Foto tomada de la carátula del Libro Pensamiento político. Por Abelardo Moncayo Andrade N° 48 Edición 1983 Biblioteca Ecuatoriana

EL CONCERTAJE DE INDIOS

Por ABELARDO MONCAYO

 

A un uso bárbaro, bárbaro debe ser el término que le corresponda. Cosa célebre española y rancia la iniquidad que nos proponemos combatir; y no obstante, en el diccionario de la lengua española, no hay voz que propiamente la exprese. 

Bautizamos con este nombre Concertaje el acto atroz, diariamente ejecutado ante un tribunal y con intervención de la ley, mediante el cual queda sellado un hombre con marca de eterna esclavitud; barbaridad que nadie siquiera advierte. 

La abdicación absoluta de la libertad, el enajenamiento de la voluntad y la inteligencia, la muerte, pues, de la personalidad misma, tal es el concertaje. 

Algo peor que la caza o trata de negros en Africa es el concertaje; es la degradación sistematizada de una porción inmensa de hermanos nuestros, con nosotros nacidos y consagrados a nuestro bien; es la condenación legal de toda una raza al embrutecimiento; y por la frialdad misma con que se le ejecuta, el concertaje es el más alevoso de los asesinatos, el del alma de un infeliz. 

Y el concertaje no es solamente un infortunio aislado; trae consigo la esclavitud de la mujer, de los hijos, de toda la parentela de la víctima; ello implica abominable parricidio. 

Pacto incalificable de la iniquidad con la hipocrecia; beso asqueroso de la codicia con la ferocidad, sarcasmo es el concertaje, sarcasmo sangriento a la civilización. Tanto alardeamos de católicos, y es el concertaje la bofetada más escandalosa al Evangelio. 

¡Quién lo creyera! antes que ventajosa, perjudicial ha sido para el indio la emancipación de nuestra patria. Los reyes oído atento ponían a menudo a las quejas del conquistado, y con cédulas al menos aunque impotentes, procuraban remediar las calamidades inherentes a la conquista. Pero a la República, ¿qué le deben los indios? No se tuerce ya el pescuezo a la gallina ponedora de huevos de oro, verdad; pero, ¡Dios! lo que se la tortura por arrancarle el huevo diario. 

Chinos somos y no poco los ecuatorianos en el apego a viejas costumbres: cuatro siglos de existencia casi nacional; una centuria de vida republicana; y las injusticias sin embargo del conquistador todavía en su plenitud, sagradas todavía las preocupaciones y absurdos de nuestros abuelos; todavía el obraje y el concertaje como cuando se fundaron.... ¡Y nos sorprendemos de la serie de tiranías en el Ecuador! 

Capítulo de acusación abrumadora para el conservatismo es el estado actual del indio. Para el hacendado y las autoridades, para el Cura y el Sacristán, para la carga y el cuartel, para la policía y el presidio, para todo ha tenido indios el terrorista; menos para el bien, menos para la civilización y la patria. 

La condenación de todas las sombras y miserias posibles, el envilecimiento ambulante, la ignorancia en su más simple expresión, el servilismo en su último grado.... he ahí el indio, he ahí la obra maestra de la cristiana, de la eterna dominación conservadora. ¿Pensarían estos que las escrófulas de la esclavitud no son contagiosas; pensarían que el cáncer de un miembro no es amenaza para todo el cuerpo? Allí están ellos. 

Plagad una sociedad de siervos, y servil será de todo ello el carácter y es espíritu. De rodillas vive el ecuatoriano ante el poderoso, porque desde niño ve a todos de rodillas, desquitándose, eso sí, de su humillación con el débil. ¿Pensáis que a un pueblo, fomentador de la servidumbre en cualquier forma, no le castiga la naturaleza con la propagación y el empeoramiento de los males anexos a ella? Suprimid las atrocidades del concertaje, suprimid la preponderancia del clero en nuestra sociedad, y la República dejará de ser aquí una irrisión. 

Sabido es que de divinidad están investidos todos los derechos que los tradicionalistas sostienen: divino, pues, el derecho de la ferocidad de los blancos para con los indios; divino el derecho al homenaje irrestricto e incondicional que se les exige; divino el derecho a la eterna explotación del sudor, de la sangre de toda una raza... ¡Raya con razón en asombro el progreso de esta zona! 

La paradoja aquella de Proudhom: "la propiedad es un robo", se ha convertido en verdad tangible, nada menos que en el pueblo más católico del orbe, en la sagrada República del Corazón de Jesús: estudiadla y nada replicaréis. 

Una circunstancia atenuante de este crimen: la naturaleza de la víctima; la más desvalida, la más desventurada de la tierra. 

¿Mucha exageración tal vez? Visitad cuando os plazca una hacienda cualquiera de la sierra y ved esa multitud de indiecitos entregados a las más duras y fatigosas labores, desde el amanecer hasta más del medio día: están en faena y jamás tendrán por ellos otra remuneración que el rebenque o los puntapiés del mayordomo, del mayoral, del amo. 

Para siembras y cosechas, para cocina y lavado, para acarreo de materias primas y para todo beneficio de sementeras, siempre los indios en bandadas y siempre sin remuneración. Mujer e hijos, ascendientes y descendientes, afines y consanguíneos de un concierto, esclavos son todos y gratuitos del amo y de todo el mundo, por el hecho sólo de ser parientes de un sin aventura. 

¿Mucha exageración? Visitad un convento parroquial, un despacho cualquiera público; estudiad someramente las costumbres allí reinantes y en dondequiera el robo, la ratería, la iniquidad en todas sus faces, ora en nombre de la religión y la autoridad, ora en el de la fuerza, el embuste o la astucia. Mina inagotable del blanco, su propiedad, su cosa, eso es el indio, lo mismo casi que su caballo. 

Con esta diferencia: cuidado no omite el amo por ver siempre a su alazán limpio, lucio, robusto; y que angustia la suya si al animal le amarga algún peligro. También alguna vez pisará la choza del concierto; mas no para atender a su bienestar, sino para sacarle a patadas, caso de tardanza a la faena gratuita. 

El negro y el indio pajes o conciertos nuestros son; y no obstante, en el alimento y en el vestido, en el jornal y la habitación, en las costumbres y la naturaleza misma de las ocupaciones, ¡cuántas y cuan dolorosas diferencias! Las mujer e hijos de negro son libres, no están obligados a trabajo alguno; el negro no da servicios al cura ni a las autoridades; el negro no es huasicama ni cuentayo; para el negro no hay faenas, mingas, ni contribuciones semanales de brega forzosa. ¡Con decir que también el negro es amo y señor del indio y como tal le exige acatamiento! 

Admirable es, pues, a guisa de los espartanos, nuestra joven aristocracia no ensaye sus armas en nuestros ilotas. Pero a fe que no ha llegado a nuestra noticia una sola sentencia condenatoria contra un caballero reo de un indio. 

Nada de hipérbolas ni sensiblerías; no tenemos a la vista "La Cabaña de tío Tom". La verdad, la razón pura bastarán para que, presentada en toda su desnudez la abominación, todo hombre recto y de buena voluntad exclama con nosotros "Abajo el concertaje".

Con lágrimas y muy amargas ciertamente debieran grabarse estas líneas; pero como la indignación a menudo sobrepuja a la ternura, a la compasión por el desvalido, es con justicia el filamígero látigo del Juvenal el apetecido, para ver de despertar y sacudir almas tan aletargadas como las de quienes abogan por el concertaje. 

Marca de esclavitud eterno estampada, en nombre de la ley sobre la frente de un hombre, dijimos que es el concertaje. El Juez, en efecto al legalizar como autoridad documentos que por lo desvergonzados espantan, despoja al indio de cuanto como hombre posee, e inviste al amo, al patrón, como dicen, de derecho de vida y muerte sobre su víctima. 

He ahí ese rey de la naturaleza sin voluntad ni pensamiento propios y sin esa corona que como a tal debe distinguirle, la dignidad, sentimiento tan inherente a nuestro ser que, como el de la propia conservación, es causa y efecto a la vez de ese otro como instinto, tan vivificador y pulidor de la vida moral: El amor propio. 

He ahí el rey de la creación sin otro ley en adelante que el capricho del amo. Y si pensamiento y voluntad son las alas que a la naturaleza debemos para remontarnos progresivamente hasta el trono de la Divinidad, sin único y exclusivo de nuestra existencia, palmario esta que hasta la causa final de su peregrinación en la tierra queda privado el concierto. Y negad aun que el concertaje es realmente el asesinado del alma. 

Derechos y deberes como ciudadano, garantías constitucionales ni amparo social, nada ya en adelante para el concierto. Códigos y Ordenanzas, Poder Judicial y Legislativo, el Decálogo mismo, todo ha enmudecido para él, menos cierta cosa que, como la trompeta del día final le seguirá retumbando hasta la muerte: lo que llaman Reglamento de peones conciertos. 

Aunque en oposición constante con nuestras instituciones y leyes secundarias, obra maestra es esa quisicosa de la sabiduría de nuestros ayuntamientos y digna por lo menos de un vistazo para el curioso que quiera palpar la barbarie razonada; el envilecimiento convertido en sistema; la injusticia ataviada con el manto de la ley; el egoísmo hecho persona en el patrón y elevado a la última potencia; la crueldad fría, en una palabra, y la protervia sin careta. 

¿Sin careta? ¡qué! hasta ella tiene su pudor: velo del concertaje son los tales Reglamentos. En ellos no aparecen en toda su deformidad las monstruosidades y hediondeces que le caracterizan; allí no aparece la esclavitud forzada y gratuita de la mujer y de todas las parentelas del concierto; allí no aparecen los brebajes horripilantes, las flagelaciones diarias, las torturas a lo Santo Oficio; allí no aparecen los priostazgos ni los pendones, las servicias al cura y los pongos para las curanas; allí no aparecen en infernal mezcolanza lo repugnante, lo puerco, lo bestial, marcas distintivas, entre tanto de la infeliz indiada, corrompida adrede por el blanco. 

El documento o sea el acta de la esclavitud del indio nos habla de cuatro o cinco años apenas, pero forzosos. ¡Mentiras! ni necesidad tienen los malvados de renovar el acta; unas cuantas mazorcas de maíz, dos varas de lienzo o jergas en finados o principios de año, bastan para que, según el Reglamento, siga el concierto con su cadena; bastan cuatro pesetas cada semestre, para que el indio no pueda sacudir el yugo hasta el postrer aliento. 

El acta no expresa tampoco el jornal del sin ventura; ¡bah! también la codicia tiene sus vergüenzas. No lo expresa claramente, pero, a lo Tartufo, muy gráficamente que lo estampa: "El salario del nuevo concierto es el mismo que por costumbre inmemorial se abona en esta comarca". Y de cinco centavos es tal jornal, en la mayor parte de los fondos serraniegos; y en los restantes, de las tres cuartas partes de esos prodigiosos cinco centavos. 

En el curso de una década, hasta en esta como Tebaida, raro es el valor que no cambie. Vuestros actuales sueldos, señores funcionarios públicos, no son lo mismo que gozabais con papá Flores, se nos antoja. Y los señores Curas, con más diligencia quizá que los tales funcionarios, cuidan de modificar a menudo y siempre con mayor ventaja sus aranceles. Para el indio no desde la conquista hasta esta fecha, nada ha cambiado: su raya no ha valido ni valdrá jamás sino cinco centavos. 

En torno del indio todo sube de precio y más el de las especies que por socorro le arrojan. Junto a él, trabajadores iguales suyos, esto es, los indios sueltos, por labores idénticos, perciben el triple y aun el cuádruplo de su jornal. Pero con el gañán no hay tipo alguno razonable, ni principios económicos, ni proporción entre la oferta y la demanda. Para él, bajo la dominación de Gonzalo el magnánimo y la del más magnánimo Cordero, todo es lo mismo, cinco centavos diarios. 

Mujer, hijos, ascendientes desvalidos, todo tiene el indio; y que sustentarlos y vestirlos, por supuesto. Y como ellos mas que nosotros, aunque materialmente, trabajan, claro es que más que nosotros han de comer... pues, cinco centavos y basta. 

Desde que despunta el alba ha de estar el concierto con la azada en la mano, y no la arrimará en su tugurio sino cuando el sol se oculte. Y por ello, nada más de cinco centavos. 

Cuentayo, obligado está a serlo el concierto; esto, día y noche ha de vigilar y contar el ganado, regar las dehesas y cerrar todo nortillo: las bestias de potrero (curarlas, lavarlas, etc.) son de su incumbencia; ¡y desgraciado de él si alguna muere o desaparece! pues que el día de las cuentas, ya aparecerá, pero en el Libro y duplicado su valor. Y en esta labor no está el gañán solo: el cuentayo sirve con su mujer; ella todas las mañanas, en el ordeño; de ella la venta de los efectos en el mercado, así como de los hijos el cuidado del ganado chico, de los terneros; y todo ello, por los cinco centavos diarios y abonados únicamente al marido, si de ochenta cabezas no pasa el rebaño. 

El concierto, en turno con sus colegas, sirve forzosamente de huasicama: suyo por consiguiente el aseo de la casa y el cuidado de las bestias de pesebre; suyo el servicio adentro y fuera del cortijo, de día y a cualquier hora de la noche. Él para recados, para compras en el pueblo vecino, para todo quehacer imprevisto; él para sacarle las niguas a la patrona, para llevarla al baño, para rascarla. Y como por costumbre inmemorial, la esposa ha de acompañar necesariamente al huasicama, de ella el servicio de la cocina, el acarreo de la leña, la conservación y ceba de cerdos, gallinas, etc.; de ella y sin descansar lo más pesado, lo más fatigoso y lo más bajo; y algo más de ella la obligación de traer, por su cuento y riesgo, los trastos necesarios para estos servicios, así como a cuenta suya o de su marido la menor cosa que desaparezca o se deteriore. Y todo, todo, apenas por los cinco centavos diarios, abonables tan sólo al huasicama. 

Los obrajes... ¡perdón, lector! infiernos hay que ni a imaginarse alcanza uno; y a no poseer la péñola del Dante o el pincel de Miguel Angel, ¿cómo puntarlos? Los obrajes... con decir que, en vida como la del indio, son ellos la amenaza más pavorosa, ¡la que le hiela de espanto! A serles doble la comparación, de seguro que a los criminales del panóptico envidiarían los indios. La inumanidad elevada al cubo, la ansiedad sin otro límite que lo infinito, el imperio mismo de la muerte; o como si dijéramos, el Ecuador en miniatura bajo los terroristas; eso es el obraje en esta zona; y en ellos, en los obrajes, ni siquiera los cinco centavos diarios! 

Trabaje, en una palabra, el gañán cuanto trabajare, catorce sucres anuales no gana jamás; luego cinco centavos por doce horas de trabajo, robo innegable; y mayor robo todavía ese mismo jornal para cuentayos y huasicamas; y el colmo del robo, el colmo de la abominación el obligar a toda la parentela del concierto, especialmente a su esposa, a un trabajo improbo y siempre sin remuneración. 

Y todas las faenas, y tareas y servicios que acabamos de enumerar ¿sin cepo a lo menos, sin bofetadas, sin torturas y sobre todo, sin el chasquido incesante del zurriago?... Díganlo las carnes de esos infelices, tan a menudo como las del Ecce-Hommo.