Retrato de Juan Montalvo en el Paraninfo Simón Bolívar de la Casona Universitaria (Calle Chile # 900 ) de la Universidad de Guayaquil.
LAS NIÑAS DEL EXAMEN
Por Juan Montalvo
El que gusta de contemplar las estrellas en el silencio de la noche, gusta asimismo de cultivar la amistad y el afecto de los niños. Alguna conexión secreta existe entre esos ángeles visibles del firmamento y los ángeles tangibles de la tierra; entre esos niños de la bóveda celeste y los niños de nuestro rápido planeta. Si nos fuera dable apoderarnos de una estrella, así, resplandeciente, inquieta, alegre, la llevaríamos a los labios, haríamos mil extremos, dichosos de poseer una joya de las de ese rico que tiene el universo lleno de prendas maravillosas. En cuanto a mi, eso me da pasar media noche colgado de las siete cabrillas, la más hermosa de las constelaciones, o bien viendo y oyendo a grupo de niñas de los desahogos de su alegría. Entre las tonteras de que ha llenado sus libelos el poetastro que hoy está haciendo el muerto, de miedo del azote, se halla el decir que yo causo un terror misterioso de los niños, quienes huyen de mí dando alaridos. El amor no infunde terror* ; solamente Jesús habrá querido más que yo a estos rapazuelos, que ignorante de la vida, cultiva sin saberlo la inocencia.
Venid a mí los párvulos, dice el Señor. Ese pequeñuelo gordo, blando, rubio, crespo, de ojos grandes y límpidos, que anda todavía con la gruesa pantorrilla al aire, ése es a quien llama Jesús. Ese muchachita de rostro ovalado, cuyos labios están ardiendo como dos piropos encendidos; cuyas mejillas echan llamas donde acuden a calentarse los serafines invisibles; cuyos ojos son espejos donde se mira Dios cuando quiere ser chiquito; esa criatura que impone la ley del amor con la belleza, el donaire, la gracia, esa es la que llega a Jesús y se sienta en sus rodillas.
Acuérdome que en una de mis vueltas al lugar de mi destierro, no sabía yo dónde poner los regalos de los pobrecitos que iban viniendo unos atrás otros, a cual más ribicundo. Uno me alegra la mano con un huevo; otro saca de la faltriquera un tauso; ésta trae una ollita de leche, ésa abre el pañuelo preñado de biscochuelo; y una mesticica de cuatro años echa del seno un pollito que aturde con su pío pío. Cuando me pongo a revolver papeles antiguos, a cada paso doy con planas dedicadas al Cosmopolita, con muestras de caligrafía, dibujos mal hechos, y graciosas travesuras de niñas que hoy son la flor y nata de las señoritas y señoras de mi pueblo. Iba a decir mi villa, pero será mejor decir ciudad, ahora que está a un paso de ser como Versalles. No hay para qué nombrar aquí a las Dianas infantiles que en junta de mi sobrinita Lucila han dado hartas carreras por mi cuarto y me han volteado no pocos tinteros. Hoy son otras mis amigas: hoy es una Merceditas Quirola, muchacha la más linda que uno puede imaginar. Si el arcángel Gabriel tomara forma humana cuando el Todopoderoso le envía con sus embajadas a la tierra, esa carita tomara, no me cabe duda. Pues ésta es la del examen, ésta la de la repetición. Me la pidió con ojos tan llenos de lágrimas y boca tan cargada de sonrisas, que hubiera sido herejía negarle tan poca cosa. Aprendióla con facilidad, y con gentil desenvoltura la pronunció de esta manera:
De agua, señores, necesita el árbol,
El aire es su alimento: necesita
La planta luz para crecer hermosa,
Para dar fruto: sin calor no hay vida.
¿Y las flores qué son si por acaso
Nacieron a la sombra? La propicia,
La necesaria protección les falta
Del sol, y muertas vivirán un día.
Capullos sin olor, plantas sin fuerza,
Pero con esperanza son las niñas:
Que el sol les falte, crecen tarde y poco;
Que les falte la luz, mueren de prisa.
La educación señores, será el agua,
La humedad bienhechora con que activa
El alma crezca, y floreciendo en grande
Produzca las virtudes y a Dios sirva.
Benéficas lecciones, ejemplares
De ésos que el tierno corazón animan
Y al bien le predisponen, son el puro
Calor con que el buen maestro nos abriga.
De las cosas de dios, de las humanas
Tener conocimiento dar noticia
De este misterio universal que forma
La creación. Le convendrá a la niña.
No estudiar, no aprender, no saber nada,
Es vivir a la sombra, estar marchita:
Vive y no vive la ignorancia y muere
Sin el contacto de la luz divina.
¿No os dije ya que la mujer es planta
En esta edad en que la llaman niña?
Vosotros los mayores, si os importa
Vuestro deber, cuidad estas plantitas.
El corazón de las niñas es una sustancia delicada, fina, celestial, en ella se imprimen fácilmente las virtudes; la educación es la magia bienhechora de cuyo palacio encantado salen buenas hijas, esposas fieles, madres apasionadas.
Maclovia Herbas es un conjunto de gracia, rubor y animación tal, que viéndola, todo es simpatía. Pues digamos que le faltan valor y donaire para repetir su discurso. Pronunciálo como si ella lo estuviera improvisando, y siente, y pone en relieve los principios que ha prestado a sus labios el hereje abominable que así tiene por costumbre corromper la sociedad humana. Oidla sino:
"Señores:
Dicen que los hombres dan leyes y las mujeres forman costumbres. Por donde se puede ver cuánta y cuán grande es la parte que el sexo femenino tiene en la conservación y adelanto de las humanas sociedades. Si las mujeres forman las costumbres, preciso es que sepan formarlas buenas, y para formarlas buenas la sabiduría de la virtud es indispensable. Hay virtud natural que practican hasta los pueblos bárbaros, y una virtud que dinama del estudio y el conocimiento de las cosas. La distinción del bien y el mal, de lo justo y lo injusto, con ciertas irregularidades, es común a todos los hombres, bien así a esos que con el título de civilizados componen las grandes naciones de las cuales tomamos ejemplo, como los que viven encerrados en la profundidad de las selvas, luchando sin saberlo con esa negra opresora que llamamos ignorancia. Los deberes para con los padres, con los hijos; la fidelidad de la esposa; el respeto inaveriguado y profundo por la causa cuyos efectos llenan el espíritu y los sentidos del género humano, éstas y otras son las virtudes en las cuales tuviéramos mucho que aprender de los salvajes los que presumimos de civilizados o lo somos verdaderamente. Pero este noble y continuo esfuerzo que nosotros hacemos por conocer lo desconocido, perfeccionar lo imperfecto, reducir a un blando yugo a la bravía naturaleza; estos vuelos sublimes de las almas delicadas hacia Dios; estas investigaciones de los filósofos, estos descubrimientos de los sabios, estas maravillas de los artistas, en medio de los cuales el mundo va girando envuelto en llamas saludables; este conjunto, decimos, sorprendente y grandioso de cosas físicas y morales que constituyen la civilización, abriga en su seno muchas virtudes adquiridas con voluntad y trabajo por los pueblos que van buscando a Dios por las respetables oscuridades de la sabiduría.
Las costumbres, señores. Las buenas costumbres, son la sabiduría práctica del mundo: un pueblo sabio y corrompido valdría menos, sin duda, que un ignorante y virtuoso, si lo hubiese. Más por dicha viene a suceder que la ignorancia y la virtud son personas encontradas, de cuya mutua ojeriza provienen hartas malas obras; y por esto hemos dicho antes que los civilizados sabían y practicaban cosas grandes que les acercaban a la Divinidad. ¿Qué harían los hombres con sus leyes, si no tuviesen quienes les formasen las costumbres? Nosotros tenemos cuenta con las buenas; y ojalá no hubiera desventuras que nos hicieran traición dándose la mano con los que tiran a dañar nuestra santa obra. Buenas costumbres no podemos formar sin buenos conocimientos: conocimiento de la divina sustancia por la religión; conocimiento de la naturaleza; conocimiento de nuestros deberes y nuestros derechos; conocimiento de los males y sus remedios, las desdichas y sus alivios, las pesadumbres y sus consuelos; conocimiento de todo, todo según el caudal de nuestra inteligencia, que no suele salir de cierta órbita, en la cual está girando iluminada por la imaginación, animada por el amor, sin llegar nunca o casi nunca, a esa fuerte, orgullosa sabiduría que alcanzan los varones que nacieron para ella. No aspiremos a competir con ellos, pero si hagamos lo posible por merecer su estima. Dejémosles sus ciencias, sus leyes, su política, nuestro encargo es mejor, más amable: nosotras, cultivemos las virtudes."