VENDEDOR DE PERIODICOS
Por José Antonio Campos
y el Dr. Modesto Chávez Franco
Hay un gremio en el país, terriblemente bullanguero; atrozmente andariego; pero generalmente simpático; es el de los vendedores de periódicos.
Esa turba de muchachos que bulle, que se agita, que vocifera, riñe y alborota en las oficinas de los diarios, es un elemento social digno de estudio, por ser típico entre colectividades populares.
¡Pobres muchachos! Pero no son muchachos, sino hombrecitos precoces. Para ellos no hay, no existe, no saben qué es la infancia ni cómo la entiende la sociedad en que viven. La infancia supone inocencia, la casa paterna, los mimos del hogar, el juguete, la golosina, los recreos, los cuentos de la abuela, las visitas nocturnas de las hadas buenas, los obsequios de los Reyes en los zapatitos de razo, las apariciones fantásticas del buen viejo Santa Claus, con su larga barba blanca y su caja llena de confites, las aventuras cómicas del aporreado Polichinela, el dulce acento de las canciones que arrullan y aduermen en el suave regazo materno y el beso impregnado de ternura que cierra los ojos.
Es la infancia esa es la que no conocen nuestros pobres suplementeros. Ellos vinieron al mundo en medio de los rigores de la suerte, y la miseria humana les reveló prematura y brutalmente todas las flaquezas de la vida; vino la necesidad, como maldita serpiente de cien cabezas y les acosó sin cesar, obligándoles a echarse fuera del humilde techo y a buscar un pan para el sustento y un trapo para cubrir sus miembros.
¡Pobres muchachos! Ellos ignoran: las alas blancas del ángel del candor no han batido sobre sus cabezas; pero en cambio, saben que el mundo es malo; que los grandes oprimen a los chicos; que hay que estar siempre alerta contra cualquier agresión torpe e injusta; que no hay más esperanza de amparo y de justicia que el propio puño...
por eso son belicosos estos pobres chicos y andan siempre con el ojo avizor atisbando por dónde viene el enemigo... el enemigo es alguien que les arrebata la grasosa moneda de las manos, que les arrancha el mendrugo de la boca, que les arrima un puntapié cuando la curiosidad o el deseo les acerca a algún puesto de venta, que les coge de la pretina y les lleva a la Policía...
¡Pobres muchachos! ¿Qué han hecho al venir al mundo, para que les toque todas las asperezas de la vida?
¿Qué pensarán los hombres, de las cosas y de los acontecimientos que los rodean? Deben pensar que la sociedad es muy mala, que la tiranía está en su apogeo y que en este mundo miserable hay que andar a batacazos.
Quizá no les falta razón. De ahí viene la piedra que colocan sobre los rieles del carro, con el propósito de que se descarrile; el canto que arrojan a la luna del farol; la palabrota que escriben en la pared recién pintada; el perro que azuzan contra el tímido transeúnte; la botella que rompen en el empedrado; la rechifla que prodigan a todo el que tropieza y cae, sin distinción de edad, posición ni sexo. Son rebeldías contra la suerte perra y represalias contra la sociedad egoísta que les olvida y desampara.
¡Pobres muchachos! Débiles todavía sus brazos para levantar el faredo, incipientes de vigor y de energía para colocarse al lado del obrero adulto. ¿a dónde han deir los infelices sino van a las imprentas en busca de las hojas periódicas, que son alivio y consuelo en sus necesidades?
Y de allí salen, con los primeros albores del día, como una bandada de pájaros, llevando montones de periódicos, en carrera vertiginosa, pregonando noticias de todo calibre, con voz atiplada y notas agudísimas, sin que les importe un pito el más grave desastre de la flaca humanidad.
Aquel trabajo es bueno; se adapta a sus fuerzas y conviene a la inquietud de sus años y a la agilidad de sus pies; corren, saltan y ruedan sin soltar sus diarios, que apretan contra el seno y constituyen capital y crédito para ellos, pan para el hogar, alivio para la madre enferma, cuidado para el hermanito recién nacido.
Ellos son serios: el negocio es negocio, sus cuentas son claras, su comisión es retirada en seguida, diez veces contada, diez veces examinada cada moneda por la vista y el tintineo, y profundamente sepultada en lo más recóndito del hondo bolsillo, entre múltiples artículos menudos de diversos genero y especie.
Ellos son honrados, sus compras las hacen al contado, con capitalito propio, que fluctúa entre veinte centavos y un sucre; pero que admite desarrollo en el curso de las operaciones, sin lugar a quejas ni reconvenciones por abuso de confianza.
Ellos son inteligentes: el olor de la tinta de imprenta, sin duda, el trajín diario con los periódicos, el ambiente en que se mueven, les da cierto olfato periodístico, y saben los primeros si la edición del día tendrá mayor o menor circulación que la ordinaria, y gradúan la compra por la impresión que les hace la hoja cotidiana.
La opinión sobre la labor de la prensa comienza, pues a formarse por el chico suplementero. ¡Es un hecho!.
¡Pobres muchachos! De vez en cuando salen por ahí sociólogos y moralistas, de aquellos que andan con los chicos vendedores de periódicos, protestando contra la vagancia y clamando por la escuela, el taller, la moral, el bien público, etc., etc.
Desgraciadamente el mundo es así, defectuoso, y no hay quién lo componga. Esos chicos no son chicos: son hombres. La edad es corta, la estatura es pequeña; pero son cabezas de familia muchas veces y en todo caso un alivio inmenso para sus deudos! Hogares tristes, donde la miseria se acurruca en todos los rincones ¡ qué sería de ellos, si no llegara cada mañana el bravo muchacho, trayendo consigo un rayo de alegría y hacviendo sonar en su bolsillo las monedas ganadas con su trabajo: honradamente ganadas!
Obreras agobiadas por el trabajo, rendidas a la fatiga de una labor incesante y mal pagada; llenas de criaturas que se prenden a sus faldas ¿qué sería de ellas si faltara ese buen chico que partió al romper el alba, con los puños en los ojos, sacudiendo el sueño, y que ya vuelve con los recursos para el día, según lo anuncia su timbrada voz en el portal vecino!
¡Bah Hay que dejar vivir a estos niños hombres, de moral deslucida por la miseria del medio ambiente, pero que son grandes benefactores en las bajas capas de la sociedad desvalida.