MEMORIAS INTIMAS
Por Federico González Suárez
CAPITULO PRIMERO
MI VIDA
Lugar de mi nacimiento.- Mis padres.- Quienes fueron mis Maestros de Primeras Letras.- Estudio de Latinidad y de Filosofía.- Mi entrada en la Compañía de Jesús.- Juicio sobre mi vocación.- Mi separación de la Compañía.- Soy Sacerdote.- Mi residencia en Cuenca.- Mi Madre.- Viaje a Europa.- Años posteriores.-
I
Nací en la ciudad de Quito, el día 12 de Abril del año de 1844; mis padres fueron el Señor Don Manuel María González y la señora doña María de las Mercedes Suárez, fui el primogénito y también el único hijo que tuvieron mis padres.
Recibí el agua regeneradora del Bautismo en la Capilla del Sagrario, que es la iglesia parroquial de la Metropolitana de Quito, mi padrino fue el Señor Don José María Suaréz, mi abuelo materno, natural de la ciudad de San Sebastián de la Plata, ahora capital del Estado de Tolima en la vecina República de Colombia, antes conocida con el nombre de la Nueva Granada. Yo vine al mundo un día viernes de la semana de Pascua de Resurrección, a las tres de la tarde, al otro día sábado fui bautizado. Se me impusieron en el Bautismo los nombres de Manuel María Federico del Santísimo Sacramento , Manuel María indicado por mi abuelo, para que llevara yo el mismo nombre que mi padre, quien mandó que se me pusiera también el de Federico; y mi madre el último nombre del Santísimo Sacramento, dedicándome y consagrándome a la Adorable Eucaristía, Misterio al cual ella profesaba la más tierna y fervorosa devoción. Al principio firmaba yo solamente Federico González, después, a mi apellido paterno añadí el materno, para distinguirme así de otro individuo de Riobamba, que tenía el mismo nombre y apellido.
El Sacramento de la Confirmación me lo administró el Ilmo. Y Rvmo. Señor Doctor Don Nicolás de Arteta y Calisto primer Arzobispo de Quito; no sé en que año ni en que día, pues me consta sólo que fue mi padrino el Señor Patiño nacido en Cuba.
Siendo yo todavía muy niño, se ausentó de Quito mi padre y regresó a Colombia, su patria, donde tenía varios hermanos y numerosa parentela. Era mi padre el último de todos los hermanos, carecía absolutamente de bienes de fortuna y, además, principiaba a sentir algunos síntomas, por los cuales temía haber contraído la triste enfermedad de la elefancia. Yo no conocí, pues a mi padre, ni tengo recuerdo ninguno de él, dicen que era de fisonomía gallarda y hermosa. Mi familia paterna era toda oriunda de España y vivía en Colombia, adonde había venido el fundador o padre de ella, en el siglo pasado. Mi padre arrastró en Colombia una existencia dolorosa, de pocos años; enfermo, abandonado de los suyos y en suma pobreza. Los últimos días los pasó en la resignación cristiana; y espero que una alma, para la cual abundaron en este mundo las tribulaciones, encontraría en el otro una abundancia mayor de divinas misericordias. No he podido descubrir con seguridad ni el año, ni el día, ni el lugar de su fallecimiento; el lugar donde reposan sus restos mortales me es del todo desconocido. ¡Donde quiera que yazcan sepultados, aguardan la resurrección de la carne, para unirse de nuevo con un alma, que salió de este mundo con la esperanza de la inmortalidad.
Mi familia en Quito era rica; mi abuela materna, la señora doña Gertrudis Alzamora no carecía de bienes de fortuna; y mi abuelo, su esposo, practicaba el comercio; pero poco después de haber nacido yo todo se perdió, y quedamos reducidos a una pobreza tan consumada que habríamos perecido de necesidad, si el Ilmo. Y Rvmo. Sr. Garaicoa y algunas otras personas no nos hubiesen socorrido. El Ilmo. Y Rvmo. Sr.Dr. Dn. Francisco Javier Garaicoa fue el segundo Arzobispo de Quito.
Antes de completar los cinco años de edad, fui llevado a la escuela. El maestro era el Señor Doctor don Manuel Baca; su establecimiento, costeado con fondos fiscales, se hallaba en el convento grande de San Francisco. El Doctor Manuel Baca era médico de profesión, hombre serio y puntual en la enseñanza. Yo conocía ya las letras y sabía el silabeo, cuando fui puesto en la escuela; siempre débil y enfermizo, fue necesario que a los pocos días me sacaran de la escuela, para curarme de una enfermedad larga y penosa. Era ésta la segunda, la primera me acometió cuando no contaba todavía ni un año de edad, y entonces todos creyeron que moriría. Tan luego como hube convalecido, fui puesto en la escuela de Santo Domingo, y en ella continué, y en ella concluí mi educación primaria. Diré algo acerca de esta escuela de Santo Domingo.
Estaba fundada en el convento máximo de Quito, pero ni la habían fundado ni la sostenían los dominicos; éstos daban solamente el local y pagaban el honorario mensual de unos de los maestros; todo lo demás dependía del Gobierno Civil. Los institutores eran tres: un religioso y dos seculares. El Padre Fray José Rodríguez, el Señor don Mariano Chica y el Señor don Antonio Cárdenas.
Fray José Rodríguez era dominicano, y había obtenido por oposición el destino de profesor de primeras letras en la escuela de su mismo convento. El examen lo presentaban los opositores en la sala de la gobernación ante un tribunal presidido por el mismo Gobernador de la Provincia y compuesto de los maestros más acreditados de la capital. Los opuestos a la escuela de Santo Domingo eran dos el Padre Rodríguez y el Señor Don Vicente Piedrahita, el mismo hombre público, que años después murió asesinado en su hacienda llamada La Palestina.
Piedrahita, muy joven, de ingenio claro y perspicaz y de asombrosa facundia: Fray José Rodríguez, también joven, aficionado al estudio y conocido por su instrucción. Piedrahita acababa recién su curso de filosofía, el Padre Rodríguez tenía el grado de presentado en su convento.
Uno de los examinadores era el Padre Maestro Fray Mariano Auz, mercedario, uno de los más hábiles institutores que ha habido en el Ecuador. El Padre Auz, con la mejor buena fé del mundo, y sin quererlo, turbó a Piedrahita y lo confundió; sentóse Piedrahita al examen y el Padre Auz le preguntó cómo se enseñaba a persignar a los niños; pregunta inesperada y a la cual el examinado no pudo responder. Desconcertado Piedrahita con el fracaso sufrido en la primera pregunta no pudo recobrar su serenidad; contestó mal y fue reprobado. A esta circunstancia debí yo el no ser discípulo de primeras letras del célebre compatriota, cuya oración fúnebre pronuncié en Quito el año de 1878.
¡Que recuerdos los que yo conservo de la escuela de Santo Domingo!.. el señor Cárdenas vive todavía. (Julio de 1895). Don mariano Chica, era viudo: alto cerrado de barba, siempre afeitado, con su larga capa de paño azul oscuro, parecía eclesiástico y no seglar. Era conocido por el famoso Nacimiento que todos los años componía en su casa. Don Mariano vigilaba el orden interior de la escuela, y desempeñaba el cargo penoso de enseñar a conocer las letras del abecedario a los pequeñuelos: amaba a los niños y se hacía respetar. Yo le tuve cariño; y cuando ya fui Canónigo, siempre le tributé reconocimiento murió muy anciano, separado de todo cargo de enseñanza.
Fray José Rodríguez era quien presidía en la escuela: lo respetaban los niños y le temían. Naturalmente serio, nunca martirizaba a los alumnos, pero también jamás dejaba falta alguna sin castigo. De estatura mediana, blanco sonrosado, había logrado hacerse respetar y temer de los niños, en todo grado, que bastaba que abriera la puerta de su celda y se presentara en el claustro, para que al instante quedáramos en el más profundo silencio: doscientos muchachos traviesos suspendían sus juegos, y a la algazara sucedía el silencio; y a la inquietud, la fingida formalidad. El Padre Rodríguez dejó la enseñanza de primeras letras y obtuvo en concurso el curato de Patate, perteneciente entonces a la Provincia dominicana de Santa Catalina Mártir de Quito. En ese ministerio todavía ocupado cuando llegaron al Ecuador los primeros frailes reformadores italianos, mandados por Pío IX, a solicitud de García Moreno.
¿Cómo murió el Padre Rodríguez? ¿Dónde murió? ¿Cuál es la historia de los últimos años de su vida?.. El Padre Maestro Fray José Rodríguez, uno de los religiosos más autorizados que entonces tenía la comunidad dominicana del Ecuador, murió de clérigo, mendigando la limosna de la Misa de mediodía en las parroquias de Quito, para no perecer de hambre. La comunidad de frailes nacionales ¿era buena? ¿Por qué expulsaron los italianos a los nacionales? ... ¿Era mala? ... Allá. La respuesta a los reformadores. Si no era relajada esa comunidad, ¿para qué vinieron los reformadores al Ecuador?.
En la escuela de Santo Domingo se nos enseñaba a leer, escribir y contar; además Gramática Castellana, Urbanidad y Religión. En la enseñanza de la Religión había esmero y prolijidad: la escuela estaba dividida en tres clases: ínfima, media y suprema, cada una de las cuales tenía su texto correspondiente, que era Astete, Pouget y Balmes. Se vigilaba mucho sobre la moral; pero, con una prudencia digna de encomio, jamás se exigía la Confesión, ni menos la Comunión a los alumnos. Se nos exhortaba, se nos aconsejaba; pero nunca se nos obligaba ni se nos castigaba.
Como medios de aprovechamiento empleaban nuestros maestros el temor y el honor: premios en ocaciones, hasta de dinero; y castigos propios para niños. No ví jamás dar ni una bofetada ni un puntapié; ni oí dirigir un insulto.
Siendo de cinco años cumplidos hice mi primwera Confesión con un jesuíta, y un año después, cuando estaba en el séptimo de edad, se me juzgó preparado para recibir por primera vez la Sagrada Comunión. Estaban entonces en Quito los Padres de la Compañía de Jesús, que desterrados de Colombia, habían pasado al Ecuador; la sociedad entera los recibió con grande entusiasmo, pues la venida de sacerdotes tan virtuosos como los jesuítas fue para el pueblo católico de Quito uno como aire sano y vivificante, que cruzaba por la atmósfera moral, en la que la escandalosa corrupción de los frailes había difundido la más abrumadora pestilencia. Poco tiempo estuvieron los jesuítas en Quito; los expulsó del territorio ecuatoriano el General don José María Urbina, en Noviembre de 1852.
Puedo añadir una circunstancia, y es el recuerdo que conservo de la última despedida de mi padre. Una mañana entró al cuarto en que vivía mi mamá; yo me hallaba con élla; mi padre estaba vestido de poncho y calzones de montar y con sombrero; se sentó en una silla y, mientras conversaba con mi madre, estuvo acariciándome a mí; mi padre me paró delante de él y me puso entre sus rodillas. Luego entró una muchacha, me tomó en brazos y me sacó a la calle; cuando regresamos a casa, ya mi padre había partido.. ¡Lo volveré a ver en la eternidad! (*) Pág. 901
estando en ese lugar, nos refería, oí el tropel de caballos que salían de casa, volví la cara y alcancé a mirar a mi padre montado, que bajaba hacia el Norte. ¡Fue la última vez que le ví en mi vida!.. (*) Pág. 959
(*) Tomo III. Edición de la Casa de la Cultura de la Historia del Ecuador de Federico González Suárez.