nuestras leyes, ni según el derecho público, ni según las prácticas internacionales, ser Ley de la República.

En fuerza de este atropello o concordato fueron electos para Obispos en el Ecuador, sacerdotes extranjeros, esto es que se trajo mercenarios para que ejerciera jurisdicción en nuestra patria. '

En el país entero, aunque con distinto modo de pensar, opinaban los Círculos políticos que la revolución armada se había hecho necesaria. Era principalmente en el Litoral donde Caamaño esperaba la revolución que con sus atropellos provocaba, y como uno de los medios de prevenirla azuzó el provincialismo, destituyendo a todos, sin exceptuar uno de los empleados costeños en la costa y los reemplazó con interíoranos escogidos entre aquellos que más odio profesaban a las ideas y .a los hombres de la costa.

Todos estos procedimientos que de antemano estaban anunciados por la prensa, excitaron los ánimos y si se quiere la pasión política de los perseguidos que no vimos ya garantías de ninguna clase ni esperanzas de una intervención legal en la cosa pública, puesto que las elecciones habían sido como de costumbre, falsificadas o impuestos los elegidos, y lo que es más humillante para un país, impuestos, por los cuarteles, sitios donde se falsificaban por millares las cédulas de sufragio.

No hablo aquí de muchos otros motivos que no dejaban a los ecuatorianos otro camino abierto que el de las armas para reconquistar las libertades que nuestros padres nos legaron y las garantías que necesitábamos ya las que, como ecuatorianos, teníamos derecho, sobre todo cuando, como buenos las adquirimos luchando contra la dictadura.

Si la pérdida de la dignidad de hombres libres no era una razón poderosa para rebelarnos, desaparece el derecho de rebelión sancionado, por los hombres de todos los tiempos y de todos los colores, y les será preciso a los sesudos convenir en que nuestros padres hicieron mal cuando nos emanciparon de España por idénticas razones y que el los mismos (los sesudos) hicieron mal ayer no más cuando se sublevaron contra la dictadura de Veintimilla que no había hecho antes de la sublevación la décima parte de las atrocidades que Caamaño había planteado como forma de Gobierno. En fin, amiga mía, recomenzaré la interrumpida relación.

Después de discutida y firmada el acta por los que hacíamos el movimiento revolucionario en esa parte de la República, procedimos Moncayo y yo a reducir a prisión al teniente político de la localidad y en seguida nos pusimos todos en marcha sobre Vinces, punto donde sabíamos seguramente que se juntaba tropa para venir a capturarnos al día siguiente. El día 23 de Noviembre a la una de la tarde atravesamos el río Palenque a dos leguas de Vinces, debiendo marchar paralelamente por la orilla que nosotros abandonábamos Justo Infante, Eduardo Hidalgo y sus individuos de tropa, y por la ribera de Vinces, Nicolás Infante con nueve más, el teniente político de Palenque (provinciano) y el cura del pueblo que voluntariamente quiso acompañarlo a instancia de las hijas de aquél. A las 4 de la tarde del mismo día llegamos a las inmediaciones de Vinces, donde en un alto preparatorio dispuso Infante que yo con tres, hombres entrara de improviso a la población y asaltara el cuartel situado en la Casa Municipal. El ataque debía ser apoyado por Justo Infante situado ya con sus hombres, al otro lado del río frente al lugar objeto del ataque. Nicolás, con los que le quedaban, caería en tiempo oportuno para sostener el asalto en caso de resistencia. Nuestra esperanza se cifraba en la rapidez del asalto, que dió el más cumplido resultado.

Recibida la orden y bien penetrados todos y cada uno de su cometido, emprendimos la marcha a todo el andar de nuestros caballos; llegados a la plaza que da frente al cuartel lanzamos el grito convenido de Viva Alfaro y nos dirigimos a la prevención del cuartel. En el acto Justo Infante comenzó a descargar a toda rapidez sobre el edificio desde la ribera opuesta y nosotros acometimos de frente hasta llegar a la puerta misma, donde echamos pie a tierra y subiendo la escalera entablamos lucha cuerpo a cuerpo con las autoridades que casualmente celebraban sesión para nuestra captura. Unos cuantos tiros cruzados entre los soldados de la guarnición y los de Justo Infante, todo sin contratiempos personales, nos hizo dueños del cuartel, armas, municiones y autoridades con excepción de Santiago Ubilla, que a los primeros disparos huyó por los cacaotales vecinos. Cuando Nicolás Infante llegó con los suyos, el combate (si tal puede llamarse) estaba terminado.

Reunidos todos procedimos a dar nueva organización a la fuerza que con un contingente de voluntarios ascendió a cincuenta y dos hombres y que con las armas, municiones, etc., capturados, llegó a poseer un regular parque y el prestigio de la , victoria en un combate desigual, pues de nuestra parte sólo hubo la ventaja de la sorpresa.

Infante, de acuerdo con Marcos Alfaro, nombró autoridades interinas en el cantón, escogiéndolas entre los hombres aceptables para ambos partidos, e impuso una contribución de mil pesos al Jefe Político cesante señor Andrés Miño, nuestro prisionero, contribución que, como la de quinientos pesos impuesta al señor Manzano, Teniente Político de Palenque, fueron pagadas por los curas de Vinces y Palenque, respectivamente.
Como a las seis de la tarde del mismo día 23, tuvimos aviso cierto de que Ubilla con algunos hombres armados se había ocultado en una finca inmediata llamada "Casa de Teja", donde fui yo comisionado por Infante para capturarlo. En el consiguiente tiroteo tuve el contratiempo de tener 3 bajas sobre 8 hombres que éramos, una de ellas yo mismo, lo que me obligó a continuar con notable desventaja el tiroteo, pues Ubilla, parapetado tras las paredes de la casa hacía descargas a mampuesto sobre nosotros. Los otros dos heridos fueron Luis Anda y Simón Alarcón; yo, tuve dislocada una pierna, lo que me impidió asaltar rápidamente la casa para evitar la fuga de los ocupantes. En tan malas condiciones, sostuve en tiroteo avanzando con suma lentitud, lo que dió lugar a Ubilla a ponerse en Salvo como lo hizo no obstante la ventajosa posición que tenía y aprovechando la oscuridad, por entre la arboleda inmediata.

En la media noche y a pesar de las precauciones tomadas, tuvimos una falsa alarma ocasionada talvez por Ubilla, pues a esa hora sonaron disparos pero sin otro resultado que la interrupción momentánea del natural descanso después de un día tan agitado. Al medio día del 24 abandonamos la población de Vinces siguiendo la misma ribera, pero antes de la media noche atravesamos el río y regresando por la opuesta vinimos a situarnos silenciosamente al frente de la población que reocupamos el 25, día en que Felipe Marín pagó voluntariamente una contribución de doscientos pesos así como una pequeña imprenta que serviría para la publicación oficial de nuestros movimientos.
Allí vinieron nuevos voluntarios que engrosaron nuestro pequeño escuadrón hasta componerlo de 63 hombres, todos bien armados y dispuestos a batirse cada cual como el que más. Allí también tuvimos conocimiento de que en la vecina población de Baba organizaban con tropas de Guayaquil y reclutas de los contornos, una expedición al mando de don Eloy Montalvo para batirnos, capturarnos, purgarnos, etc., etc. .
Infante dispuso entonces la marcha a Palenque, población que reocupamos al caer la tarde del 25 y que abandonamos al medio día del 26 para posesionarnos de Balzar, camino de Manabí y donde existía una guarnición, del Gobierno que al parecer debía obrar contra nosotros de acuerdo con la expedición de Baba. El objeto de nuestra marcha era destruir esa guarnición y lanzarnos a la Provincia de Manabí, donde nos debíamos juntar con el Ejército mandado por el General Alfaro, del que por desgracia ninguna noticia teníamos aunque sí la seguridad, por deducción, de que estaba victorioso.

A las cuatro de la tarde de ese mismo, día asaltamos Balzar dividiendo nuestro escuadrón en dos grupos, los que sin hacer un tiro nos encontramos en la plaza del pueblo, cayendo en nuestro poder armas, municiones, etc., menos la tropa que se desbandó sin combatir.

En Balzar pasamos esa noche y la mitad del siguiente día sin poder convencer a Infante de la oportunidad de lanzarnos a Manabí. Infante quería a todo trance reocupar Palenque, temeroso de los vejámenes que Montalvo o su tropa infringiesen a su familia sola en Palenque.

En Balzar fuimos agasajados por un italiano Caputti que hacía de cura de la parroquia, así como por sus dos sobrinos, los que siendo negociantes nos vendieron cuanto necesitábamos si bien a precios subidísimos declaro esto porque los Caputti por una u otra razón han dicho posteriormente que nuestra permanencia en Balzar les fué onerosa repito que todo lo que tomamos fué pagado y agrego que con el doble de su valor.
De común acuerdo aunque conociendo la perfidia del señor José Rendón, Teniente Político de Balzar, no quisimos imponerle contribución alguna. .
Después del medio día del 27 emprendimos con mala voluntad la contramarcha a Palenque que había ordenado Infante, y llegamos a la "Bretaña" sobre el río Macul cerca de la caída de la tarde, allí acampamos tomando posiciones, por cuanto supimos que Montalvo aseguraba su intención de forzar el paso del río y presentarnos combate. Al amanecer dispuso Infante que avanzaríamos en dirección a "La Bolsa" pero al medio día supimos que Montalvo avanzaba también al mando de 200 hombres montados y bien organizados sobre base de tropa veterana traída de Guayaquil. Adjunto venía Santiago Ubilla con el carácter de Comisario y facultado para poner precio a nuestras cabezas, como lo hizo fijando el tipo de $ 3.000 por las de Nicolás Infante, Marcos Alfaro y la mía, con tales datos Infante nos ordenó hacer alto en la ribera norte del Maculillo, afluente del Macul. Allí por un nuevo espía supimos la proximidad de Montalvo y aun recibimos el aviso de que en esa noche estaba él seguro de bailar sobre nuestros cadáveres en "La Bretaña", y que en seguida pasaría a Balzar a festejar el triunfo con una mesa preparada que lo esperaba.

Montalvo, para llegar a "La Bretaña" sitio donde nos suponía estacionados por temor a él, tenía sólo dos pasos: uno el que nosotros defendíamos, esto es atravesando el Maculillo que corre entre las laderas de dos lomas, cuyo camino pasa justamente por el sitio que nosotros ocupábamos, y otro que salva el paso de Maculillo y que consiste en atravesar el Macul por "Puerto Canvas", precisamente al frente de "La Bretaña". Por este último era imposible que Montalvo se atreviera estando veinte de los nuestros en la orilla opuesta, así es que nosotros resolvimos esperarlo en Maculillo. Como a las tres de la tarde del 29 recibimos otro posta que nos manifestó su opinión de que si Montalvo sabía nuestro abandono "La Bretaña", pasaría por "Puerto Canoa" quedaba ya a nuestras espaldas, En esta duda no era posible desamparar ninguna de las das pasas por cuanta el de Maculillo nos daba las mayores seguridades de triunfo, circunstancia que debo explicar.
El Maculillo en ese sitio corre entre las faldas de dos lomas, ambas cortadas por el estrecho camino que de lado y lado desciende al río, el que es preciso atravesar con tres pies de agua. Nosotros contábamos con que dada la distancia del más próximo abrevadero para los caballos, estos tendrían que hacer un pequeño alto al descender de la ladera opuesta para abrevarse ellos y sus jinetes con tanta mas confianza cuanto que Montalvo estaba seguro de encontrarnos en "La Bretaña" y por otro lado contábamos también con que, como en tales casos sucede, las jinetes se agruparían en el mayor número que les fuera posible para saciar antes la sed y esto a veinte varas de nosotros que en la orilla opuesta estábamos ocultos entre el follaje a los dos lados del estrecho camino y con nuestros rifles preparados. Pero en la contingencia de que Montalvo optara por "Puerto Canoa", Infante dispuso que Anda con 40 hombres fuera a defender ese paso quedando nosotros, , esto es 21 hombres en Maculilla y. prevenidos para unirnos con el destacamento donde sonara el primer tiro. Recuerdo entre los que quedamos en ese sitio, a Nicolás Infante y su hijo Pedro, un hijo de Justo Infante, Marcos Alfaro, Eduardo Hidalgo, Agapito Moreno (que a su voluntad se había enganchado con nosotros", así como un capitán Medina, prisioneros ambos hechos en la toma de Vinces), dos peones de Hidalgo de los que uno murió en este combate, . Marcino Cadena y su hermano, Luis, Julián Pico; Agustín Haz, Luis Sotomayor y su hermano Soliman, Antolín Baquerizo que salio herido y yo, los otros 4 fueron un cholito que hacía de Guardaparque, otro que hacía de corneta de órdenes y dos más cuyos nombres no recuerdo.
Nuestra posición antes del combate era una herradura cuyos extremos se apoyaban en el cauce del riachuelo cuyo centro estaba cortado por el camino que dejamos libre a la vista de los que aparecieron por el lado del frente., Allí mandó Infante a dos de los nuestros para que oportunamente nos avisaran el momento preciso en que el enemigo llegará a la orilla opuesta del riachuelo. Mientras tanto nosotros pie a tierra y con los rifles apuntando al camino que al frente teníamos esperábamos segundo a segundo la aparición del enemigo. Diez minutos pasaron en esta actitud cuando a escape llegaron nuestros dos compañeros de avanzada; tras ellos venía lentamente el enemigo en el más punible descuido sin una avanzada, en pelotones dispersos y sin jefes a vanguardia. Montalvo, Ubilla, Franco, etc., todos venían a la cola de sus tropas. Cuatro o cinco minutos después oímos el murmullo inevitable en tropas descuidadas y bien pronto los primeros jinetes aparecieron en el camino opuesto y comenzaron a agruparse, como nosotros habíamos supuesto, para dejar beber a sus caballos y beber ellos mismos en el riachuelo. Algunos echaron pie a tierra para más comodidad. El resto de esa tropa continuó descendiendo la ladera apiñados en el estrecho camino y oprimiéndose cada cual contra otro para bajar primero a saciar la sed.
De que notamos. que el apiñamiento y el desorden obligarían a los primeros a atravesar el río, hicimos la primera descarga y repitiendo nuestros disparos con toda la rapidez que nos lo permitían nuestros excelentes rifles entre los que muchos eran de repetición, introdujimos más que la muerte el espanto en esa gente que creía ir a un triunfo fácil y seguro, pues se les había hecho creer que estábamos armados sólo de Machetes y escopetas, y, por otra parte, no hubo un solo jefe u oficial que contuviera el pánico.

En las últimas filas de atrás parece que alguien dió la orden de echar pie a tierra, pero eso fue ya cuando Infante nos había ordenado vadear el río y cargar a la bayoneta sobre los asustados enemigos que con rarísimas excepciones sostenían el combate en tan malas condiciones.

Para la retirada el, enemigo tenía cerrado el camino por los caballos vivos y muertos que lo obstruían, lo que obligó a los soldados a buscar la salvación dispersándose por la montaña que no conocían, cuando nosotros en perfecta formación y divididos en dos alas dejando al centro el camino avanzábamos arrollando los grupos consternados de esos infelices sin jefes que los organizaran.
Comenzada ya la derrota llegaron nuestros compañeros que al oír el tiroteó de nuestro lado juzgaron con acierto que por acá eran necesarios. Alguien tuvo la ocurrencia de hacer tocar a nuestro corneta degüello con seña de caballería", toque que oído par los veteranos de la tropa del Gobierno los precipitó en la fuga. Nuestra reserva, que así llamaré a los compañeros que quedaban a retaguardia, se ocupó de ir recogiendo prisioneros mientras, Nicolás Infante con nosotros atravesaba la montaña impidiendo la "reunión" cuyo toque se repitió por tres veces por la corneta enemiga, hasta que al salir a la pampa de la Bolsa consumamos la derrota dispersando a los pocos que quedaban.

En las primeras horas del 20 nos ocupamos de enterrar muertos y curar del mejor modo posible a todo a todos los heridos que pusimos recoger. Los prisioneros fueron agregados voluntariamente a nuestro escuadrón, asegurando ellos que violentamente habían sido arrancados de sus casas para que vinieran a combatir contra sus opiniones, -no dijo otro tanto don José Nieves Caballero teniente coronel prisionero también y que siempre nos manifestó su opinión adversa a nosotros sin que esto fuera razón para el más ligero maltrato y muy al contrario, fue tratado más como amigo que como prisionero. .

En la tarde nos encaminamos a Palenque sin haber podido convencer a Infante de la conveniencia de la, contra marcha en dirección a Manabí. En la mañana del 31 llegamos a Palenque sabiendo allí toda la importancia de la derrota de Maculillo. El Gobierno no pudo recoger un solo soldado de ese fuerte destacamento confiado a Montalvo: éste llego a Guayaquil tres días después de su derrota asegurando haberse batido con un ejército que no podía competir con la fuerza que el Gobierno le había dado.

El 2 de Diciembre se nos unió el señor José Francisco Borja con algunos voluntarios más entre los que venía los Cerezo, refuerzo fue este que nos permitió elevar nuestro escuadrón a 77 plazas, toda esta gente dispuesta a combatir, bien montada, armada y municionada como lo puede estar tropa en línea. Algunos opinamos por uniformar al escuadrón dándole el carácter de tropa regular y someterlo a la necesaria disciplina para lo que contábamos entre nosotros mismos con militares veteranos tanto de jefes como de soldados, pues entre los, prisioneros de Macullido había quince veteranos de la artillería de Guayaquil que con la mayor voluntad ingresaron a nuestras filas.

No sé qué motivos tendría Infante para descuidar estas indicaciones, pero es el caso que nada se hizo en tal sentido y continuamos envanecidos con el fácil triunfo con que nos había brindado Montalvo.

El 5 de Diciembre permanecíamos aún en Palenque esperando noticias del resto de la República y completamente confiados en el último triunfo, pareciéndole a Infante imposible que el Gobierno se atreviera a mandar más tropas. Yo creí siempre lo contrario y aun dije que después de semejante derrota el Gobierno para proceder cuerdamente debía mandar 10 hombres por cada uno de nosotros, se me creyó visionario y así permanecimos hasta ese día en que por un amigo de Vinces supimos que la fuerza del Gobierno residente en Vinces había recibido orden de desocupar violentamente esa población replegándose a Guayaquil. Creí entonces que yo me había equivocado y que la situación del Gobierno era mala. Por el mismo conducto supimos que en la precipitada desocupación que efectuó esa tropa, habían ocultado en la Iglesia de Vinces una cantidad de cápsulas para lo cual el cura le había proporcionado al Jefe de esa fuerza el altar mayor de la Iglesia como depósito infranqueable.

Con semejante dato Infante me comisionó al medio día del 6 para que mediante un rápido viaje me apoderara de ese parque. Escogí 10 hombres y los mejores caballos, atravesé el río frente a la misma población, puse centinelas al cura y a los 4 ángulos de la Iglesia y me dirigí al sitio designado donde no obstante los juramentos del cura y del sacristán encontré algunos millares de cápsulas, las que trasvasadas en costales fueron puestas a las grupas de mis buenos caballos. Cuando la tropa del Gobierno llegó a Vinces a defender su profanación ya yo había puesto tierra y agua de por medio. A las seis de la tarde rendí mi comisión.

La desocupación de Vinces por la' tropa del Gobierno obedecía a la organización de una fuerte división que contra nosotros se operaba en los contornos no queriendo el Gobierno dejar expuesto imprudentemente un pequeño destacamento. Esta división al mando del General Secundino Darquea y compuesta del batallón primero de línea una compañía de artillería y dos del segundo de línea, dos escuadrones de caballería y las milicias de Vinces, Daule, Catarama, Ventanas, Yaguachi y Samborondón, se reunieron en Daule para marchar por la rivera del río hasta Balzar y cayendo sobre nuestra pequeña fuerza obligarnos a replegarnos a las cercanías de Guayaquil.

Mi opinión personal tan pronto como supimos esto, fue que la r evolución había sufrido un fuerte revés puesto que el Gobierno podía disponer contra una resistencia insignificante por su número, de una fuerza tan respetable y al mando de un jefe de la más alta graduación. Infante pensó de distinta manera y sostuvo que era imposible que el Gobierno acumulara contra nosotros semejante cantidad de tropa. Con todo se decidió a salir de Palenque, y tomar una de las varias posiciones militares que hay para defender los campos de Palenque. Salimos pues decididos a presentar combate y nos posesionamos el día 9 de San Gabriel, altura que domina el paso variable del río Macul y que si Darquea dejaba de lado para seguir a Balzar y tomamos por retaguardia en Palenque, nos dejaba a nosotros, una vez dueños de ese paso, atravesarlo y lanzarnos .sobre Daule donde sin ninguna resistencia engrosaríamos nuestras filas y continuaríamos marcha sobre la provincia de Manabí, seguramente sin encontrar oposición.

Todo el día 10 lo pasamos en San Gabriel, esperando el resultado de una comisión encargada a Borja para apoderarse de un armamento que el Gobierno tenía en "Tintin", hacienda de las inmediaciones. Por la tarde regresó Borja con ese cargamento y antes de la noche tomamos un espía que bajo el pretexto de comprar ganado salvaje que abunda en esa hacienda, averiguaba nuestro efectivo y movimientos; Sin gran esfuerzo nos puso al corriente de la marcha de la división de Darquea, cuyas columnas de avanzada seguían de Potrerillo con dirección a . Balzar, pero según la opinión de ese hombre, concordante con la propia de Infaute, Darquea trataría de forzar el paso de San Gabriel.

En verdad ni una cosa ni otra era perjudicial para nosotros y, por otra parte, la ocupación de ese paso tenía para nosotros el objeto de disputarlo puesto que para eso fuimos allí; sin embargo Infante ordenó la retirada que emprendimos a las 8 de .esa noche llegando al la casa hacienda de Pizcano a las 2 de la mañana del 11, no siquiera como en retirada sino como vencedores puesto que allí nos detuvimos cambiando una posición formidable por una pampa abierta donde todas las ventajas quedaban a favor del número y de la disciplina.
En Pizcano amanecimos y pasamos el 13. En la mañana del 14 Infante mandó a un práctico para que si le era posible llegara hasta San Gabriel a cerciorarse del movimiento operado por la división Darquea. Pronto regresó ese individuo con la noticia cierta de que a muy poca distancia avanzaba ya esa tropa. Infante lo dudó y continuamos en la misma situación y aún tubo la condescendencia de dar permiso a muchos de los nuestros para, que se fueran al inmediato pueblo de Palenque; entre los que se fueron estaba el Coronel Anda jefe del escuadrón.
Infante mandó nuevamente al mismo posta del reconocimiento anterior quien partió de mala gana ya pero seguido de su padre y un hermano pues que todos ellos estaban convencidos como nosotros, de que la porfía de Infante iba a ser nuestra perdición.
Tranquilamente nos pusimos a almorzar al medio día del 14 si bien Alfaro y Borja preocupados y contra la voluntad de Infante ordenaron ensillar algunos caballos.
De pronto en el lindero de la pampa que da frente a la casa donde nosotros acampábamos se vieron correr algunas reses con aire de perseguidas. Aún porfió Infante que no era posible la proximidad del enemigo, pero todos ya miramos en esa dirección esperando por segundos ver aparecer al enemigo; En efecto, pocos minutos después salió de entre la ceja del monte un cordón de puntos blancos que todavía parecieron a, Infante partidas de ganado. La verdad era que no nos separaba del enemigo más que una pampa limpia de toda vegetación y ancha de ochocientos metros. Esta pampa está limitada por una ceja de monte formando una semi-circunferencia cuyos extremos se apoyaban en las cercas de la casa que nosotros ocupábamos. 50 metros a la espalda de esa casa empezaba la montaña espesa, única salvación que nos quedaba en caso de que todos los caballos estuvieran ensil1ados, pero no lo estaban más que 32, entre los que se contaba casualmente el mío y digo casualmente, porque no se había ensillado el de ningún jefe.
Por otra parte alguno de los nuestros se habían ido imprudentemente a Palenque a pesar de mis instancias para que no nos separáramos. A medida que la tropa enemiga salía de la arboleda se dividía en dos alas a derecha e izquierda de la pampa aunque sin separarse de la arboleda que servía de marco al campo del combate. Evidentemente formaban una línea de batalla que obedecía a un plan combinado, cuando entre nosotros no había preparativos para nada y sí mucho descontento desde el inconcebible abandono de San Gabriel.
En tal apuro dispuso' Infante que los 35 hombres que estaban equipados avanzaran a contener al enemigo cuya formación se perfeccionaba ocupando el centro con 2 cañones y 2 ametralladoras, apoyados por dos numerosos escuadrones de caballería. La infantería continuaba prolongando su línea esto es rodeando las cercanías de la casa. Los nuestros salieron gallardamente a esta quijotesca aventura y yo fui designado por Infante para conducir esos hombres a tan disparatado combate. Avancé con los míos unos 400 metros y dejé acercarse al enemigo unos 100 metros más quedando de por medio una extensión de 400 metros más o menos. Pie a tierra todos los míos empezamos el tiroteo hasta consumir cada uno el último cartucho. No hubo repuesto porque no había orden ni concierto de ninguna clase ni Infante se ocupó de otra cosa que de internarse a la montaña con la gente y el parque que quedaron en la casa. Yo de mi parte jamás había mandado diez hombres ni me ocupé de otra cosa que de quemar cartuchos; cuando ya no tuve ni uno pensé en mis compañeros para que me dieran algunos. Todos ellos habían emprendido la retirada, sólo quedaba yo como un insensato recibiendo una infinidad .de tiros y sin un cartucho para contestar. Mi caballo estaba ya en poder, del enemigo y sin embargo era preciso salvarse. Perseguido ya de muy cerca, a trechos corriendo y en otros caminando, regresé a la casa que encontré desierta. Saltando dos cercas había un caballo, las salvé en un segundo entre una granizada de plomo. Una vez a caballo quise correr a escape y di una caída que me inutilizó un brazo. Nuevamente monté y nuevamente caí golpeándome la cabeza con mi propia carabina y zafándome un pie; me creí herido en la cabeza porque me dolía mucho la fractura que me hizo mi carabina, pero no queriendo caer vivo en manos del enemigo me arrastraba hacia la montaña distante sólo 15 o 20 metros cuando llegó en busca mía un compañero (Agustín Haz) que montaba un soberbio caballo: desaparecer de la vista del enemigo fué obra de m segundo. Ya ellos traspasaban la cerca y nos tostaban con sus descargas. 5 minutos después estábamos reunidos todos, ni un solo muerto en hora y media de combate (hablo de nuestra parte) pues la tropa del Gobierno tuvo 16 bajas. Dije mal al consignar que no faltaba ninguno de los nuestros, si bien es cierto que en el combate no tuvimos ni una baja, faltaban 30 de nuestras filas, los que obligados por su imprudencia, al separarse de nosotros para ir al pueblo antes del combate, no pudieron unírsenos en esos momentos, y algunos diseminados por la larga extensión que hubo de darse a nuestra línea de combate.
Continuamos la retirada por entre .la montaña sin ser perseguidos y a las 6 de la tarde de ese día acampamos en la "Soledad", hacienda perteneciente a los Infante: a las 11 de la noche se nos reunieron ocho de los nuestros que se habían dedicado a salvar el parque y armamento sobrante. No habíamos perdido ni un rifle pero sí la esperanza de buen resultado;
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El día siguiente tomamos un espía de Darquea, el que venía comisionado para averiguar nuestra posición, número, etc., por él supimos la llegada de más tropas y las pérdidas sufridas por Darquea en el tiroteo de Pizcano.

El 14 concibió Infante el temerario proyecto de entrar al pueblo de Palenque con 8 hombres y sacar de allí la caballada que como era natural estaba al cuidado, de la tropa.

Lo acompañaron Alfaro, Hidalgo, Borja, su hermano Justo, Manuel Cerezo y dos más, los que realizaron la increíble empresa trayéndose no sólo los caballos sino tres de los soldados que los guardaban. Cuando Darquea quiso impedir el golpe que a 50 varas de su cuartel le daban, era demasiado tarde. Sin embargo, aún le pareció a Infante que no había alcanzado bastante y después de poner a buen recaudo la caballada regresó en busca de nuevas presas; locura que costó la vida a Manuel Cerezo; pues prevenidos y alarmados ya por el primer golpe estaban los enemigos sobre aviso y a pesar del valor de Cerezo y de haber salido ileso de una descarga, cayó mortalmente herido por un tiro de revólver que le hizo un capitán Reyes, Jefe del retén colocado en la Revesa. Este oficial no supo la proeza que había hecho, pues fuimos "nosotros" que, notando la falta de Cerezo regresamos en su busca y encontramos su cadáver junto al que estaban su rifle, cápsulas, etc., y aún sus papeles, lo que nos probó que no lo habían visto caer.

Este golpe de audacia casi sin objeto, puesto que nosotros no necesitábamos esos caballos, produjo un contragolpe perjudicial para los intereses personales de los Infante. El General Darquea comisionó a José Montero, Jefe de uno de los cuerpos de la división para que entrara a un potrero de Infante inmediato a Palenque y tomara todo el ganado que en él hubiera. A un golpe de guerra se nos contestó con una expoliación.

El día 15 lo pasamos sin más novedad que un disparo casual que hizo Moncayo, el que casi le cuesta la vida.
Acabábamos de capturar un espía de Darquea y mientras se le interrogaba, Moncayo de pie delante de la puerta donde estaba el preso, golpeó él mismo la cúlata de su rifle sobre una piedra, saliendo el tiro ,' y rasgando el ala de su sombrero tan a raíz de la copa que tanto las ropas como la piel de nuestro amigo quedaron carbónizadas en la dirección del proyectil.

Por la noche supimos el asesinato del Coronel Anda, y su asistente Mariano Rendón. Ambos se habían ido en la mañana del 14 al pueblo de Palenque de manera que estuvieron ausentes durante el tiroteo de Pizcano. Al oír los cañonazos comprendieron lo que pasaba y quisieron reunirse a nosotros, con tan mala suerte que llegaron a la casa de Pizcano cuando el combate había terminado y Darquea con su tropa estaban en tranquila posesión de la casa.. Por desgracia él y su asistente bastante embriagados no comprendieron la mortal equivocación que sufrían, penetraron a la casa sin ser reconocidos, pero quisieron bajar nuevamente y en el tabladillo del piso bajo encontraron entre muchos soldados á un jefe, que les preguntó algo.
Anda y Rendón contestaron: - ¡Viva Alfaro! - y, desgraciados, habían pronunciado su sentencia de muerte. Fríamente dijo Darquea ¡Mátenlos! y cuatro balazos disparados a quemarropa ciñeron con un laurel más la victoria del General Darquea en la Pampa de Pizcano.

Ni uno ni otro recibió sepultura de manos de sus victimarios. Sus cuerpos sirvieron de pasto a los cerdos de la hacienda hasta que nosotros fuimos a cumplir el deber de enterrar esos sangrientos despojos de dos valientes.
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En cambio la rica casa que había sido respetada por nosotros los revolucionarios, fué pillada y. desvastada por los soldados del Gobierno Constitucional hecho comprobado por la devolución dé algunas alhajas a los señores
Aspiazu, quienes las reclamaron al General Darquea, devolución que obtuvieron como mezquina retribución de un empréstito forzozo impuesto por el Jefe de las tropas del Gobierno Constitucional.


Perdida la formidable posición de San Gabriel y derrotados en la Pampa de Pizcano, los ánimos cayeron y el descontento comenzó a, germinar y crecer con la inútil permanencia durante los días 15, 16, 17 Y 18 en la "Soledad" a veinte cuadras de Palenque donde acampaba Darquea con mil hombres y toda clase de elementos.
'"

Solamente la inercia de ese jefe pudo dejarnos cuatro días en punto sin defensa alguna y donde con cien hombres pudo y debió hacernos prisioneros.

Fué preciso que los más comprometidos en el movimiento tratáramos del asunto con prescindencia de Infante e imponerle la retirada como una necesidad. Resuelto esto nos pusimos en marcha a las 9 de la mañana del 18 y acampamos a las 4 de la tarde en "La Yuca", lentitud inconcebible que nos debía costar carísimo, precisándonos a aceptar un combate desigual y probablemente encerrados por un enemigo superior y dueño de ocupar las dos riberas del río: y esperarnos en sitio conveniente para él.

El 19 después de almorzar continuamos la retirada con la misma lentitud y acampamos en Huerta Alta a las 3 de la tarde, como únicos dueños de esos territorios. Sin embargo, antes que nosotros había llegado a ese fundo la noticia de que un fuerte destacamento nos seguía.

La lentitud de nuestra retirada obedecía a la necesidad de que la familia de Infante que navegaba por el río fuera escoltada por nosotros. Esto fue el verdadero motivo por el que Infante, para eludir nuestros justos temores decía no creer en la posibilidad de tal persecución.

De ese sitio mandó una comisión a la Hacienda de Vinces, propiedad de la familia Aspiazu, para que capturaran a don José María. Para todos nosotros fue un enigma esta comisión en nuestra condición de derrotados. Por mi parte la ignoré hasta que por la mañana, al despertarme, vi a este caballero que departía con Nicolás Infante, quien le hacía a Aspiazu el cargo de haber negado hospitalidad a su familia.

Allí pasamos la noche continuando al día siguiente que acampamos en Playa Lima. Nuevos avisos nos llegaron traídos por .personas honorables que habían visto desde la ribera opuesta al destacamento enemigo.

Sin embargo, la duda o mejor dicho la certidumbre que Infante tenía de la imposibilidad de la persecución nos hizo quedar en ese punto hasta las 4 de la tarde del 20.

Cada media hora tuvimos durante el día aviso de la proximidad del enemigo. Hacia las tres supimos que un espía venía destacado .Salió una comisión á capturarlo, lo que se realizó inmediatamente, tan cerca estaba ya. - Sin embargo, Infante sostenía la imposibilidad.
Puesto en confesión el espía no tardó en decirnos toda la terrible verdad. Trescientos hombres al mando de Montero estaban a un cuarto de hora de nosotros que en ese momento estábamos reducidos a treinta y dos, pues Moncayo con 10 hombres de los más escogidos había pasado al otro lado del río en comisión para hacer una requisa de mulas.
En tal apurada situación y no resolviéndonos a abandonar a Moncayo, ordeno Infante colocar una avanzada en un punto bastante bueno y en el que habríamos contenido al enemigo si hubiésemos tenido 10 o 12 hombres más en la ribera opuesta, pues la tropa del Gobierno tenía obligadamente que pasar por un desfiladero a orillas del río descubierto a tres fuegos: los de la avanzada bien parapetada en unos espaldones de piedra, los nuestros al extremo de la herradura que en esa parte forma la orilla del río y los de la ribera opuesta.

Por desgracia era demasiado tarde para pensar en esa combinación y resolvimos emprender la retirada contando con que Moncayo, si regresaba, ya vería al enemigo antes de atravesar el río.

Retirada la avanzada de supuesto, emprendimos la marcha justo al momento que el enemigo llegaba al puesto donde ella había estado. Dos minutos de demora y habría sido inevitable el combate sangriento sin duda alguna pero inútil porque no teníamos pertrechos para batirnos con tanta gente y siempre habríamos tenido que retirarnos derrotados.

Debo sí, decir que yo fuí el único opuesto al combate pues todos los demás quisieron aceptarlo.

Prevaleció mi opinión ante el argumento de la falta de municiones.

Para mi conciencia tenía yo la seguridad que todo derramamiento de sangre era ya inútil por tener yo la certeza de que la revolución había sufrido, un descalabro. Para creer esto me fundaba en que el Gobierno no habría distraído en otras circunstancias un cuerpo numeroso y selecto y al mando de los jefes más caracterizados del Ejército. Aceptada al fin la resolución, nos pusimos en marcha aún lentamente, quedando por fortuna a retaguardia, los que hacíamos de cabecillas. .

Nuestra tropa desfiló por el estrecho sendero que corre a la orilla del río y aún tuvimos nosotros la sencillez de .detenernos a una última conferencia, en la que resolvimos marchar rápidamente a Quevedo, y de allí bajar por Castillo Encantado a la provincia de Manabí, resolución tardía peto que, tomada y ejecutada .cuatro días antes, nos habría puesto en mejores condiciones.

El enemigo no se había detenido en la casa de Playa Lima y apenas puestos en marcha y colocados á la cola del escuadrón, oímos el galope de la caballería enemiga y en seguida las primeras balas silbaran sobre nuestras cabezas destruyendo las ramas del cacaotal. Era imposible trasmitir órdenes ni era el ánimo de nuestra tropa obedecerlas ya, por el sin fin de desaciertos de que habíamos sido victimas.

Por otra parte, sobrevino la casualidad que Moncayo llegaba con su gente a la orilla opuesta en el momento mismo que nosotros huíamos por la orilla seguidos por el enemigo tan cerca, que los hombres de Moncayo no pudieron distinguir a los unos de los otros y hacían fuego de costado, lo que nos hizo creer que era el enemigo posesionado ya de esa ribera.

Así como no supimos ser vencedores, no supimos ser vencidos ni proveímos la derrota que sufríamos.

Intrigados por el fuego de costado que nos hacía Moncayo, tomamos un camino hacia la izquierda, el que nos internaba en las montañas de Palenque.

. El enemigo continuo la persecución a los nuestros que seguían el camino de la orilla en dirección a Quevedo, dejándonos a la izquierda entre la espesura del bosque a los cabecillas, pero antes de internamos Hidalgo se separó de nosotros porque no se encontraba con ánimo de seguirnos. .

No fué larga nuestra primera jornada de derrotados, pues a las cinco de la tarde hicimos alto a pocas cuadras del lugar de la derrota, procurando reunirnos en el mayor número posible y sobre todo con Hidalgo, a quien había mas visto echar pie a tierra en el momento más inoportuno, casi a la vista del enemigo. .
Juntos estábamos Infante (N), M. Alfaro, José Borja, un prisionero y tres o cuatro más. Ocultamos los cabal1os en una ladera y subimos a pie á una colina inmediata para ocultamos, allí quedé yo y los demás bajaron en demanda de Hidalgo que era nuestra preocupación del momento.

. De pronto noté la carrera de cuatro o más individuos que llegaban a donde yo estaba y apenas si tuve tiempo de preparar mi carabina cuando me encontré cara a cara con cuatro paisanos, por cierto más asustados que yo, los que corrían disparados abandonando sus casas pilladas por las tropas del Gobierno.
Trabajo me costó convencerlos que yo era de los derrotados y tuve que amenazarlos de muerte para obligarlos a quedarse conmigo hasta el regreso de mis compañeros, pues no me parecía prudente dejar ir a quienes podían entregarme a la menor intimación y que, por otra parte, juzgaba que podían servirnos de guías.
Infructuosas fueron las pesquisas en busca de Hidalgo y no fué preciso internarnos a la montaña por un camino que suponíamos había seguido Justo Infante con algunos hombres. No nos equivocamos, pues a las nueve de la noche oímos el "quién vive" de un centinela, y bien pronto nos reuíamos 17. De los que hacíamos cabeza en el movimiento faltaban Hidalgo y Moncayo, éste no nos preocupaba, pues lo sabíamos seguro del otro lado del río, pero a Hidalgo lo suponíamos muerto por varios disparos que oímos después de la derrota.
Pasamos la noche del 20 en el lugar donde encontramos a Justo Infante y allí empezó para nosotros la dura vida de derrotados, y lo que es aún peor, de perseguidos como fieras. .
A las 4 de la mañana del 21 nos pusimos en marcha internándonos más a la montaña, después de una noche pasada a la intemperie y con el sobresalto consiguiente a los perseguidos. Allí empezaron también las decepciones pues tanto los guías tomados, como dos hombres que creímos fieles, desertaron a favor de la oscuridad.
Caminamos hasta el medio día del 21 y acampamos en un claro del bosque, donde recogimos algunos plátanos, único alimento que podíamos conseguir. De allí mandamos dos de los nuestros en nueva pesquisa de Hidalgo, la que, como la anterior, fué infructuosa. En la noche resolvimos regresar, todos y hacer un recorrido si era posible por la orilla del río, siempre en busca de noticias de Hidalgo.

Llegados a las 6 de la tarde al lugar a donde habíamos acampado en la noche del 20, nos preparábamos a levantar un rancho cuando oímos muchos disparos que venían en nuestra dirección.

Dos de los nuestros habían sido vistos por un fuerte destacamento enemigo colocado allí para impedirnos la entrada suponiendo que aún no la habíamos realizado.
Preciso nos fué volver grupas y con la desventaja ya de haber dejado conocer nuestro camino. Allí quedó prisionero uno de los nuestros que no tuvo tiempo de montar.
Hasta las nueve de la noche caminamos entre lo más espeso de la montaña procurando desviar así la persecución; a esa hora llegamos a un estero bastante profundo y muy fangoso, el que atravesado por nosotros nos ponía al abrigo de toda sorpresa y que en caso de combate nos hacía más fuertes que el enemigo, bien entendido que sólo para un primer encuentro.
A las 3 de la mañana del 22 emprendimos nuevamente la marcha internándonos hacia el Oeste, con toda la rapidez que nos era posible, por fortuna todos íbamos bien montados y aquello nos parecía una garantía de salvación.

Hacia las nueve de la mañana llegamos a un claro donde encontramos a un hombre conocido de los Infante, -un tal Bruno- el que nos instó para que comiéramos el solo plato de arroz que él tenía. De ese plato comimos 17.
Aún tuvo el infeliz la condescendencia de guiarnos a través de la montaña a un sitio que todos creímos seguro en un rincón de la selva y a orillas de un estero llamado Peñafiel. Antes de llegar era preciso atravesar dos esteros peligrosos en los que todos caímos nos después de otros.
Esto mismo nos pareció una seguridad más y fué justamente lo que nos perdió.
Una vez allí, comisionamos al peón de Infante para que con toda precaución saliera al río, tomara noticias de Hidalgo y regresara con provisiones, pues no teníamos absolutamente nada. Le dimos dinero, tal vez más de lo que la prudencia exigía, pues si encontraban al individuo como sucedió, se hacía sospechoso por el simple hecho de llevar sobre sí una fuerte cantidad.
Creyéndonos seguros tratamos de descansar lo más cómodamente posible. Las armas a un lado, una suma de tres mil pesos en un rincón del rancho y nuestras ropas tendidas al sol, pues el paso de los esteros nos había enfangado.

Seis de los soldados que hasta entonces nos acompañaron lavaban tranquilamente su ropa y se bañaban en un recodo del estero. Marcos Alfaro y yo en otro recodo del mismo nos bañábamos también. El no había entrado al estero todavía.
Una hora y media había transcurrido desde la partida de Bruno (así se llamaba el peón de Infante) cuando nos sorprendió la primera descarga del enemigo!

Bruno había sido capturado por una patrulla enemiga, amenazado y forzado a dar razón de nuestro paradero!!!

En medio de la confusión causada por el imprevisto ataque, la fuga era el único camino de salvación posible y dispersarse el medio más a mano de conseguirla. Nicolás Infante, Marcos Alfaro y yo con varios soldados nuestros, nadando primero y luego internándonos montaña adentro logramos ponernos fuera del alcance de los perseguidores.
La espesura nos resguardó por breves días pues al cabo de una semana, hambrientos y desollados por las marchas, decidimos salir al río el 30 de Diciembre. En una casa nos informamos de que el Gobierno había concedido y Darquea publicado y hecha circular en la. provincia de Los Ríos una amnistía amplia para los perseguidos políticos. El dueño de esa casa, -un tal Castro- carecía de alimentos de que pudiéramos compartir y después de darse cuenta de quienes éramos, se ofreció voluntario para ir en busca de un cafesito con qué aliviar nuestra hambre. Coma tardara mucho en llegar y sospechando nosotros de la lealtad de Castro tomamos una canoa en la que apenas cabíamos el grupo, de perseguidos, y nos pusimos en marcha, río abajo, usando como postrera precaución de la oscuridad de la noche. Ella causó más bien nuestra perdición.

FUSILAMIENTO DE
NICOLAS INFANTE

"EI 30 de Diciembre a las 10 de la noche, más o menos, se precipitaba la canoa en que veniamos contra una enorme palizada detenida en la mitad del río. Chocar y hundirse la canoa fué obra de un segundo y cómo nos encontramos todos pocos segundos despues salvados, si asi puede decirse, sobre la enorme palizada, es incomprensible para mí.

Todo lo que aun conservabamos se hundió con la canoa, salvando solo lo que sobre nuestros cuerpos teníamos. Dos buenos nadadores se dirijieron a la inmediata casa de Huerta Alta donde con gran trabajo consiguieron una canoa en la que en dos viajes fuimos a la ribera opuesta y recibidos en una casa, de mala gana. Sin embargo, nos encontrabamos abrigados contra el frío y procurábamos secar nuestras ropas empapadas por el reciente naufragio.

Casi tranquilo por la .confirmación de la amnistía que encontramos alli consignada en otro documento autógrafo nos entregamos al sueño o mas bien dicho al necesario reposo despues de tan duras peripecias. Pero antes de la media noche oimos pisadas de muchos caballos y ruidos de numerosa tropa. En el acto comprendimos el lazo inmoral que se nos había tendido con el indulto de Darquea; resistir era insensato porque no teníamos un alfiler. .
Infante y Alfaro trataron de evadirse a. favor de la oscuridad pero todo el recinto inmediato estaba rodeado por la tropa. .Alfaro fue tomado en el acto, e Infante despues de una pesquisa de unos minutos. Yo me encontraba acostado en una hamaquita en el brocal de la escalera sin moverse de este sitio; les dije ser inutil el aparato de amartillar los rifles y de gritar como en un asalto aviva fuerza y que estábamos, desarmados. En ese momento vi a Castro, aquel en cuya casa habíamos estado cinco horas antes y que dejándonos para traernos un poco después "un cafesito" se fue a Palenque a vendernos como buenos. En lugar del "cafesito" traía un rifle.
Bien pronto los defensores del orden y la propiedad empezaron a desvalijarnos de las miserias que sobre nosotros temamos; era injusto decía el que me tocó de centinela, que yo llevara un sombrero cuando él tenía solo gorra militar. Debo confesar que por interés propio los Jefes y Oficiales no opinaban asi puesto que el Sr. Hurel, comandante de la comisión nos hizo reintegar no solo las prendas de ropa, sino el dinero que habían sustraído a Infante.
Hasta el amanecer del 31 pasamos conversando amigablemente con Hurel y sus oficiales los que ningún vejamen nos irrogaron. A las seis de la mañana emprendimos viaje a Palenque siempre rodeados de las consideraciones compatibles con la situación, llevando Hurel su galanteria al punto de obligarse a ofertar su caballo, oferta que decliné prefiriendo él entonces que los hiciéramos la marcha a pié. A las dos de la tarde, nos acercabamos a Palenque a cuyas inmediaciones hicimos un alto motivado por una orden del Señor General Secundino Darquea para que Nicolás Infante hiciera su entrada amarrado. Mientras lo amarraban sobre el caballo en que venia, cruzamos la última mirada, llena de expresión como si fuera esa la despedida muda del agonizante, pero de ese agonizante lleno de vida y salud a quien sus hermanos, los otros hombres, deshaucian dándole por lecho mortuorio la escalerilla del cadalso.

Concluida la infame ceremonia, continuamos la marcha entrando a la población entre dos filas de una turba hostil, sabedora ya que el día siguiente presenciara el suplicio del hereje.
Infante fue conducido a un cuartel. Los demas a otro.-Se acentuaba la convicción de la sospechada suerte de Infante. Media hora despues el Consejo de Oficiales, llamado de Guerra estaba instalado.

Infante pidió que su defensor fuera Alfaro. Alfaro trepidó porque sabía el sarcasmo encerrado en la conciencia de un defensor para un condenado de antemano. Al fin se decidió y fué también conducido al antro del crimen que se preparaba en una casa de uno de los ángulos de la plaza. .

A las seis y media de b tarde vino por mí el hijo de Darquea, Francisco, hoy Gobernador de Bolívar. También en su cara estaba retratado el pavor que Infunde la perpetración de tan grave falta como la que se cometía. Estaba pálido y tembloroso.
Me llamaban como testigo, aunque despues me dijeron que siendo cómplice no podía ser testigo y que aunque no tenía honor jurara por mi honor decir la verdad. Un coronel del ejército, en tan solemne momento, insultando a un prisionero!

Yo nunca había visto un Consejo de Guerra. Una habitación oscura en cuyo centro habia una grande mesa cubierta de paño negro. Cuatro velas colocadas sobre la mesa y alumbrando la cara del Presidente del Consejo, en el fondo de la camara ocho o diez vocales llamados jueces. Jueces los enemigos que la víspera se habían batido con nosotros ? Católicos juzgando Hugonotes. Vocales mudos o enmudecidos por la enormidad del crimen que estaban cometiendo contra su conciencia por orden Superior. Cuando yo entré se oía solo el chisporroteo de las velas. Hacia mi derecha, en la puerta de entrada, esto es, frente al Presidente estaba Infante, sentado en un cajón de kerosina; estaba a un lado de mi, de manera que quedaba entre infante y yó.
Entre los vocales y las paredes de la habitación y espalda del Presidente se apiñaban cincuenta personas. Todas fisonomías alteradas por las pasiones que los dominaban, el odio de las hienas a punto de saciarse.

El Presidente era Orejuela; de los vocales recuerdo a Dario Capelo, Vicente Pallares, García Salazar, Julio Alvarez Guerra, Elíseo Darquea, Ricardo Darquea. De la cara del fiscal me acuerdo pero no de su nombre, ni quiero recordarlo; ése reía codeándose con VIicente Pallares.

Al entrar yo me adelanté hasta tocar la mesa, donde puse mi sombrero, al tiempo de dar las buenas noches. Me dirigió la palabra Orejuela, preguntándome por algunos incidentes del combate de Macullido. A las primeras frases comprendí que se me quería hacer lugar para que me humillara o para que contestara en el mismo tono; por fin, despues de algunas súplicas, Orejuela levantó más la voz diciéndome que lo que yo contestaba no era lo que se me habia preguntado.

En el mismo diapasón contesté que no solo se me había autorizado, sino que se me habia exijido decir la verdad. Quiso Orejuela entonces discutir principios políticos y yo le contesté que no era el lugar ni él la persona más apropiada para eso. Parece que esa réplica le disgustó, pues me ordenó salir inmediatamente, no sin que antes, Darío Capelo pidiera la instalación del Consejo de Guerra para mí, y Vicente Pallares la pena de muerte, de plano, por insolente. Bajo esta impresión, salí conducido por Darquea, (el jóven) a mi prisión; poco rato despues vino Alfaro quien confirmó la sospecha de la muerte de Infante con el agregado de que yo seguiria la misma pena por las razones aducidas por Pallares.

Bien pronto pude convencerme de ello, pues nuevamente vino por mí el jóven Darquea y me condujo al mismo cuartel en que estaba Infante, pero yo fui a los altos, en tanto que él estaba abajo.

Allí me hicieron acostar en una hamaca y ordenaron a dos centinelas que no me dejaran mover; como a las diez de la noche me dijo uno de los centinelas que si quería me moviera en la hamaca, oferta que acepté. Un momento antes habían levantado una tabla del piso distante una vara de mi hamaca. No podía explicarme qué relación tendría la autorización de moverme en la hamaca con la levantada de la tabla, pero, algo sospechaba. -Sin embargo, fui moviéndome con precaución y noté que los soldados se asomaban por el horámen y entonces la curiosidad me obligó á mecerme más fuerte; lo primero que pude comprender es que algo se veleba en el piso bajo; un momento después vi un crucifijo, y enseguida a infante que, condenado ya estaba en Capilla.

Los católicos vencedores habían tenido la feliz idea de obligarme a ver toda la noche el aparato de un condenado a. muerte.

Dormir en estas condiciones era imposible, aparte del mundo de ideas que venian forzosamente a atormentarme.
Así pasé esa amarga noche y la mañana siguiente en que el fiscal de Infante vino a preguntarme mi nombre, lugar y fecha de nacimiento, religión etc. dijo que era para iniciar el Consejo de Guerra que debía juzgarme. Sin embargo pasó el medio día sin que nada se, me dijera. A las dos o tres de la tarde de ese día, que era 1 de Enero de 1.885 oi tocar tropa y poco después el acompasado y lento golpe del tambor que marca el paso del supliciado.

Un oficial se me acercó diciéndome que tenía orden de hacerme presenciar el fusilamiento de Infante para lo que debía asomarme al balcón de la casa del cuartel. Me levanté y vi a Infante que salió de los bajos de la casa entre dos frailes y seguido de un pelotón de soldados al mando de un teniente.
Por la posición en que estábamos no podía ver su cara, pero juzgando por la seguridad de su paso comprendi la serenidad del hombre. Llegando al costado de la iglesia hizo alto el pelotón y calló el tambor.

Infante con los dos frailes y el oficial, avanzó diez o doce pasos y allí quedó sólo, de pié, altivo, mártir, representando la dignidad nacional pisoteada y destrozada por las autoridades constitucionales. -Un segundo después lo vi sacar de su bolsillo un pañuelo carmesí y llevado a sus ojos, casi al tiempo que seis u ocho disparos destrozaban su pecho; cayó del lado derecho creo que muerto ya; sin embargo, un sargento apoyando su rifle en las sienes del Cadáver, disparó dos tiros más.

Justicia se había hecho, pero por un fenómeno común de la historia, el último ay! de un supliciado político es el primer brote de la revolución que renace. -Infante ofrendó su sangre cuando ya la guerra civil estaba muerta; al día siguiente renació encarnizada ya, sangrienta y temible que ha costado millones y ha concluido por otorgar a la causa proclamada por Infante, el triunfo de sus principios y hasta el anonadamiento de sus enemigos; entregados hoy al desprecio de los ecuatorianos.

La muerte de Infante fue un asesinato inutil y perjudicial para la causa que sostenía Darquea. Infante vencido o prisionero era la verdadera muerte de la revolución en las dos provincias, El Guayas y Los Ríos.

Muerto él, era, como fue, motivo justo para sostener la Guerra Civil una vez que se rompía oficialmente la Constitución y que los actos oficialmente de las autoridades eran lazos tan inmorales cómo el Indulto, en virtud del cual Infante y nosotros salimos de las montañas.

El Señor General Darquea, Jefe de operaciones, firmó ocho o diez ejemplares de un decreto especial de amnistía para Infante y los que lo acompañábamos a Infante lo invocó durante el Consejo de Guerra, pero Orejuela que era el Presidente del Consejo, le contestó friamente:
"Usted no debía dejarse cojer, porque estaba condenado de antemano, ha debido enterrarse siete estados bajo tierra antes de dejarse coger"


Entre dos filas de soldados fuimos conducidos hasta la puerta del cuartel de Artillería, donde nos esperaba el Coronel A. Hildalgo. El no nos había vencido, ni siquiera se había batido con nosotros, pero no se relame el tigre delante de su presa con la fruición que ese caballero. Los que nos habían vencido nos respetaron, él nos insultó y en ese momento comenzó para nosotros la semi-vida que tántas veces me he resistido a referirte porque, como te he dicho, tu corazón de niña no puede ni debe comprender esa cima de iniquidad que se llama corazón humano.

No puedo copiarte, como me has pedido, mis impresiones de esa época, porque los apuntes que diariamente consignaba son cuadros tal vez recargados con los tintes sombríos de mi calabozo, extraños del todo a la inocencia de tu corazón. No puedo porque si tus ojos, tal vez llenos de lágrimas, han leido los horrores de los verdugos de la humanidad, no han visto seguramente, como yo, todo el refinamiento de crueldad de que hace gala un vencedor de nuestros tiempos. Permíteme pues, amiga mía, que suprima aquello que puede hacer daño a tu sensibilidad de niña ajena aún a las amarguras de la vida.

Separados de 2 en 2 los otros compañeros, a mi me acompañaron con Marcos Alfaro y José Fco. Borja, dándonos por alojamiento el más inmundo lugar de ese cuartel. De pronto y por la profunda oscuridad del lugar, no nos dimos cuenta de la verdad, pero bien pronto las emanaciones nos lo hicieron comprender: estábamos en la letrina del cuartel.

El día 6 en la primeras horas, de la mañana sacaron a Alfaro para unirlo a Justo Infante, quedando solos Borja y yo, si bien rodeados de inmundicias.

A las 7 de la mañana abrieron nuevamente la puerta para hacemos llegar el café mandado de nuestras casas. Desconocí los útiles del servicio y pregunté quién me mandaba aquello. Había orden terminante que prohibía decírmelo. No insistí porque ya me había resuelto a pasar por todas las amarguras. Más tarde recibí ropa de cama y todo después de bien registrado, aparte de que en una ventanilla había un centinela con la mirada fija en nuestros menores movimientos. Por la tarde sacaron a Borja para juntarlo con Alfaro. Quedé yo solo devorando ese suplicio de todos los segundos, hundido en esa atmósfera irrespirable.

Cómo pasó esa segunda noche después de haber mirado durante el día fisonomías de crimen y no de hombres después de saber, furtivamente, por uno de los centinelas que mi esposa estaba agonizante. A las 6 de la mañana del 7 se abrió de nuevo la puerta. El Coronel Hidalgo personalmente hacía conducir 2 depósitos inmundos. Eran pocos los 15 que habían a mi llegada. Te equivocas amiga mía si crees que la crueldad de los hombres se detiene allí donde los subalternos se estremecían al oir los insultos y sarcasmos con que me fustigaron sus superiores, los que ceñían espada y llevaban charreteras. A más de uno de esos subalternos vi llorar obligado a ser testigo de ese martirio. …….


NICOLAS INFANTE.
JEFE SUPERIOR CIVIL Y MILITAR DE LA
PROVINCIA DE LOS RIOS.
AL ESCUADRON "HUSARES DE CHAPULO".
Compatriotas:
Hace apenas pocos días que el patriotismo puso en vuestras manos el arma con que debéis defender a la patria y en tan breve tiempo contáis ya con una serie de triunfos, que son el mejor testimonio de la justicia de nuestra causa y de vuestro valor y heroica constancia con que sobrelleváis las fatigas de la campaña.
Inermes al principio vencísteis en Vinces; armados después, la Providencia quiso dividir nuestras fuerzas para que sólo 20 de vosotros vencierais a 120 de los enemigos.

Camaradas:

Sin contrarresto ninguno dominamos la Provincia de Los Río: no ha habido ni habrá un solo pueblo que resista al empuje de vuestro valor. Debo mencionaros aquí que emprenderemos pronto campaña sobre Babahoyo y que el término de nuestra jornada será Guayaquil, en donde les daremos el abrazo de triunfo a nuestros compañeros de armas de Manabí.

Soldados:

El terrorismo, ese partido del crimen elevó al poder al señor Caamaño y ahora éste dominado por la ambición, inmoderada de enriquecerse a costa de la Nación hace los últimos esfuerzos para sostenerse en el poder que no merece ni por su partido ni por sus cualidades personales que no tiene, ni por sus antecedentes por demás vergonzosos: el triunfo de Caamaño es además el triunfo de los floreanos y recordad Berruecos en donde con Sucre sucumbió la virtud. Y la Provincia de Imbabura, Quito, la Bahía de Caráquez, etc., etc., en donde con Otamendi y Flores triunfó el crimen.

Compañeros:

Sólo me resta deciros que los soldados que obligados defienden el Partido terrorista del Sr. Caamaño, no son vuestros enemigos; porque ellas no pueden ser enemigos de la patria; vencidos o depuesta las armas abridles los brazos, que ellos son vuestros hermanos.

Soldados:

Vamos a abrir una campaña más activa contando con los elementos de guerra quitados al enemigo; la República y el Supremo Gobierno Regenerador presidido por el señor General Eloy Alfaro, lo esperan todo de vuestro valor y vuestra subordinación, con la que cuenta vuestro amigo y camarada.

(f). NICOLAS, INFANTE.
Palenque, Diciembre 7 de 1884
Imprenta del Ejército "Regenerador".


NICOLAS INFANTE
JEFE SUPERIOR CIVIL y MILITAR DE LA
PROVINCIA DE LOS RIOS

1º. En virtud de las facultades de que estoy envestido y teniendo en consideración que por Acta popular de 23 de noviembre de 1984 ha sido desconocido el Gobierno del Sr. Caamaño.

2º. Que por lo mismo todo empleado público civil y militar ha cesado de hecho en el ejercicio de sus funciones,

DECRETO:

1º. Se declaran nulos, de ningún valor ni efecto, cualesquiera actos contratos y estipulaciones que desde el 23 de noviembre hayan celebrado y celebren en lo sucesivo cualquiera de las autoridades de la Provincia de Los Ríos;

2º. Todo empleado público que desde la promulgación del presente Decreto, no se separe del empleo que ejerce en representación del Gobierno del Sr. Caamaño, queda incurso en una multa hasta de diez mil ps. que se impondrá al culpado, según su responsabilidad y sus haberes.

La multa impuesta se recaudará militarmente, bien por apremio personal o real, para cuyo efecto se declara nula cualquiera enajenación de bienes que el empleado hubiese hecho desde el 23 de noviembre último.

La antedicha multa no se opone a que los infractores del presente Decreto sean juzgados criminalmente como usurpadores de atribuciones legales, y si fueren habidos, tratados como prisioneros de guerra.

Comuníquese al Supremo Gobierno Regenerador.

Dado y firmado en Palenque a 6 de diciembre de 1.884.

Nicolás Infante

El Secretario,
Emilio Estrada
Es conforme.
Emilio Estrada

Imprenta de el Ejército "Regenerador"

 

Se terminó de imprimir esta obra,
en la Litografía e Imprenta de la
Universidad de Guayaquil, el día
15 de Octubre de 1984, siendo
Rector el Arq. Jaime Pólit Alcívar.