Fray Vicente Solano.

Foto del Archivo Juan José Flores. Pontificia Universidad Católica del Ecuador, Quito.

 

CARTA CRITICA SOBRE EL POEMA INTITULADO "VICTORIA DE JUNIN, CANTO A BOLIVAR POR J. J. DE OLMEDO. Obras de Fray Vicente Solano. Tomo # 1 Págs. 292 – 308

 

Mi estimado amigo: no sé cuál será su fundamento para recurrir a mis escasas luces con el objeto de esclarecer sus dudas sobre el poema que se intitula VICTORIA DE JUNIN, CANTO A BOLIVAR. Si se conociese el carácter de V. diría que su pregunta era por burlarse de mi. Porque si se tratase de la Iliada, de la Eneida, de la Jerusalén del Tasso, etc., ya podría decir algo con acierto; no tuviera otra cosa que hacer, sino copiar algunos párrafos de tantos libros buenos que hay en pro y en contra de aquellos poemas. Pero querer hablar con tino de una pieza original, es decir algo más de lo que pueden mis fuerzas, que jamás se han ejercitado en servir á las musas. Sea lo que fuere: V. me insta, y á darle gusto, bajo la inteligencia de que mi dictamen, bueno o malo, quizá nunca verá la luz. (1). 

Yo entro solo en este sendero; quiero decir, que no he leído otra crítica que la de J.J. de Mora, inserta en el Correo Literario y político de Londres, núm. 2º., que más bien debe llamarse un panegirico exagerado que un juicio imparcial. Cuando esto se hace con método, ciencia y buen gusto, enseña mucho más que todos esos centones de obras didascálicas que por lo común carecen de buenos ejemplos, sea por falta de discernimiento en el compilador, o por estar destituídos de bellos modelos en el idioma en que se escribe. Tal es, sin duda, el defecto de las lecciones de Blair, así en el original inglés como en la traducción castellana por Munarriz, según el sentir de buenos críticos.

Lo primero que ocurre al leer la Victoria de Junin, es el entusiasmo con que el poeta rompe el silencio y se arrebata inmediatamente a la inflamada esfera, según su expresión. En efecto, el estro lírico, a vista del grandioso objeto que iba a cantar, no permitía esta plácida introducción que observamos en la Eneida:

 

Ille ego, qui quondam gracili modulatus

Avena Carmen...

 

Si esta primera estrofa hubiese sido dictada por el buen gusto, habría llegado al sublime; pero desgraciadamente no lo es, como se verá luego. 

La conclusión del poema es digna de atención. A la vehemencia de los primeros acentos sucede la calma, y a esta calma el reconocimiento de la musa que le ha inspirado. Aquí todo es natural en el pensamiento y en los versos.

Mas ¿cuál audacia te elevó á los cielos,

Humilde Musa mía? O! No reveles

A los mortales

En débil canto arcanos celestiales.

Y ciñan otros la apolínea rama

.........................................

Yo volveré á mi flauta conocida

Libre vagando por el bosque umbrío

.........................................

Que matiza la margen de mi río,

 

Se nota en la mayor parte del canto bastante elocuencia filosófica y moral. Tal es, entre otras, la estrofa que comienza: 

Las soberbias pirámides que al cielo

El arte humano osado levantaba,

.....................................

ludibrio son del tiempo, que con su ala

débil, las toca, y las derriba al suelo

entre la sombra del eterno olvido,

¡oh de ambición y de miseria ejemplo!

El sacerdote yace, el Dios y el templo.

 

La aparición del Inca es una máquina poética tan hermosa, que no se encontrará cosa semejante, según mi pequeño modo de concebir, ni en Homero, ni en Virgilio, ni en Tasso, etc. Es una imitación de la profecía de Anquises, en el libro 6º. de la Eneida. Pero esta imitación es superior al original. El cantor de Eneas hace hablar al príncipe troyano de las futuras glorias y calamidades de los romanos, para tomar aquí ocasión de elogiar a Augusto y a su joven sobrino Marcelo. Esta es una pura idea del poeta. El cantor de Bolívar pone en boca de Huaina – Capac un discurso que, a excepción de algunos períodos, es el mismo que pronunciaron Huáscar, Atahuallpa y Manco – Inca. Véase la historia de Garcilaso. En una palabra, esta ficción es la más verosímil entre todas las apariciones de divinidades, fantasmas, furias, espectros, etc., de los poetas más famosos. Por manera que el señor Olmedo ha observado literalmente el precepto de Horacio en su poética:

Ficta voluptatis causa, sint proxima veris; y de aquí resulta el apasionarse el lector americano de una multitud de ideas, que le hace nacer esta visión respecto a su patris, mucho mejor que los cuentos de Homero y el pasaje tan patético de Virgilio: Tu Marcellus eris..., que hizo derramar lágrimas a Octavia y a su hermano Augusto. 

La versificación es, por lo común, fluída y proporcionada al asunto. Esto hace conocer que entiende el uso y mecanismo de nuestro verso, no como aquel pedante de Bogotá, que compuso un entremés intitulado Las convulsiones, en versos endecasílabos pareados y estilo sacrílegamente chocarrero. A esta clase de obras llamaban los romanos comedias tabernarias. ¿Qué idea tendría este buen hombre de nuestras composiciones dramáticas? ¿Se podrá aplicarle estos versos de Despreaux?

 

Un sot, en ecrivant fait tout avec plaisir,

Il n´a point en ses vers l´embarras de choisir:

Et toujours amoreux de ce qu´il vient d´ecrire,

Ravi d´etonnement. En soi m´me il s´admire.

 

Que imitaría así:

 

Un escritor tolondrón

todo lo hace con placer

a pesar de no tener

en sus versos elección.

De amor propio en un abismo

se transporta por su escrito;

contémplale de hito en hito,

y se remira en sí mismo.

 

Pero la crítica imparcial no debe limitarse a observar lo bueno y ocultar los defectos. Estos son inevitables en todas las producciones del espíritu humano; y se puede decir que los hay notables a la par de las bellezas de un poema. Homero, Virgilio, Milton, el Tasso, etc., no están exentos hasta del ridículo. Bien es verdad que el legislador del buen gusto, cuya autoridad no debe causar tedio aunque se repita varias veces en esta materia, Horacio, digo, nos asegura que, cuando hay muchas cosas estimables en las poesías, no debemos inculcar demasiado sobre algunas faltas: se entiende cuando estas no sean sustanciales.

 

Verum ubi plura nitent in carmine, non ego paucis

Offendar maculis, quas aut incuria fudit,

Aut humana parum cavit natura

 

¿Cuáles son, pues, en la Victoria de Junín?

Hélas aquí, según mi modo de juzgar. La primera estrofa, respecto de la segunda, es retumbante, hinchada y fría. Dice así:

El trueno horrendo que en fragor revienta

Y sordo retumbando se dilata

Por la inflamada esfera,

Al Dios anuncia que en el cielo impera.

 

Y el rayo que en Junín rompe y ahuyenta

La hispana muchedumbre

..................................

 

Y el canto de victoria

Que en ecos mil discurre, ensordeciendo

El hondo valle y enriscada cumbre,

Proclaman á BOLÍVAR en la tierra

Árbitro de la paz y de la guerra. 

Prescindiendo ahora de la cuestión sobre la naturaleza de la poesía, si consta en la ficción, o no, digo que la primera estrofa es fría, porque debió precisamente, con relación a la segunda, tener una ficción poética que la animase. El verso último, al Dios anuncia que en el cielo impera, es una verdad tan brillante cuanto son los órganos, por donde ella se nos transmite: la revelación y la razón. Ahora bien: comparemos esta verdad luminosa con los últimos versos de la segunda estrofa, y al leerlos se queda yerto el lector cristiano. Se dice que dios es dueño del rayo celeste con independencia, y lo mismo Bolívar del de la guerra. Esto último es una ficción y lo primero una verdad. Hé aquí puestas en paralelo dos cosas que pugan entre sí, y se oponen a todo sentimiento religioso. Esto, en buen castellano, se llama blasfemia. Luego todo el pensamiento,

Queriendo elevarse al sublime, se ha quedado hinchado y retumbante, sin ser capaz de acalorar una imaginación medianamente perspicaz. El sublime no dista mucho del ridículo, se ha dicho repetidas veces, imitando este verso de Horacio:

In vitium ducit culpoe fuga, si caret arte

Así que, debió en la primera estrofa decirse de esta manera, u otra semejante, sin perder el metro:

A jofe indica que en el cielo impera.

Entonces la explosión del trueno viene muy bien a la ficción del poder absoluto de Júpter; entonces Bolívar puede dividir el suyo con esta divinidad quimérica, y ser árbitro en la tierra; en fin se hace una bella imitación de estos versos de Virgilio en honor de Augusto:

Tota pluit nocte, redeunt spectacula mane;

Divisium imperium cum Jove Cesar habet.

Se dirá, tal vez, que Bolívar es un subalterno del Dios que en el cielo impera. Yo también creo que se debe entender así; y que, por consiguiente, resulta una linda loa, en versos de colegio. Nada poético hay bajo este aspecto. El bello ideal, si pudiese darse aquí consistiría en que Bolívar fuese árbitro de la paz y de la guerra; y esto solamente se consiguiera, como he dicho, por una ficción en la primera estrofa. Aun en este caso, todo vendrá a reducirse al citado pensamiento de Virgilio, que es una ingeniosa bagatela, según la expresión de un excelente crítico. Véase el Diccionario histórico Universal, art. Virgile.

Algunos criticadores que se jactan de tener las narices fruncidas, tal vez querrán aplicar al Sr. Olmedo los siguientes versos de Horacio, contra los poemas que comienzan retumbando:

Nec sic incipies ut scriptor cyclicus olim

Fortunam Priami cantabo, et nobile bellum

Quid dignum tanto feret hic promissor hiatu?

(Art Poet)

....................

ni has de empezar diciendo,

como el otro poeta adocenado,

cantar del celebrado

Priamo la fortuna y guerra emprendo.

¿Qué saldrá, al fin, de esta arrogante oferta

pregonada con tanta boca abierta?

(Traducción de D.T. de Iriarte.) 

En la pintura de los caracteres no es siempre feliz el poeta. Por ejemplo: el Inca es a las veces ignorante o incrédulo. Obsérvense los versos que siguen; ellos son una fuerte diatriba, sin algpun fundamento, contra los españoles conquistadores y su religión: 

"Guerra al Usurpador,- ¿Qué le debemos?

¿Luces, costumbres, religión ó leyes...?

¡Si ellos fueron estúpidos, viciosos,

Feroces, y por fin supersticiosos!

¿Qué religión? ¿la de Jesús? ...¡Blasfemos!

Sangre, plomo veloz, cadenas fueron

Los sacramentos santos que trajeron.

No estableció la suya con mas ruina

El mentido profeta de Medina.

 

Nada es bello sino lo verdadero, ha dicho Boileau; y muchos hambres de gusto depurado han suscrito al pensamiento del legislador del Parnaso. Sea de esto lo que fuere para el caso presente basta saber que aunque el Inca hubiere sido un idiota en carne mortal, no le conviene este carácter, hallándose en las regiones de luz y de verdad, como dice el mismo poeta en su ultima nota. Es cosa que se puede demostrar por la historia, que nuestros antepasados no nos trajeron más religión que la de Jesús: ellos ciertamente no fueron herejes, ni incrédulos: profesaron el Cristianismo, tal como se observaba en toda la nación; luego es una calumnia o ignorancia decir lo contrario. Este carácter puede convenir a un ser revestido de pasiones innobles; pero los inmortales no son embusteros. Menos que el Inca use del lenguaje d Eponamón o diablo de los araucanos, el cual dice mil mentiras contra los españoles, en pluma de D. Diego Santistevan Osorio, continuador de la Araucana de Ercilla. 

¿Y es verdad que los españoles fueron estúpidos? Esta cuestión tiene sus interesados, y allá se avengan. Así que me contraigo solamente a su creencia, asegurando á V. que aunque tal vez se pudiera tolerar las citadas expresiones en una sátira ó epigrama, no es posible en boca de un hombre revestido del carácter que se le atribuye. De otra suerte, tampoco nosotros tendríamos religión verdadera; pues la que profesamos es la misma que la del divino Casas y del iracundo sacerdote Valverde, como los llama el poeta. Confundir la religión con el modo de plantarla, es faltar á las reglas de lógica y buen gusto. Paréceme que no se extienden á tanto las licencias que se despachan por la covachuela de Apolo. ¡A cuántos lectores incautos es capaz de sofisticar esta raposería! Ella necesitaba siempre de un correctivo, que no excluye la indulgencia de Horacio. Por esto dice muy bien Bentham, en su advertencia al tratado de los sofismas anárquicos. "Aprobamos la crítica literaria que analiza con el mayor rigor las expresiones de un poeta: adquirimos mérito en corregir una palabra supérflua, un término obscuro, una frase equívoca, y juzgamos que contribuye á la perfección del arte el que discierne los defectos más ligeros." 

Fuera de que la Religión no se estableció por los soldados que nos trajeron plomo veloz, sino por los varones apostólicos que inmigraron luego á América. Las bayonetas y cananas fueron el medio de que se valió la Providencia para tremolar el estandarte de la cruz en la tierra del sol y del monstruoso Vitziliputzili. Para Dios todos los medios son indiferentes. El sabe sacar partido de la ambición de César y del desinterés de Cincinato; de la paciencia de Job y del furor de Jezabel.

Otras veces el Inca habla en guirigay. Con efecto, no se sabe qué quiere decir:

 

Yo con riendas de seda regí el pueblo,

Y cual padre le amé....

 

La suavidad ó blandura (que eso significa aquí la seda) no debe referirse á la materia de las riendas, sino al modo de manejarlas. Poco importará que éstas sean de seda, de beta ó de cadenillas de hierro, si se las tuviese tirantes: el caso es que estén flojas. Son, pues las tales riendas de seda una metáfora embrollada y ridícula. ¿Quién ignora que con una rienda de metal se puede hacer mucho bien y causar grandes males con un cordón de seda? Cuando Carlos V publicó guerra al Papa Clemente VII por haberse confederado con Francisco I de Francia, se alistaron voluntariamente bajo las banderas imperiales muchos luteranos de Alemania (¡y cómo no lo habían de hacer, si la guerra era contra el Papa!): uno de ellos llevaba al cuello una tranzadera muy bella de seda; y preguntado sobre esto: "Llevo, dijo, para ahorcar con ella á Su Santidad". Si el poeta hubiese dicho, riendas de mantequilla, habría sido más tolerable, porque aunque su metáfora fuese baja, es más natural que no se haga daño con semejantes riendas tan suaves. Un estado regido siempre con blandura, según la idea del autor, sería el más pernicioso y el más abominable, "Debemos aprobar dice Cicerón, aquella mansedumbre y demencia que por el bien de la República se hallan juntas con la severidad, sin la cual no es posible gobernar á los hombres". Illa probanda est mansuetudo atque clementia, ut adhibeatur Reipublicoe causa severitas, sine qua administrari civitas non potest. (Lib I de officiis)

 

Sigue el Inca con otra que bien baila.

 

Yo fui conquistador, ya me avergüenzo

del glorioso y sangriento ministerio;

pues un conquistador, el más humano,

formar, más no regir, debe un imperio.

 

Confieso que esto es capaz de atolondrarme ó hacerme loco. Digo á V. así, porque son estos mismísimos versos, nominatim, elogiados como una bella máxima de política por J.J. de Mora, en la crítica que cité al principio de esta carta. ¿Cómo es posible que se engañen dos grandes genios, el uno escribiendo y el otro elogiando? Soy yo, sin duda, por lo menos, un tamaño molondro, á quien no le entran las bellezas: concedido. No obstante, el empeño en que me hallo de parlar a V. mis boberías, me obliga a decir que la tal máxima es una friolera o más bien un dislate. Atienda V. primeramente que el ministerio del conquistador no se reduce á formar, sino á destruir imperios o repúblicas. Ciro trastorno al imperio de los Caldeos, Alejandro el de los Persas, César la república romana, etc., etc.; y en nuestros días hemos visto a Napoleón arrasar la Europa y el Asia. En una palabra ellos mandan, ellos respiran sobre los cadáveres de los Estados que han destruido. Observe V. en segundo lugar: si el conquistador debe formar un imperio, ¿por qué no podrá gobernarle, siendo la obra de sus manos? Si todo conquistador, el más humano, tiene su poca tiranía, según quiere darnos a entender el poeta, ¿cómo deberá formar un imperio que no se halle afeado con aquel vicio? Y un imperio de esta naturaleza, ¿ quién será capaz de regirle sino un tirano?. Pero me dirá V. : ¿no ha visto á los artífices, cuando tienen que trabajar piezas delicadas y sutiles, usar de pinzas y otros instrumentillos, que impiden la comunicación del sudor de las manos, á fin de no manchar la brillantez de la obra? Así, ni más ni menos, un conquistador, el más humano, debe valerse de pinzas políticas en la formación de un imperio, para que ni una pizca, ni un átomo de tiranía se introduzca en las partes constituyentes... ¿Quid rides?

Tras esto, echa el Inca unos cuantos versos en honor de la libertad:

Oh libertad ................

Ya tu imperio y tu culto son eternos.

Y cual restauras en su antigua gloria

Del santo y poderoso

Pacha-Camac el templo portentoso;

Tiempo vendrá, mi oráculo no miente,

En que darás á pueblos destronados

Su majestad ingénita y su solio,

Animarás las ruinas de Cartago,

Relevarás en Grecia el Areopago,

Y en la humillada Roma el Capitolio."

¿Creerá V., mi amigo, que aquí el carácter del Inca es no tener memoria ó ser tan salvaje como cuando era hijo del Sol? Vaya V. notando. Cualquiera que esté medianamente instruido en la historia romana, sabe el dicho de Catón respecto á la ruina de Cartago. Catón era el órgano de la política del Senado y del pueblo. Se sabe también que Roma, orgullosa en los días de su grandeza, no pudo sufrir rival: sojuzgó cuanto quiso. Ahora, compóngame V. esa resurrección del Capitolio con el Aeropago y Cartago, y no sé cuántas restauraciones parecidas á la realidad del templo de Pacha – camac. Yo creo que es posible una libertad razonable; pero no soy capaz de persuadirme que ella, sea la que fuere, pueda combinar cosas contrarias, ó realizar lo que implica contradicción. Además, ¿sobre cuál estado del Capitolio insistirá esta santa profecía? ¿si hablará de las bellas épocas de Nerón y Caligula, de Mario y Sila? ¿Anunciará la regresión de aquel tiempo en que la carta geográfica de Roma comprendía el inmenso espacio que hay desde la embocadura del Tigris hasta la del Tajo? ¿O querría decirnos que volverá a ser lo que fue, cuando sus limites apenas tocaban las faldas del monte Aventino? –Esto último parece posible y tolerable. –Pues señor mio, un poco más de extensión ahora. –Es verdad; pero Roma está humillada.- ¡Qué me dice V.! ¿Y por quién?

"Por un nigromántico, responde Montesquieu y Voltaire, que hace creer á los simples todo lo que él quiere" –Y si Roma estuviera regida por Uds., caballeros, ¿se hallaría humillada?.

¡Baf! Que no. Tengan la bondad de escuchar un gracioso suceso y tráigase á cuento, en réplica á sus respuestas: "Había en cierto lugar un hombre hacendado y muy religioso: tenía en el oratorio de su casa una imagen N. á la que celebraba todos los años con mucho culto. Metiéronse los indios de la hacienda á querer imitarle; pero de manera que todo lo reducían á embriaguez, algazara y chacota. Irritado el amo, les prohibió el mezclarse de allí en adelante en sus operaciones. Así se verificó. No obstante, los indios fueron á murmuiear tras los pilares y paredes, y se decían, riéndose, unos á otros: ¡esta dizque es fiesta! ¡Que tal fiesta!... Estas pobres gentes pensaban, sin duda, que la fiesta estaba humillada, porque no se hacía como querían ellos". 

Hasta aquí habrá observado V., querido amigo, que la mayor parte de mi crítica ha sido literaria. Permitame alguna vez hacer del político y del filósofo moralista, quizá sin practicar la moral, como se acostumbra en nuestro siglo. Digo así, porque me parece que V. precisamente me preguntará: ¿para qué quiere la restauración del Aeropago? Sin duda para que veamos los bellos tiempos de la República de Atenas y el tren de sus filósofos. Pero la lástima es que otros no quieren ver nada de esto, diciendo "que era un populacho mal organizado, vano, ligero, ambicioso, celoso, interesado, incapaz de conducirse por sí mismo, y sin poder sufrir en sus jefes la fortuna que les debía....Un pueblo injusto para con sus aliados, ingrato para con sus mejores capitanes y cruel para con sus enemigos". Tales son las expresiones de un filósofo, del autor de la Felicidad pública. Voltaire no se expresa con menos acrimonia contra los atenienses. Por lo que hace á los filósofos, estamos todavía peor. Sin hablar de los Pirrónicos, Scépticos, Cirenaicos, cuya doctrina minaba los fundamentos de la virtud y de los deberes; ni de los obscenos Cínicos, la moral de Sócrates, Platón, Aristóteles, Zenón y los Estoicos causa horror. Sus costumbres están perfectamente delineadas por Cicerón, Luciano, Quintiliano y Lactancio. La estrechez de esta carta no me permite citar los pasajes que prueban sus errores y su corrupción. A éstos desea el poeta, ú otros parecidos á estos, que vengan á remplazar a los moralistas del Evangelio. Mejor político era Herodoto, cuando decía con mucho juicio: "Si se concediere á los hombres la libertad de elegir las costumbres que les parecieren mejores, no hay duda que, después de haberlas examinado bien, no escogerían las de su país." 

Todo esto y las doctrinas de libertad que ejecuta imposibles; ó por hablar con más claridad, de libertad que mete en un mismo saco á Roma y Cartago para que vivan en paz, como un par de pichones en su nido, ¿no pueden producir funestas consecuencias? Un cráneo enfático, un entusiasmo de pitonisa á favor de lo que llaman liberalismo, las creerá á pie juntillo, y querrá plantear entre nosotros cosas que se excluyen como el calor y el frío. De allí resultará una cáfila de teorías, más o menos ominosas; el optimismo puramente ideal, sin contar con los tiempos, las pasiones, las costumbres, las necesidades de los pueblos. Agréguese á esto la humillación de Roma, y se tendrá un lindo Código para hacer que los hombres se devoren mutuamente. ¿No lo está V. viendo así? ¡Mi dulce amigo! Al escribir estas líneas, me lleno de una profunda tristeza, y se me cae la pluma... Continuemos nuestras observaciones literarias para disipar este momento de melancolía. 

Una severa crítica no puede menos que notar en el presente poema el uso de voces anticuadas, como bullente, atambor, asaz, etc.etc., sin necesidad. En este caso el arcaismo es un vicio, según la regla invariable de la bella literatura. Vea V. una prueba de esto es la siguiente estrofa:

 

Y en ágil planta y en gentiles formas

Dando al viento el cabello desparcido

De flores matizado

Cual las horas del Sol raudas y bellas

Saltan en derredor lindas doncellas

En giro no estudiado;

.............................

 

En lugar del participio anticuado desparcido, se debe sustituir esparcido con más elegancia. Y como en este caso se pierde una sílaba por la concurrencia de la última de cabello, constrúyase el verso de esta suerte, sin perder los consonantes en los siguientes: 

Dando al viento cabellos esparcidos

De flores matizados

Cual las horas del sol raudas y bellas

Saltan en derredor lindas doncellas

En giros no estudiados;

............................

 

Yo no puedo ser juez de mis producciones; pero me parece que la expresión cabellos esparcidos, en plural, es más natural y más enérgica que el cabello desparcido, en singular, ya que porque se trata de muchas doncellas, ya por ser un lenguaje que está en uso.  

A los literatos que se matan por voces de antaño, les dice burlándose D. Diego de Saavedra, en su República Literaria, que se tiñen las barbas por hacerse viejos, como otros por parecer mozos. "En todos los siglos, según el pensamiento de un crítico, el arcaísmo se ha reputado como licencia de aquellas que se permiten en el estilo, ó por una grave necesidad, ó por particular gracia y no muy a menudo, siendo principalmente muy bien recibido en lo burlesco". Quevedo tenía los mismos sentimientos, cuando chiflaba á los afectadores del lenguaje anticuado. En la dedicatoria de la culta latiniparla, dice: "y á poder de exorcismos se descubrieron dos medios renglones (en un papel de D. Escolástica Polianthea de Clepino), que iban en hábito de Pacuvios, y le lanzamos los obsoletos como los espíritus.

 

También su poquito de neologismo, sin necesidad. Allá van las pruebas:

 

Que de India y Tiro y Menfis opulenta

Curiosos mercadantes le encarecen

............................

Arena, muerte, asolación, espanto

Difunde por doquier: todo le cede....

 

Estos versos bien pueden tener lugar en la graciosa epístola á Andrés, de D. Leandro Fernández de Moratín que empieza: "Quieres casarte, Andrés?,,," y prosigue:

Si tus atriles, bonancible años

Que meció cuna en menear dormido,

Del bostezante sueñito umbrátil

 

Es un disparatado hecho que una crítica muy fina y chistosa contra los neólogos. Los bellos versificadores Meléndez, Arrianza, Cienfuegos, etc., están llenos de estas expresiones flamantes que nada dicen ni al oído, ni á la imaginación, ni al corazón. Punto delicadísimo es la introducción de voces nuevas: es un caso reservado, cuya absolución no suele despachar Apolo sino con mil cortapisas. Véase la carta de Fenelón á la Academia francesa, y la del sabio benedictino Feijoo, que es la 33ª. Del tomo I de Cartas eruditas.

 

Aunque no se quiera juzgar el presente poema según todas las reglas de la epopeya, sin embargo, se debe notar si tenga ó no unidad, y a pesar de que parezca salvarse ésta con maestría por el discurso del Inca, se hacen muy visibles los objetos dispares, Junín y Ayacucho, Bolívar y Sucre. Se necesita, pues, de un grande esfuerzo de genio para unir los héroes en uno. Este empeño se parece al de un geómetra, que á fuerza de infinitésimas trata de aproximar dos cantidades inconmensurables. Homero no está libre de esta falta; pues Héctor y Aquiles, griegos y troyanos, no son subalternos para producir la unidad épica: cada uno de ellos es un héroe distinto, que fija la imaginación del lector, y mucho más Héctor, contra la idea del poeta. En consecuencia, para reducirlos á un solo punto de vista, es preciso usar de mucho artificio: defecto que se opone al simplex et unum, según el precepto de Horacio:

 

Denique sit quodvis simplex dumtaxat et unum.

 

No obstante, cuando en las faltas manifiesta el escritor mucha habilidad, se le perdonan fácilmente; porque entonces, aunque carezca de gusto, suple el genio "Una especie de irregularidad dice el abate Trublet, es más picante en la belleza del espíritu que en la del rostro". 

¿Omitiré otro defecto, que quizá me parecerá tal, por falta de penetración? Es la dureza de muchos versos; v. gr.:

Y el rayo que en Junín rompe y ahuyenta

.................................

Lento el caballo, perezoso el plomo:

.................................

El vencedor del vencedor de Europa.

.................................

Votos y negra sangre y hiel brotando.

.................................

 

Usted sabe que para discernir esto, la mejor regla es el buen oído. Hay ocasiones en que tanto el poeta como el versificador carecen de él. Lo propio sucede con el entusiasmo, y entonces se toma el falso por el verdadero. Algunas personas son tan felices en la armonía métrica, que raras veces la pierden. Tal es Lope de Vega, entre los españoles y Luis Racine entre los franceses. La belleza de los versos de éste llenaba de admiración a voltaire. 

Aquí iba á concluir esta carta; pero se me hace grave caso de conciencia pasar la sensación que produce el Canto á Bolívar, al cerrar el libro. ¿Y cuál es esta sensación? La misma que se experimenta al leer el poema de la Religión natural de Voltaire. No se encuentra siquiera rasgo de Religión, siendo ésta la única que ha formado los grandes poetas. El Inca, que podía decirnos algo acerca de esto, no hace sino echar unas cuantas palabrotas sobre la superstición, el fanatismo, el Dios Sol, el templo de Pacha-camac. Ya sabe V. a que se reducen estas pobreterías filosóficas. (Hablemos sin rodeos: La Victoria de Junín, Canto a Bolívar, es una producción seca y descarnada, que á excepción de algunos buenos versos, está tan distante del sublime, cuanto es la diferencia entre el fuego del verdadero genio y el frío hálito del filosofismo). 

Tal vez me dirá V. :¿qué tiene que hacer la Religión con esto, ni con otras producciones? ¿Qué tiene? –Pues sepa que el alma de la poesía principalmente en las máquinas, no es otra que lo maravilloso de la Religión. La Henriada, Alzira, Zaira, exceptuando los rasgos religiosos, no valdrían tanto. Juan Bautista Rousseau, ¿cómo se ha elevado á la dictadura lírica entre los modernos, y po qué le llaman el Horacio francés? –Por odas sagradas. A Racine y Corneille, ¿quiénes les inspiraron sino las musas religiosas? Athalia y Polyeucte ¿no son las obras maestras de estos grandes genios? "Si es propio de la poesía, dice L´Harpe, animar y personificar todo, se ve que nada es más poético que el estilo de los salmos y de los profetas. Todo en ellos toma una alma y un lenguaje". En efecto, cuando el célebre La Fontaine leyó por primera vez la profecía de Habacuc, quedó extático al contemplar aquellas imágenes brillantes y arrebatadoras que aun no las había encontrado en los poemas que manejaba. En verdad, ¿puede darse otra igual á esta? Sol et luna steterunt in habitaculo suo, in luce agittarum tuarum, ibunt in splendore fulgurantis hastoe tuoe. "El sol y la luna permanecieron quietos en su lugar por la luz de sus saetas, y caminarán con el esplendor de tu lanza que deslumbra". El profeta habla aquí de la interrupción del curso del sol y de la luna en tiempos de Josué. Nos pinta, pues, estos dos astros detenidos por la sorpresa que les causaba la luz que despedían las saetas y las lanzas que manejaban Josué y los israelitas: Ibunt in splendore fulgarantis hastoe tuoe. Justamente se detuvieron como avergonzados. ¡Que poesía tan sublime! Aquí nada hay exagerado: ¡Dios despide rayos de indignación contra sus enemigos, ó saetas y lanzas de fuego, según dice el profeta; y estos rayos, este fuego divino pueden asombrar á todo el universo y eclipsar los astros más brillantes.

Es verdad que Boileau se aspa á gritos: 

De la foi dún chretein les mistéres terribles

d´ornements égayes ne sont point susceptibles.

...................................

de la fe cristiana los dogmas terribles,

de adornos festivos no son susceptibles. 

Pero también es cierto que es muy difícil responder si no son adornos égayes los castos amores de Adán y Eva en pluma de Milton; y en la de Fenelón, las dulzuras del cielo, incomparablemente superiores al Elíseo de la Eneida. (Telémaque, lib. 19). 

Desde que los filósofos empezaron a mirar la Religión como contraria á las bellas artes y á las bellas letras, se ha tenido el cuidado de demostrarles lo contrario; y ahora creo que Boileau cuenta muy pocos sectarios; es decir, aquellos que tienen interés peculiar en dar al través los dogmas católicos. "Hay dos cosas, dice Pascal, en las verdades de la Religión; una belleza divina, que las hace amables, y una santa majestad, que las constituye venerables". O según el excelente pensamiento de Guenard: " La Religión se parece á esa nube milagrosa que guiaba á los israelitas en el desierto: brillante por un lado, y obscura por el otro; si todo fuese tinieblas, la razón sin ver nada, huiría lejos con horror de este espantoso objeto". Véase, pues, la Religión bajo estos dos objetos, y quedará disipada la absoluta de Despreaux. 

Yo quiero, en conclusión, probar á V. con un argumento de hecho, que sin Religión no hay poesía. Sabe V., y si no sépalo ahora, que críticos de primer orden dicen que la Iliada fue compuesta sobre el modelo del sublime cántico de Débora. Virgilio imitó á Homero; y hé aquí que los únicos poemas épicos excelentes de la antigüedad, no son más que imitaciones de los acentos de una mujer inspirada por Dios. luego cualquiera que no esté penetrado del entusiasmo religioso, no será sino un bello versificador, y quizá un hombre sin genio, según la expresión de Chateaubriand. 

Amigo, V. estará fatigado con mi prosa; y así, concluyo, asegurándole mis respetos y adhesión, etc. (2).

 

f. Vicente Solano.

  

__________ 

  1. Esta Carta crítica ha permanecido inédita en su mayor parte hasta el presente . Comenzó a publicarse en el Semanario Eclesiástico, periódico que redactaba el P. Solano en el año de 1835. La incluímos en este lugar para completar el estudio de OLMEDO que se publicó en La Escoba, periódico del mismo Padre, año de 1858.
  2. Así creía el autor de esta carta en otras circunstancias; pero estas han variado ahora, y quizá la lectura de ella no será enteramente inútil. 

Hay algunas críticas minuciosas que en un país muy ilustrado serían superfluas; más en el nuestro son necesarias, á fin de que los jóvenes se aficionen á la bella literatura.

Fuente: Biblioteca del Dr. Elías Muñoz Vicuña.

Escaner: Daniel Dávila Toala.

Edición: Fernando Muñoz Iturralde.