BORIS SOTO
Por José L. Veintimilla
En 1979 que celebramos el AÑO INTERNACIONAL DEL NIÑO vale la pena DECIR UNAS POCAS PALABRAS SOBRE EL NIÑO Boris Soto que tuvo una actitud abnegada el 20 de enero de 1976, en circunstancias que 42 compañeros de viaje sufrimos un accidente de aviación, mientras viajábamos de Loja a Guayaquil en el vuelo de la mañana.
Habíamos volado de 10 a 13 minutos, a lo lejos se divisaba el pico de un gran cerro y noté que habíamos descendido mucho, e ingresamos a una gran nube dentro de la cual volamos unos siete minutos, cuando el avión empezó a estremecerse, a sacudirse duramente, y la camarera y la azafata pasaron aceleradamente por el pasillo hacia la cabina del piloto. Cuando salimos de la nube, era como que la tierra se nos venía encima, parecía que el ala derecha del avión rozaba algo, como que iba decapitando árboles, el choque, se lo veía llegar. En ese instante el avión adquirió una posición casi vertical hacia arriba, como tratando de evitar el choque, parecía que la hélice del lado derecho se paraba, como cuando se pone un ventilador a la mínima velocidad, yo me fui hacia atrás, seguramente por la fuerza de la maniobra, y solamente puedo recordar haber oído que una señora gritó: "Dios mío, chocamos!".
El avión había chocado contra el cerro, el casco se había destrozado, y los ocupantes habíamos sido lanzados, esparcidos por diferentes sectores del cerro.
Cuando recobré el conocimiento, fue como una luz de mercurio que se enciende una pinta y se va esclareciendo conforme pasa el tiempo. Entré poco a poco en razón, mi mente se fue despejando, pero yo no me explicaba lo que había sucedido. Entonces yo dije; - ¿Qué pasa, en donde estoy? La voz de una criatura me contestó; ¡Es que chocamos! Y yo le repliqué: ¿Chocamos, con qué? Y la voz del niño que yo no veía, me decía: - ¡El avión en que viajábamos desde Loja, chocó! Entonces reaccioné y le dije que se acercara. Pero me contestó que estaba buscando a su papito, y que no lo encontraba.
Habrían transcurrido aproximadamente tres o cuatro horas del accidente, más o menos a las once de la mañana, cuando yo habría recobrado el conocimiento, el niño empezó a llorar cuando se desesperó de no encontrar a su papá, pero lo seguía buscando!
El sol nos pegaba de frente, mi posición era siguiendo la pendiente del cerro, y mi cabeza estaba en un hueco, yo no podía moverme, mi respiración era débil, prácticamente me estaba asfixiando, mis piernas estaban aplastadas por una plancha de metal, tenía dislocado el brazo izquierdo, el brazo derecho lo movía con dificultad; el niño, por su parte, sentía dolor al lado izquierdo desde cerca del abdomen hasta el pecho. Los rayos solares eran fuertes, nos herían la cara. Teníamos sed. Entonces empezaron a despertarse otros sobrevivientes, conforme pasaba el tiempo se oían nuevas voces. El niño era el único que no había perdido el conocimiento o así lo creía él. Se escuchaba la voz de una señora que clamaba a Dios porque la salve. Ella tenía mucha sed. El niño también reclamaba algo de comer, algo de beber, buscando entre los escombros. No nos veíamos, solamente coordinábamos por la voz. Nos escuchábamos. La única persona que podía moverse era el niño. Entonces alguien de atrás sugirió que como la cola del avión se la veía a la distancia, era posible encontrar allí algo de comer, de beber. Le pidió al niño que fuera hacia allá, fuese el niño, pero regresó impresionado momentos después, diciéndonos que solamente había muertos, despedazados.
La sed se nos hacía cada vez más aguda. El niño se fue nuevamente en busca de su padre, y no volvió por lo menos en treinta largos minutos. Era aproximadamente la una y treinta de la tarde, cuando un señor que estaba entre las dunas, despertó y gritó pidiendo auxilio. El niño había vuelto con más angustia aún porque no había encontrado a su padre. El señor de las dunas pedía que lo saquen de allí, de las espinas. El niño quiso llegar allá, pero se le hacía difícil porque debía subir un barranco, de todas maneras lo intentó, pero no pudo llegar por los obstáculos, por las espinas, y entonces lloraba, llorábamos, porque no podíamos hacer nada por los que pedían auxilio.
El sol nos quemaba, teníamos mucha sed, no podíamos movernos. El niño me ayudó a que intentara sentarme pero era imposible. No podía sentarme, comprendí que el golpe me había afectado la columna vertebral y que no podía moverme. El niño fue a recoger algo para taparnos del sol. Intento retirar el abrigo de un muerto, pero se regresó horrorizado, porque al cadáver se le habían salido los intestinos. Fue hacia donde el cadáver de una señora donde retiró una chalina que nos sirvió para cubrirnos del sol. El lloraba y lloraba porque su papá no aparecía, y no aceptaba consuelo alguno.
Eran aproximadamente las tres de la tarde, cuando el día empezó a oscurecerse. Nosotros nos alegramos porque pensábamos que iba a llover. El niño me pasó unas esponjas que estaban al lado y me las puso como almohadas, para que me alivien en la posición incómoda que estaba, y entonces ya pude respirar casi normalmente. Ante la sed, alguien sugirió que tomáramos orina, pero el niño se negó, dijo que eso era una porquería.
A las cuatro de la tarde, empezaron a caer las primeras gotas de agua, pero las gotas eran muy fuertes, gruesas, pegaban en la cara. Cada minuto aumentaba la fuerza de la lluvia, nos refrescaba. En el chal recogimos agua para tomarla exprimiendo el trapo, y eso nos alivió.
El niño era llamado por todos los sobrevivientes que se encontraban en el sector. Era el único que caminaba, pero ya no podía más porque le dolía el pecho. El único que nos ayudó era el niño. En un momento dado pasó por mi lado, arrastrándose un sobreviviente, al que le pedí me retirara la plancha de metal que estaba sobre mis piernas, pero pasó de largo, sin hacerlo. Es claro que este pobre hombre trataba de huir.
Luego, cuando calmo la lluvia, parecía que todo se había normalizado. Si antes el sol nos hería con sus rayos, después la lluvia nos había martirizado porque sus gotas nos caían demasiado fuerte, en la cara. Cuando terminó la lluvia nos sentimos tranquilos, cuando minutos después, empezó a correr el agua por nuestras espaldas, el agua de lluvia se movía como un riachuelo, creciendo por instantes, era una corriente de agua que bajaba por la pendiente del cerro.
El niño se durmió o yo también me dormí, habrían sido más o menos las siete y media de la noche, cuando yo me desperté. El niño no estaba a mi lado. Las voces de atrás decían: "el de la columna ya está muerto". Yo pensé que se estaban refiriendo a mí, entonces reaccioné, y dije: "estoy vivo". A la señora ya no se la escuchaba, al de las dunas tampoco. Dos más que estaban dormidos, desmayados o muertos.
Eran las once de la noche. Los accidentados comentábamos en voz alta que tal vez estábamos en alguna parte inaccesible y que no seríamos salvados. Que nos debíamos valer por nuestros propios medios, buscar un camino de escape, una casa, algo. Durante el día, uno de nosotros, el señor de atrás, había visto un valle y un borrego amarrado. Esto nos daba la esperanza de que el dueño del borrego vendría cerca, en cualquier momento. Entonces sería la oportunidad de gritar y de que nos salvase. Teníamos la ilusión de que apareciera una columna de soldados o de gente de pueblo, viniera a rescatarnos.
De repente escuchamos unos silbidos y nosotros gritamos hasta que nos dimos cuenta de que no se trataba de una escuadrilla de gentes, sino del silbido de algún pájaro. El niño y el señor de atrás que podía arrastrarse se comprometieron a buscar un camino cuando amaneciera. Al aclarar, las seis y tres cuartos de la mañana, se vió un avión que pasaba, muy alto. Esto fue una ilusión y al mismo tiempo una desesperanza. Sentimos que las ropas mojadas por la lluvia, se habían transformado en algo frío e insoportable. Pensaba que había empezado a congelarme, veía que al lado derecho estaba morado.
Diez minutos después atravesó el espacio un avión en sentido contrario. Las esperanzas volvieron a renacer. El niño y yo y los demás, gritábamos auxilio, pero el avión siguió de largo nuevamente. A los cinco o diez minutos, otro avión que pasaba, pero ya a 300 o 400 metros por encima del cerro. Este avión estaba seguido por dos helicópteros. El avión siguió de largo, pero los helicópteros se dieron vuelta. Nosotros hacíamos toda la bulla, los gritos que podíamos, hasta que uno de los helicópteros se posó a escasa distancia, el piloto nos saludó. El otro helicóptero lanzó escaleras de sogas, se bajaron dos paracaidistas, rozaron un pedazo de tierra, en la que uno de los helicópteros colocó las patas izquierdas, las patas derechas quedaron en el aire, con los motores prendidos. Se acercaron tres paracaidistas, el niño estaba a mi lado, ellos me preguntaron que tenía, como yo les dijera que no me podía mover, que tal vez era fractura de la columna, me inyectaron. Buscaron más sobrevivientes. E hicieron el primer viaje con el niño y dos sobrevivientes, porque a mí no me podían llevar sino en el otro helicóptero que tenía camilla. El niño se subió al helicóptero que se lo llevó, en las espaldas de un paracaidista. El otro helicóptero me llevó. El primer helicóptero con el niño fue a Piñas, yo con los otros sobrevivientes a Machala.
Las impresiones eran tantas, que mi sistema nerviosos se había podido mantener.
Guayaquil, Marzo de 1979.