Cuadro de Antonio José de Sucre, Mariscal de Ayacucho por Antonio Salguero, Museo Municipal, Quito.

SUCRE 

 

Por CARLOS R. TOBAR

   

Erase el general de mediana estatura, aunque algo más alto que pequeño; delgado sin ser enjuto de carnes; la cabeza simétrica y sin prominencias; la frente vasta, en especial hacia los lados, por donde formaba grandes entradas en los cabellos negros, recios y ensortijados; la piel morena, menos en las partes habitualmente cubiertas por el sombrero, de lo cual se desprende que la tostaron los rigores de la intemperie; las cejas delgadas y perfectas; los ojos castaños, expresivos, y dulces, excepto en el fervor de la batalla en que se encendían y relampagueaban; la nariz larga, combada, no fez; la boca regular; los labios finos, pero salientes, sin duda por la costumbre de la rasura, a que sometía también la redondeada barba y las tercas mejillas, sombreadas apenas por una estrecha y corta patilla. El entrecejo, ligeramente marcado, rara vez se acentuaba para mostrar el rostro ceñudo. 

Sonreía con alguna frecuencia, pues era hombre vivo e insinuante, y descubría los dientes blancos e iguales. No reía sino difícil y momentáneamente; nunca fue propenso a las ruidosas expresiones de alegría, del pesar o de la cólera. Mesurado, amable, reflexivo, la discusión con los compañeros, la conversación con los amigos, las órdenes a los subalternos salían de sus labios en suave sonido, como la tranquila expresión de una inteligencia cultivada, de un criterio recto, de un corazón benévolo, en una palabra, de un alma superior. 

Dócil, subordinado, desprendido, no arriesgó jamás, como subalterno, el feliz éxito de una batalla, empujada por las rivalidades, celos o caprichos, que movían frecuentemente a algunos oficiales voluntariosos, tercos y soberbios. Previsor, prudente, sereno en peligro, humanitario, generoso en la victoria, no prodigó nunca, como jefe, la sangre de los patriotas ni de los realistas, ni precipitó acontecimientos, ni guerreó por el lustre de su nombre, sino siempre para provecho de la república y por amor a la libertad. 

Filósofo armado, más bien que militar, miraba la sangre, -sudor rojo de las magnas ideas y Ħay! de los mezquinos intereses-, con pena de quien prefiere al bárbaro degüello los combates de la razón en los pacíficos campos de la tribuna o de la imprenta. Baralt se admira de que Sucre hubiese tenido enemigos; a mí no me soprende: los resplandores del mérito hieren los suspicaces ojos de la envidia y despiertan las malas pasiones de quienes no pueden brillar sino en el caos. 

La envidia... reflejo tenebroso de las virtudes, mar tóxico que pretende tragar el mérito, pero que lo lleva en su superficie y lo hace flotar más visible; la envidia, cuervo que atrae los olores de los que se perfecciona y no los hedores de lo que se corrompe, la envidia, digo, le hirió, picoteó en sus cualidades, pero no penetró jamás en su corazón para roerle, ni en su espíritu para envilecerle. Amó a sus compañeros como a coadyuvadores de la empresa, aun cuando algunos de ellos lo odiaron como a reprensión viva de sus defectos. De familia noble y rica, amaba la independencia como madre de nobleza y de prosperidad, no como causa del desbarato, del envilecimiento, de la plenitud del mal en el vicio del orden. 

Las cualidades de Sucre, prepararon el crimen que nos lo arrebató; la rectitud del alma no le permitió encorvarse para ver que su perfidia se rebullía a sus pies. Si el plomo al destrozarle la cabeza no le hubiese muerto en el acto, habría perecido seguramente poco después dilacerado el corazón por la ingratitud y la felonía. Al caer no mordió la arena de la lid; acaso besó la tierra que le fue tan querida. 

Poseyó una sola ambición: la de la virtud. 

Tenía no se que de atrayente; y que al propio tiempo inspiraba respeto, en la fisonomía, en las maneras, en las miradas, en las palabras; era uno de esos hombres que en las cualidades del cuerpo y del alma llevan el diploma de un gran destino providencial. Si hubiese nacido en Europa, acaso habría sido Rey; como nació en América... lo asesinaron.