LIDIA DE GALLOS

Capítulo de la novela El Cojo Navarrete 

 Por ENRIQUE TERÁN 

 

Una casuchita vieja, pegada al "tambo" de la venta de alfalfa, se transformaba en gallera los domingos y los "días de guarda". Casuchita era la tal, llena de historias, honores y acontecimientos, que no los olvidaban los humildes pobladores. Alguna vez, aquella fue el hotel de lujo de la región. Todos los viajeros que pernoctaban en Pomasqui, lo más florido del Norte y Sur, se hospedaban allí. La venta de alfalfa, junto al hotel, no consittuía una afrenta para el género de pasajeros que a éste solían concurrir, sólo indicaba que, en aquella época, la mula, con todos sus derivados inferiores, sin negar la infecundidad bíblica; el caballo, con sus degeneraciones hasta el "macho"; hacía la locomoción de los caminos pedriscos, y el transporte de carga en toda la República.

"Pomasque", qué caramba: también fue un "París chiquito" en cierta ocasión. Basta decir que todavía, cuando algún viejo pasaba con su chico por la sombra del mesón, solía indicarle señalándole con el dedo:

 

- "Mira, no te olvidarás: en esta casa, así como la vez, toda ella derrumbada y hundida, durmió muchas veces, el Estado Mayor y el Caudillo: ¡Mi General Alfaro! ... - y para pronunciar tal herencia histórica, se descubría la cabeza.

 

Los hijos se acostumbraron a sacarse el sombrero cuando pasaban por la casa derruída.

 

Pomasque, pintoresca aldea de la Sierra, quedó esa época cuajada de ricas historias y leyendas. Sin ir más lejos, allá, adormilada entre barbechos y hierbazales, junto a los árboles más copudos, rodeada de flores, que nadie las huele, y de un trozo de cielo relumbrante, que nadie lo mira, está la gigantesca ruina de un convento e iglesia jesuíticos; arquitectura gótica, clamorosa; la que contrastaba con la simple arquitectura barroca del cacerío dentro de un vergel, que se arrinconaba muy cerca. Mostrando con el dedo distancias ocultas, entre copas, desvanecidas de los árboles, los campesinos la llaman "veintimilla". Las leyendas y cuentos románticos que circundan "veintimilla" se escuchaba todas las noches la música extraña, deliciosa; hasta la fuente de agua saltarina silbaba una armonía de fuga, con aquella música, que era como un aroma más fuerte emergiendo del vergel. "Veintimilla" - según decían - era una casa précera; por ella ha debido pasar, no se cuando, una luna de miel que dejó una constelación de silencio y un trozo de cielente cristalina. Ahora, sólo era como un corazón abandonado.

 

Al caer la tarde, empezó a llegar la concurrencia a la gallera. Un murmullo de voces zumbaba en aquel hueco. El desfile de ponchos de todos los colores cruzaba la puerta hacia el redondel. Se acurrucaban en la bomba. Los "barbudos", repartidos entre el trumulto, evocaban a los patriarcas de Miguel Angel. Ellos mantenían el orden, sin palabras alusivas a ese orden; mejor dicho, ello no hacían nada por cuidar la paz de la gallera, tan hipotética en una gallera; eran sus barbas renegridas, las que por suerte, categorizaban a sus propietarios. ERan como señores feudales, exhibiendo la fecundidad del feudo encrespado de árboles y maleza. Esas luenguas barbas que, a veces, de espalda, parecían barberos fúnebres de "enfant terribles" eran como el cordón del espíritu santo", o las cintas de las "hijas de María". ¿Y las otras caras? ¡Qué tipos aqueloos! Si se pudiera analizar en un laboratorio de cosas afines, casas, gente, animales, costumbres, religión, "papá, mamá, sofá", como en la gramática, el resultado sería la misma subtancia predominante en todos los seres, objetos, y cosas, aparte del concepto general de material.

 

¿La síntesis expresiva? El chancho y la olla de barro...

 

La llegada de navarrete fue un derroche de abrazos y aguardiente. Las hijas de la dueña de casa agrandaron los ojos lagñaosos y se remojaron la boca. Los chagritos de siempre, corridos ante Navarrete, se alejaron con sus gallos y con su gesto destemplado.

 

- "Ahí estaba el gallo asesino". - ué bien lo mordieran en una cazuela con papas enteras.

 

El "político" dirigía la contienda galluna, como un pretor romano.

 

Se ensanchaba, se hacía más sitio entre la gente. Quería atmósfera para su inmensa grandeza de autoridad; sentir los codos de la cholada, era una democracia conculcadora de sus irrestrictos derechos.

 

habría querido ser más gordo, más inconmensurable, para captar un poco más de autoridad. ¡Cuánto envidiaba a los Panchi, por su crecida barba! Desgraciadamente era un cholito flaco, raquítico y lampiño; hijo de una panadera, a quien conocieron de centro y hasta de poncho.

 

Y ya comenzaba a imponer silencio. No le hacían caso; pues tenía una voz aflautada, tan débil y cursi, que era como la voz del "Pícolo" escamoteada por el ronquido de los "contrabajos" de los Panchi.

 

Nadie, nadie le miraba ni le oía. Para los chagras había dejado de ser el "político", desde que la pelea de gallos no era una contravención, ni tal autoridad estaba en su tienda de la plaza, con su mesa de Chillo y los dos rifles de los chapas - léase carabineros! - Para todos era el "palomo", en aquel instante, como "paloma" la llamaban a la madre.

 

Hablaba a gritos, porque se levantaba un murmullo sordo desde la olla del redondel, junto con el calenturiento vaho de los cuerpos sucios. Los que tenían un gallo en sus manos, se pegaban a quienes cargaban una botella.

 

El bullicio decayó cuando dio comienzo. Algunos encuentros preliminares - no tan salvajes como los de "Madison Square Garden" - robaron la frenética atención del auditorio.

 

Un gallo rojo y otro verde se encaraban temblorosos. Algunos gritos de apuesta, y pocos de aliento, regonzaron entre la concurrencia.

 

- Ya mismo sale corriendo - gruñó Castañeda, chupando un tabaco de guango.

 

Rosario Yan güez uno de esos conrabandistas de "San Antonio" y la "Calera", recibió como una ofensa.

 

- ¿Quién sale pes, corriendo, carcoso?

- Ambos! - intervino con voz ronca el Manuel Silva Sono, conocido de la región por sus agudezas.

 

Una carcajada estalló en el redondel. Los gallos se asustaron y cacareando, salieron en carrera. El juez dio por terminada la pelea, declarando enfáticamente:

 

- ¡Empate, empate!

 

Los dueños de los gallos corridos, tomaron sus avechuchos y desaparecieron más velozmente que los gallos. Todos reían.

 

En diversos grupos se devolvían las apuestas.

 

Desde una ventana que espiaba al patio o redondel, un viejo enfermo de lepra miraba con ojos de cridrio el dinero que relucía en manos de los apostadores; acaso corrieron los gallos por haber visto su cara remolida, snguinolenta, y la interrogación profunda de sus ojos, más curiosos, porque debían cerrarse mas pronto

 

Un Chagra alto, observaodr uno de los Panchi, que estaba obstraído mirando la cara trágica del enfermo, se acercó a Navarrete.

 

- Dame una copa cholito; que se me salen las entrañas viendo...

- Toma la copa. ¿Qué viste?

- Nada; sañlud - y en voz alta, como para distraerse, siguió - ¡Psh!, esto ya es demás.- traer estos diaparates de gallos acá, buenos para cariucho con ppas y harto ají.

 

Navarrete se despreocupó. Isidoro Guabecindo, el borracho popular, que vivía y bebía a costa de su ingenio y de su chiste, reparó:

 

- No se comerá solo, don Elias Panchi.

 

Manuel Silva Sono metió cuchara en el "Cariucho".

 

- ¡Claro, pues, con semejante cuerpazo, ¿qué es, pues, un triste gallo? Sólo en alimentar la barba ha de irse medio gallo.

 

- ¡Ojalá se le enreden las espuelas del gallo en la barbota! explotó una carcajada sonora. Los Panchi enroscaron la barba y juntaron las cejas.

 

-¡¡¡Haber, vamos con la otra pelea!!! - gritó el "palomo".

 

Le tocó el turno a Navarrete. Aquella fue la pelea de fondo.

 

- ¿De quién es el gallo que va a ser víctima?

 

Sólo uno de los apóstoles lo sabía.

 

- Del señor don Leoncio Gangotena...

 

Un frío respeto circuló por la gallera. El señor de los "obrajes" y de las "mitas"; el señor feudal, de horca y cuchillo; el amo, aliado de la religión y de la autoridad política, reaparecía por un conjuro retrospectivo de la historia. Los campesinos, instintivamente, plegaron las alas de su expansión entusiasta y mostraron la humildosa careta del esclavo o del concierto.

 

- No está aquí - alegó respetuosamente el juez.

- Dijo que le llamen no más; que ha de estar onde la maistra de escuela.

 

Por lo bajo se guiñaron muchos ojillos picarescos. En diferentes grupos cuchiceaban algo acerca de la segura derrota del gallo del chalán. Lo veían un poco nervioso, sus ojos saltaban de rostro en rostro, y había inquietud en su mirada; ¡ni que fuera a pegar el amo Gangotena en persona!

 

El chalán se puso a hacer fricciones de aguardiente en las canillas de "Tolima". Los Panchi se apersonaban en interés del chalán.

 

La mirada fija y la sonrisa abotagada, tonta, del enfermo que cubría mal su cara sangrienta con los trapos sucios, estorbaron a Navarrete.- "Este hombre debe ser de mal agüero - se dijo; encargó su gallo a uno de los Panchi, y fue al interior de la casa. Encontró a una de las hijas de la dueña de casa, la que remendaba una col.

 

- Ve Ignacia, cerrale la ventana a tu taita. Me parece que me va a hacer perder el gallo.

- Calle, fiero, abusionero; déjelo que siquiera se distraiga, así no nos estará insultando.

- Si no le cierras la ventana, no pelea mi gallo, carajo!

- Bueno, ya voy... dará, pes, las ganancias...

- Te ofresco, eso si gano la pelea. Siquiera ponerle una vela a tu peshte San Antonio, elé! ¿Querís?

- Con vela mesmo está, pes.

- Regresó Navarrete. Algunos gritos reclamaban apostadores al gallo de Gangotena. Nadie quería apostar sin conocer al gallo, porque al señor Leoncio ya le conocían. Llegó en este instante el señor feudal, acompañado de sus esbirros. Un paje con zamarras traía al gallo.

- ¡Ah!

- ¡Uh!

- ¡Oh!

- ¡Ih!

- ¡Qué feroz, el pico e lora!

- ¡Se lo comió al asesino!

- ¡Onde sabría, pes, tener este elefante!

- ¡Ah, carajo, eso, ca, ya no es coteja! ¡Que gracia!

Expontánea expresión de asombro surgió del redondel.

Era un gallazo enorme, de pata negra con zamarras, como el paje, la más temible entre técnicos agrarios; de cresta cachida y gran espuela roncadora. Es decir, un señor respetable, cuya sola presencia hizo enmudecer a la afición. La presencia, en esta tierra de fetiches, vale intrínsecamente, aunque excluya toda cualidad. Por eso, los Panchi eran las figuras representativas de la región. El gallo tenía presencia, condición esencial hasta para ser Presidente de la República...

Y Navarrete quedó pensativo, presintiendo la suerte que le esperaba a su adorado "Tolima". ¿Reservaría su plata para lanzarla después de la primera cruzada o "Careo de gallos"?

Naturalmente, las apuestas favorecieron al pupilo del "distinguido" latifundista. Los Panchi, conocedores de gallos y de cabalgaduras apostaron al de chalán. Navarrete metió sus primeros veinte sucres.

La vocinglería de las disputas y de las apuestas al menudeo, se enardeció como un oleaje de tormenta. Los que más gritaban eran aquellos "Luminarias", que no intervienen en asunto de dinero.

El señor Gangotena sacó una cartera repleta de billetes. La gente se estropeaba por echar la vista encima. Pagó a todos los que iban en su contra.

- ¡Ya!, larga de gallos... -gritó el "palomo".

Se apelotonaron unos sobre otros. Se escuchaba el aliento zozobrante nervioso. Los ojos pelados, con una luz de interés, se prendieron en el redondel.

Los gallos se miraron largamente, con la gorguera aplanchada en las iras.

Reinó un silencio profundo. Se hicieron más claras las respiraciones; palpitaban anhelantes. Los ojos desorbitados recorrían las patas escamosas de los gallos. Se habría dicho que miraban otras pantorrillas por la vehemencia de su gesto...

Por la ventana baja, los ojos verduzcos del enfermo acechaban la pelea, en el hueco de un cristal roto. Era el leproso, que parecía desgarrarse el cuello con las cichilladas del vidrio roto. Navarrete regresó a ver aquella ventana, y frunció el ceño. En ese instante, el viejo desvió la mirada hacia el interior del cuarto, y unas manos de mujer cerraron las puertas de madera. La cara que puso el enfermo hizo gemir de dolor a Navarrete. ¡Toda la semana había esperado la pelea de gallos en el mismo sitio, el pobre enfermo! ¡Ahora le cerrabam porque no podía defenderse! Oprimido el corazón, dio un salto al chalán y, olvidando su pelea, gritó desde la puerta de su cuarto:

- ¡Ignacia, abrile no más la ventana!- ¡Pobrecito, que siquiera goce un rato; infeliz!

La ventana se abrió, pero el viejo contrajo la cara indescriptiblemente, y no volvió a mirar el redondel.

Seguían quietos los gallos.

Silva Sono rompió la pausa con un chiste de los de su gesto:

- Más parece que no se han conocido.

- No -gruñó Yanguez, arremangándose su poncho negro- si se han conocido; están preguntándose por tu familia.

Estalló una carcajada, y, con éste, el primer revuelo de los gallos. Los Panchi hablaron misteriosamente a Navarrete.

- ¡Cholito, metele todo lo que tengas; el gallo ha sido pesado; ya lo jodimos!

Navarrete desconfiaba. Esperó otros asaltos.

Doña Tomasa Cando, dueña de la casa, contenta de haber presenciado el comienzo de pelea tan nombrada, se retiró a sus ollas de comida, con estas palabras, pronunciadas sin un diente:

- ¡El chiquito se ha de shevar la pelea!

Isidora Guambe, que trataba de sacar sus copitas de la generosidad del hacendado, repuso:

- Carajo, atatay; hasta la vieja pheste haciéndose la entendida!

- Doble a sencillo, viejita!

Como un remolino de polvo se levantó la risa.

- ¡Doble, contra tus hijas sencillas! - corrigió Silva Sono.

Seguía las carcajadas. El Guambe también quiso merecer un aplauso.

- No es una de ellas tan sencilla; ahora, ca, preñada la tenimos.

Las carcajadas producían en la multitud un movimiento de retroceso con respecto al redondel. Se tendían hacia atrás y reían a boca llena, espantando el humo de tanto cigarrillo.

 

El gallo de Navarrete iba perdiendo terreno. Su contrincante hacía gallardos revuelos, y la cresta de "Tolima" sangraba.

 

- ¡Doble a sencillo- prorrumbió una voz que Navarrete conocía.

 

Regresó la cabeza, le miró frente a frente, con rabia, de pies a cabeza midiéndole: era el zancudo de las viruelas.

 

- ¡Pago! -terminó el chalán, emplazando a su hombre con una mirada iracunda.

- ¿Cuánto?

- Diez a cinco.

- Acepto; -roncó el chalán emberrenchinado.

- Apuntado, exclamó el juez

- ¿De dónde tendrá, pez, este vago? -inquirió el Guambe.

Algunos festejaron la franqueza. Un anciano, de expresión hipocritona: "Burro de la virgen del Quinche", reflexionó dogmáticamente:

- ¡No averigüe la vida del prójimo!

- ¡Adios! ¿Será, pex, mi prójimo? ¡Qué más se quisiera!

Nadie hizo caso, la pelea iba poniéndose interesante. El gallo de Gangotena se aprovechaba del picotón de "Tolima" para levantarse y herirlo. El "Tolima" era un gallito fogueado en varios combates y, después de sufrir una primera tanda, pareció que reaccionaba y lo había cogido la "caña" como decía su dueño. Dejó de agredirle y púsose a reposar su cansancio, bajo el ala del enemigo.

- Ya mismo se rinde, notificó, orgullosamente, el señor Gangotena.

- Gallo grande aunque no ande -agregó Castañeda.

- Ya veremos -dijo el Elías Panchi, -Todavía no se ha dicho nada.

- Claro que no se ha dicho nada -recalcó Navarrete.

- Que más quiere, pez, don Navarrete.

Los Panchi quedaron atentos a los gallos. Luego, inteligenciándose aparatosamente, se pusieron de acuerdo con el chalán y desafiaron:

- ¡Treinta sucres más a "Tolima"!

- Pago - dijo el dueño del otro!

- Apuntado.

- Yo no tengo tanta confianza ni en mi mujer... era la voz de Silva Sono.

La risa volvió a alegrar la gallera, donde apenas ya entraba el sol.

- ¡Que has de tener confianza, pex, en tu mujer!...Serías muy "pepas".

- ¡Carajo, chumado ladrón, tendraste cuidado!

El político los puso en paz, enseñando su bastón penal.

El gallo de Navarrete corría por el redondel.

- ¿ ¡ ¡ ¡ Eh, eh, eh, ! ! ! -alardearon algunos chagras, creyendo que corría.

Los Panchi y Navarrete rieron sardónicamente de tal suposición ¿Correr el "Tolima"?, era sólo una estratagema para agotar al gallo pesado.

Los gallos dieron algunas vueltas, esquivándose de la espuela enemiga.

De repente, un revuelo ágil, magistral, rotundo, que marcó un espolazo de primera, muy cerca del ojo del gallo verdoso, grande.

- ¡Adios, carajo; fuera mierda, se jodió el igante! -gritó tristemente el Guambe.

- ¿Tiene plata? -interrogó con mirada agresiva el señor Gangotena.

- No, señor Gangotena, pero me parece que ya perdió su gallo. Usted dispense...

- Yo tengo plata.

- ¿Quién? ¿Usted, Navarrete? ¿Cuánto más quiere ir? ¡Cien sucres a mi gallo! -gritó Gangotena.

- pago- murmuró el barbón, como si dijera, amén!

- Ya está anotado -chilló el "Palomo".

En efectro, el gallazo empezaba a decaer con tanta carrera inútil.

"Tolima" iba aprovechando de lo lindo. Un momento reaccionó el gallo grande. Hizo una pirueta de zumbambibo, tremolaron las alas trizadas, y dejó un golpe certero sobre la oreja de "Tolima". Este se sentó como un canguro, apoyado en la cola. Navarrete tenía fuego o lágrimas en sus ojos.

- Adios, carajo, se acabó el asesino!=

Pusiéronse de pie. La cosa parecía grave. El señor Gangotena sonrería a sus esbirros orgullosamente, poniendo las manos blancas, enjoyadas en los bolsillazos americanos.

- ¡No se acaban! - repuso, con exacerbación desesperada, el chalán-.

- ¿Quién quiere apostar más?

Los Panchi le tiraron del saco -¡Qué imprudencia! -Ya desconfiaban. Pero en la boca del chalán había un gesto feroz de resolución. En sus adentros, pensaba, no en la suerte que pudiera depararle el gallo, pero sí en que por ser un cholo, siempre ha de recibir humillaciones, hasta en el terreno en que, según su opinión, eran iguales. Sí, apostaría su vida: era un capricho del despecho de ser cholo.

- ¡Doble a sencillo! -gritó el señor Gangotena, paternalmente.

- ¡Pago! señor Gangotena -repuso al chalán, con cara sudorosa y ojos relampagueantes.

- ¿Cuánto para apuntar?

- Cien sucres. ¿Quiere señor Gangotena?

- Quiero, Navarrete. Pero no se queje después de su violencia.

- No me conoce.

El "Tolima" se puso a huir de nuevo. El chalán no se alarmó; sabía que era hasta reponerse; y que, en esos momentos, era cuando su gallo le daba las mejores sorpresas.

Puestos de acuerdo Gangotena y el juez, éste alegó:

- Careen gallos.

- ¡No acepto! -gritó con insolencia Navarrete.

- ¡El juez tiene derecho; qué carajo! replicó amenazante el latifundista.

El "Palomo", respaldado por el amo, se encaró con Navarrete.

Navarrete no hizo caso, ni siquiera los miraba; está atento a su pupilo y, agachándose al redondel, le decía no sé qué palabras mágicas.

En ese instante preciso, el "Tolima" terminaba la extracción del ojo de su enemigo. El gallo aristocrático sacudió la cabeza, arrojó sangre y puso a tontear sin dirección.

La concurrencia gritó y aplaudió ruidosamente.

- Bueno, que se haga el careo.

- ¿Sñi, carajo -amenazó Gangotena; -ahora que mi gallo está casi ciego! ¡Maldito pigmeo!

Las carcajadas irrespetuosas helaron al señor, dueño de vidas y haciendas.

Tomaron a los gallos. Navarrete, rodeado de su gente, sorbió dentro de la boca, la cabezxa dle gallo. La acarició en la espalda, y le sopló aguandiente bajo las alas, en la cabeza, en las patas, le limpié el pico, tan lleno de plumas enemigas. Tenía algunas heridas, pero ninguna era grave.

El paje del latifundista recogió al gigante, e hizo lo propio. Le faltaba el ojo derecho! Cerca del pescuezo, tenía una herida profunda.

No quiso mirarlo el dueño, se quedó casi solo con el político que deploraba la pérdida del ojo del "Finísimo gallo".

- Era lo mejor de mi corral! - dijo tristemente el señor Leoncio - más, tengo todavía esperanza de ganar la pelea. En Quito no tuvo competidor; y aquí, un runa de estos, le viene a arruinar. ¡Ironías del destino!

- Una fatalidad, señor, - aduló el político.

Las copas de puro resbalaban sobre el chalán, en felicitación. Todos bebían a costa de e´l y los Panchi, que ya se relamían con la pelea ganada.

Volvieron al redondel. El primer encuentro fue animoso. Hicieron revuelos ágiles. Más todo en vano: "el asesino" descubrió el lado tuerto y se puso a engañarlo. Llamó la atención a todos, la inteligenia del gallito rojo.

- Parece más racional que usted, oyó!

Fue chiste del Castañeda, dedicado a Guambe.

El tuerto parecía tener una cólera terrible, cuando lograba asirse del chico, lo sacudía como a un guiñapo. De repente, el tuerto lo tomó por detrás, y le clavó la espuela cerca del ojo a "Tolima". El chico sacudió la cabeza y quedó indefenso.

Todos se arremolinaron para ver mejor. Se pusieron de pie. Pregonaron algunos el triunfo del gigante. Pero "Tolima" no había corrido ni estaba muerto. Eran Navarrete y los barbudos, los muertos. No respondieron a las nuevas apuestas.

La gente se volteó en favor de Gangotena, y armaron la burla, en corrillo, contra los barbones, que, no obstante su avaricia, habían metido buena platita en la pelea. Navarrete lanzaba destellos con sus ojos medios cerrados por la rabia y por la pena.

Gangotema prendió un cigarrillo fragante, con un chisme automático, que relumbró en los ojos de los chagras.

Sonreía, hablaba en voz baja con el político, que se hacía patas para agradar al señor feudal.

"Tolima" descansó unos segundos aprovechando que estaba en la zona donde el gigante no lo veía.

El famoso gallo de Gangotena se creyó solo y, retorciéndose de esfuerzo quiso cantar. Se oyó apenas un gorgoteo confuso, y la sangre coagulada destiló del pico amarillento.

Todos aplaudieron al gigante por su valiente esfuerzo.

Sólo el señor Gangotena tuvo una mirada tierna para su pupilo.

El político hizo pucheros, queriendo acompañarle en ese sentimiento tan íntimo y paternal. La gente echaba ¡bravos! y aplausos, menos al "Tolima" que, indignado por semejante altanería del gallo aristócrata, le dio repentinamente un revuelo traidor; se hizo un relámpago con sus alitas rojizas y le despedazó el buche...

Escucharon un gruñido del gigante, y cayó patas arriba; tijereteó el pico, en una agonía humanamente dolorosa, y quedó rígido. "Tolima", combaleciendo, se paró junto al vencido, y lanzó su canto delicioso y cristalino; aquel canto que el General y Navarrete gustaban en las madrugadas azules...