Dr. Remigio Crespo Toral. Páginas Literarias, No. 16, Enero 1.921
Mantenedor de los Juegos Florales, el 11 de Octubre de 1920, en el teatro Olmedo de Guayaquil.
Dr. Remigio Crespo Toral. Foto tomada del libro "América Libre" volumen tres 1934.
OLMEDO.
Contribución al Centenario del 9 de Octubre de 1.820
Al saludar al sol de nuestra emancipación, en este día de recogimiento de la conciencia nacional, ante la extensión de una centuria, al repasar los hechos y recordar a los hombres de cien años atrás, la vista cansada ya por la visión de tantas cosas mezquinas y pequeñas, detiénese en el relieve de las cumbres; y la historia, nó un estadista, un creador, o un conductor de generaciones o caudillo de espada: ¡es un poeta! Su nombre salta en este momento en todos los lados con estremecimientos de emoción: ¡Olmedo!
Después de los libertadores –Bolívar, genio de la guerra y la elocuencia, cerebro y brazo, balanza para medida de la ley y brújula en las travesías de la política: después de San Martín, paciente generador de naciones venturosas: después del joven Sucre,- ¿quién representa el decoro del movimiento separatista en esta privilegiada región del Guayas?...¿Su nombre? ¡Olmedo! Nombre sin precedente apreciable en los linajes de Castilla, así como los de Bolívar y de Sucre, para quedar único en los patrios anales. El genio casi siempre carece de descendencia, astro sin satélites sublimado en la soledad de su luz para presidir las noches de los pueblos y extender su resplandor en los siglos de la historia.
Fruto tardío de la colonia - larga escuela de aprender trabajosamente la libertad en una lenta y casi mortal evolución - surgió como astro de la mañana en el cielo de la independencia y el primero de sus luminares intelectuales. ¡Y fue un poeta! Improvisación de una tierra virgen que no conocía aún el prodigio del canto. Como en los bellos días de la Hélade armoniosa, nació la libertad a la seducción de la lira. ¡Salud, pueblo feliz, nacido al són de los himnos órficos, como aquellos de la edad épica, más adorada cuanto más lejana se esfuma!.
En los cien años que quedan atrás, no obstante haberse levantado aquí otros varones eminentes, Olmedo es aún cima que preside la grandeza nacional. En espacio mayor del extenso horizonte y ecos que repitan y prolonguen la forma pregonera, él habría cobrado estatura más alta: la magnitud del país hace también la magnitud del hombre. y este noble espíritu fue también y ante todo, un hermoso corazón, que se colmó todo entero con el amor de la Patria, no siquiera de la Patria Grande y gloriosa –la malograda Colombia- sino de la Patria pequeñita, done gustó el genio ocultarse bajo el rosal, para libar la miel de su jardín, a la margen del maravilloso río, sombreado de naranjos y opacos tamarindos. En España mismo, en cuyas asambleas llevó la palabra de América, inspirándose en la piedad hacia los oprimidos de la raza, pudo seguir adelante en el camino del renombre y competir gallardamente y superar talvez a los líricos de la metrópoli, ingiriendo en el viejo árbol de la literatura castellana la savia y el vigor del alma nueva de América. Pudo allá lanzar el primer impulso de renovación, dando a sus creaciones un teatro universal. Pudo en tierra inglesa, empaparse en su dulce literatura predilecta, para traer a las letras españolas la concisión, el ritmo sutil y los vuelos triunfales de la mayor entre las literaturas del Norte. Más la fama resultaba negocio ínfimo cuando se trataba de nuestra libertad. Llegó el momento de la transformación y el de renunciar a todo en pro de la vida. Arrancada la diadema de España por mano del Capitán del Siglo, quedamos libres, en nombre de Dios y por la naturaleza. Debió desde entonces en estas Indias remotas, hacerse otra España, un imperio español, una confederación de países libres, para recibir aquí lo que de España debe perdurar, dentro de una unidad grandiosa de religión, de lengua, de forma gubernamental. Debíamos desde entonces sentar la base democrática, para devolver la democracia a España, la democracia a que nos convidan la inmensidad del Continente y la amplitud del desierto, de los mares y de las cumbres.
Al principio, el patrimonio criollo sostuvo la legitimidad monárquica contra el usurpador francés. Era la táctica de campaña, el patriotismo para afuera: adentro, iba derechamente hacia la independencia. España no podía ya mantener en sus vastas Indias ni la seguridad ni el dominio, ni cultura; a no libertarse América entonces, habría pasado a la mísera condición de colonia, quizás de la invencible Inglaterra. Cuando España había muerto para América. Sus reyes y ministros de la decadencia no podían regir territorios más extensos que toda Europa, en donde el valor castellano había sembrado la altivez, que no se compadece con un poder que no sea delegación de nuestro propio derecho.
Se había guerreado ya cosa de diez años, los mártires de Quito habían entregado su sangre, para que de su venganza surgiese la Patria; la lucha a muerte había enloquecido a comarcas enteras, formando una pesada atmósfera de heroicos rencores. Y Guayaquil se mantenía aún por España y por el Rey. Solicitada por influencia de los virreinatos limítrofes, prevaleciendo las del norte, donde Bolívar, como un aluvión de gloria multiplicábase improvisando triunfos y creando naciones, no podía sacudir el yugo español: astillero, plaza fortificada, comandancia militar bajo la presión del Virrey de Lima, dable no era sustraerse desde luego a una soberanía armada y fuerte, que la celaba como al tesoro mayor del virreinato.
Aguardaba el poeta el momento propicio, preparado por su larga campaña de precursor, como la de Espejo en Quito, como la de su compañero Mejía en las Cortes de Cádiz, como la de Miranda y de Nariño.
Debía hacerse la separación de la metrópoli y del virreinato opresor ¡y llegó! En pocas horas al concurso de nobilísimos jefes extranjeros, el pueblo de Guayaquil en masa apellidó libertad el 9 de Octubre de 1820, y puso de Jefe de su gobierno a Olmedo. El elemento militar, en plena campaña, en lo más culminante de ella en toda América, cedió aquí los atributos del mando a un hombre civil, modestísimo, ¡a un poeta! Y éste procediendo como político viejo y patriota consumado, escribió el primer estatuto constitucional, formando con los patriotas nativos de Guayaquil, la república independiente que desafió la codicia de los virreinatos. El poeta puso un pedazo de cielo de su patria sobre las blancas espumas de su río, e hizo su hermosa bandera de concordia, de paz y de poesía.
La proclamación de Guayaquil, como la inmediata posterior de Cuenca, sostuvo la independencia local, dejando un antecedente de gallarda altivez, hasta en contra de las imperiosas influencias de la gratitud a los grandes hombres de la naciente Colombia. Los sucesos de entonces se juzgan con el criterio de hoy, y esa libertad de acción que proclamó el sur para ser y organizarse a su guisa, correspondía al antiguo programa de los patriotas de Quito en 1809 y 1812 que declararon natural y obvio el derecho de todas las secciones americanas a determinar sus destinos.
Guayaquil como Cuenca declarose estado independiente. Más tarde los ejércitos de Colombia debían adelantarse al sur, vencer en Yaguachi ser vencidos en Miñarica y triunfar en Pichincha. El prestigio de la victoria y el reconocimiento al auxilio extranjero la incorporación a Colombia de todo el antiguo Reino de Quito. Efímera ocupación militar, que tuvo muy pocas trascendencias a la vida civil, y que quitándonos la soberanía doméstica, nos dejó después sin muchas de sus ventajas, mermados los haberes y mermada la gloria...
No es dable negar ni mengua para los patriotas de Guayaquil y para Olmedo su persistencia en conservar la República creada en 1820, ya que la Gran Colombia no representaba, en verdad, una nación homogénea sino un nombre, el de Bolívar, a cuya desaparición debió seguirse inevitablemente la de su ensueño, tan grandioso como inconsistente. El antiguo reino de Quito subordinado a Santa Fé y en parte a Lima, vióse envuelto en las combinaciones de expansión de Colombia, al mismo tiempo que la diplomacia de Lima extendía cautelosamente sus redes al sur del Ecuador: ¡un capítulo de la antigua conquista comenzada en las comarcas de Quito, bajo el cetro de Túpac-Yupanqui y Huaina-Cápac! A la codiciada Guayaquil llegó el protector San Martín para conferencia con el Libertador de Colombia. La conferencia se realizó en esta ciudad para solucionar las rivalidades de los dos viejos virreinatos. Quedó franca la ruta a Bolívar, y adelante las haces de Scipión –adelante para consolidar la emancipación americana, que se concluyó con la marcha triunfal de Junín y de Ayacucho: el sol de estas victorias se esparció en todo el horizonte; y un hijo del sur, un gran Mariscal de los vencedores de Ayacucho, quedó a presidir los destinos del Perú, país entonces el más rico, solar y asiento del poderío español, pero sin hombres que mereciesen defenderlo y regirlo.
Más, la ilusión de Colombia, ni aún en la forma federal que se preparaba, tenía consistencia. No obstante la imperiosa fama del Libertador y la virtud de Sucre, aunque se había fundado Bolivia en territorios del virreinato de Lima bajo la egida de Colombia; ésta, cuerpo enorme y desorganizado por los mismos caudillos militares, si vivía para la gloria, no conservaba señales de larga vida.
Guayaquil resistió a las solicitaciones de la alta soberanía colombiana, y Olmedo rehusó en absoluto la incorporación a Colombia. ¿Fue un error? ¿no fue más bien un caso de rectitud y valor moral, tanto más comprobado cuanto se ejercía contra los héroes y contra el Libertador, ese como semidiós del cantor de Junín? Consta en numerosos documentos, que se habían conjurado contra Colombia las principales fuerzas de acción y de influencia desde Venezuela hasta el alto Perú: Paéz, Santander, Lamar, los hombres de Berruecos, los facciosos de Chuquisaca, nuestro inteligente y astuto general Flores... Hasta la misma guerra con el Perú en 1828, precedida de la sublevación de un cuerpo de tropas colombianas en Lima, fue quizás un detalle del movimiento combinado para la disolución de Colombia, que vivía porque vivía el Libertador, contra quien se levantó hasta la espada del joven Córdova, uno de los más brillantes capitanes de la América independiente. Colombia, Cid Moribundo, hizo su última presentación en Tarqui: la equívoca terrible situación del ecuatoriano Lamar dio margen para que se pronunciase la palabra traición. Olmedo estuvo ausente en Londres al servicio de la agonizante Colombia, cuando el rompimiento de 1828. Tristes y confusos hechos, responsabilidades complicadas, problema histórico que lo resolverán mejor que nosotros los venideros... ¿Nos resultó favorable la incorporación a Colombia? ¿No habría sido más conforme a la justicia que el Sur, hubiese, en los días mismos de la independencia, formado una entidad soberana aparte, como Bolivia? Esto, que lo impulsaba el Perú, nos habría ahorrado por lo menos la contienda de linderos. ¿ Tal contienda la manejó debidamente la diplomacia de Bogotá? ¿Habría entonces el Estado ecuatoriano cedido los grandes territorios que cedió Colombia?
¿Quién podía disputarnos entonces el derecho original, la facultad plebiscitaria de constituirnos nación, con su territorio íntegro, por más que éste se hallase sujeto a diversas superioridades virreinaticias, dentro de la complicada organización colonial?
Olmedo, que ciño el laurel a la frente de los vencedores de Junín y Ayacucho, el Homero del Aquiles americano, padeció destierro, por mantener el derecho de su tierra natal a disponer de su suerte. Más todavía: tomó asiento en una asamblea del Perú y se le declaró peruano de nacimiento. ¡tanta era la confusión de pareceres y los contradictorios propósitos de todos estos países, en el momento decisivo de formarse las nacionalidades! El poeta, padre de su patria hasta 1830, persistió en su intento de emancipación definitiva de su tierra del alma, de su rincón del Guayas, con extensión hacia los territorios del Reino de Quito. Según él, a Guayaquil correspondía la concentración, la hegemonía del Sur de Colombia. Se ha llegado a decir que se inclinó alguna vez a una incorporación al Perú, bajo el régimen de su compatriota Lamar; pero no consta documento alguno que lo pruebe: antes bien, se deduce de los diversos movimientos de Guayaquil y del testimonio de personas que lo atestiguan honradamente que: el padre de la Patria de 1820 pretendió siempre crear la nacionalidad ecuatoriana bajo un gobierno propio, dentro del territorio del viejo Reino de Quito. Su definitivo pensamiento, que pudo quizás realizarse cumplidamente en los días heroicos de la emancipación, no se hizo en 1830 y se completó en 1845, año de lo que entonces se llamó segunda independencia del Ecuador.
Desde 1830, Olmedo fue todo para su Patria, redactó con otros próceres la constitución de Riobamba, y como un homenaje a la gloriosa Colombia, precisamente el pueblo incorporado a ella desde 1820 adelante, se declaró dentro de una vasta confederación con Venezuela y Nueva Granada, para conservar, eso sí, las tres secciones los atributos íntegros de la soberanía. ¡Ni Venezuela ni la Nueva Granada correspondieron al llamamiento del Benjamín de la muerta gloriosa república!.
Olmedo continuó interviniendo en la dirección de los negocios públicos de su Patria, presidió la Asamblea de 1835, aliado al General Flores, al que rindió homenaje casi en el mismo grado que a Bolívar. El caudillo fundador de nuestra república, desfigurado por el odio político y la versátil opinión de nuestro país, nunca firme en sus simpatías o rencores, fue uno de los hombres públicos más notables que multiplicó Venezuela para guerrear y gobernar en este lado de América.
Vino más tarde lo que puede llamarse la etapa de Miñarica, en una como sorpresa teatral, los adversarios ardientes de Flores con Rocafuerte a la cabeza, transigieron... para una transmisión pacífica del poder, hábilmente acordada por el sutil político de Puerto Cabello. Los patriotas de Quito mantuviéronse firmes en la tentativa de nacionalizar el gobierno. Sus amigos de Guayaquil con Rocafuerte y Flores reconciliados no llegaron a un convenio; y se realizó el siniestro encuentro de Miñarica, "Campo dos veces funesto para la libertad". Allí encontramos el primer capítulo de una larga serie de contiendas animadas por el regionalismo, enfermedad esporádica y persistente en nuestra vida de pueblo no consolidado todavía. ¡Despertó la musa de Junín con el canto final y magnifico! El General Flores recibió una corona tan espléndida como la de Bolívar.
Espantado el poeta ante la matanza, en su canto mismo, deploró el horror de la contienda intestina.
Rompe tu lira,
doliente musa mía, y antes deja
por siempre sepultada en noche oscura
tanta guerra civil! ¡oh tú no seas
quien a la edad futura,
quiera en durable verso revelarla.
Que si mengua o escándalo resulta,
Honra más la verdad quien más la oculta!
Extravío del Genio llamó Olmedo a su obra maestra, cuando en 1845 escribió el manifiesto justificativo de la segunda emancipación del Ecuador.
En ese año de gracia y gloria, aparece radiante con los últimos rayos de la puesta del sol, la figura de Olmedo. Alma e inspiración del gobierno provisional, ocupó sitio de honor en la Convención de Cuenca, uno de los cuerpos políticos más nutridos de hombres eminentes. A Olmedo tocaba la Presidencia de la República, por derecho, como dijo Rocafuerte, y el temor de los mediocres al genio y la infeliz convicción de éstos acerca de la incapacidad de aquél para gobernar, llevó a la Jefatura del Estado a un buen burgués...Olmedo desapareció ya desde entonces en el anfiteatro político.
A poco de llevar una vida de esterilidad y de concertación melancólica, rindió la jornada, cuando todavía pudo darnos los frutos maduros del ingenio: los prometía para la edad plena y robusta, su espíritu acostumbrado a los encumbramientos del ideal y su arte de ejecución, diestro como el que más en los primores de la forma.
¡Oh tela delicada
antes de tiempo dada
a los agudos filos de la muerte!
(Garcilaso)
así fue el patriota: moderado, apasionadísimo de la Justicia, de rara integridad, no conoció las sinuosidades de la ambición ni le manchó la tizne de la codicia. De mortaja sirvióle la bandera nacional, tan limpia como los linos de la cuna. Los documentos políticos que de él se conservan denuncian una reposada austeridad y una rectitud sin vanidad alguna. El Estatuto Constitucional que escribió para su República del Guayas, una dichosa república de Platón, contiene las honradas declaraciones de una convicción democrática de pureza y elevación no comunes en las piezas políticas de aquella edad tormentosa y bravía. Adviértese primeramente la gran extensión que el Estatuto da a la vida municipal, la vida primera, la gestión, la más enérgica, la más querida. A los ayuntamientos encarga unos cuantos servicios hoy llamados nacionales; la instrucción y beneficencia públicas, la policía y la seguridad, las mejoras; todo lo que atañe a lo doméstico, para desarrollo de la actividad familiar en la ciudad, firme cimiento de la cultura cívica y de la cohesión nacional. Aquella constitución ordena también el servicio militar obligatorio: una anticipación admirable del patriotismo, antes que ningún pueblo ni político alguno pensasen en dignificar la milicia convirtiéndola en ciudadanía organizada que reemplace a los mercenarios de uniforme. El Acta del 6 de Marzo de 1845 contiene también declaraciones de sinceridad patriótica, que no fueron desmentidas por el integérrimo varón que las escribió. Si algunas contradicciones se advierten en el proceso de su limpia vida, se explican por los caprichos del tiempo, la inesperada variación de los hombres y las súbitas evoluciones que se traducen en las curvas de la existencia. El hombre no puede prescindir de la corriente que lo lleva y del viento que lo empuja: su destreza consiste en guiarse por el espíritu de la hora, por la instantánea ingenuidad del pensar y del sentir, que dijo Tolstoi.
Así fue el hombre, en verdad, padre de su patria, modelo en la vida doméstica y enderezado siempre con rumbo al deber.
¿Y el poeta? Nadie que no sea nacionalista extranjero o pedante esclavo de la última moda, le negará su puesto de primogénito de la poesía castellana en América. El mismo, sin embargo de su timidez, tuvo visión cierta de su fama por convencimiento de superioridad
la voz del Guayas crece,
y a las más resonantes enmudece (1)
Así afirma la musa de Junín, y el poeta escribe a su Aquiles: "Los dos hemos de estar juntos en la inmortalidad"
A tiempo de estallar el movimiento separatista en este continente, aparecieron como improvisados, tres poetas: Olmedo, Heredia, Bello, columnas que todavía aparecen, lejos sí pero en alto, a la cabeza de las generaciones que van hacia la nombradía. Heredia tan inspirado como Olmedo, de más equilibrio y sobriedad en la composición y los recursos artísticos, cede la primacía al vate del Guayas en elevación y por la nota pintoresca y original, por el dinamismo nervioso y crepitante del numen que esparce el efluvio emocional y deja en la atmósfera la vibración genial, onda sonora del ritmo. Bello, autor de las Silvas americanas, primer polígrafo, sabio y gran humanista, llegó a poeta por el camino del estudio y cinceló la estrofa como flor de la ciencia, describió en metáforas lapidarias las maravillas del trópico, y dictó, en frías, rítmicas cláusulas, máximas de legislación para los estados nacientes. El mismo bello, colocado a las faldas del Olimpo, reconocía en Olmedo su más alta cima.
Estos poetas, Olmedo principalmente, formáronse en la cepa española, sobre el helado vástago del siglo XVIII, de impecable manera y casi vacío de alma: el perfume de un vaso roto. Más ya en España habían anunciado el alba del renacimiento Quintana y Gallego, aquél uno de los encumbrados líricos de habla española. Nuestros poetas añadieron a la lira castellana que renacía una nota de sinceridad procedente de América, de su prodigiosa tierra, de su espíritu nuevo, de la sugestión de su paisaje y de la visión de su porvenir: la emoción ante el Niágara maravilloso, la evocación del Teocali de Cholula, la Agricultura de la Zona tórrida, página de geórgicas de la tierra tropical y el poema de Junín, grito épico de la América libre, poesía patriótica no superada aún y canto marcial que en las letras castellanas no halla término de comparación sino en otro canto guerrero del mismo poeta.
¿Cómo clasificar a este poeta? ¿ De dónde procede la parte erudita de su composición? Su educación clásica aparece completa, sobre él ha pasado la sugestión de Homero y Píndaro; de aquél procede la revista épica de sus héroes de la guerra magna en los campos del Perú; de Píndaro, el grito inicial, el ardor apolíneo y el vuelo nervioso y ondulante. Virgilio, Lucrecio, Horacio, Ovidio y Lucano le amaestraron en el buen gusto, en la sobriedad, en la nítida precisión de la frase poética. El se declara discípulo de Meléndez Valdez, que en rara ocasión, se elevó a los altos temas, limitado al género pastoril y amatorio sus bruñidas estrofas. El bardo americano de tan potentes alas no pudo cobrar impulso imitando a un águila de jaula, como fue el dulce Batilo. Más directamente coincide con Quintana, el famoso lírico del Panteón del Escorial. Descontada la influencia de los estudios grecolatinos, en Olmedo ejercieron sugestión poderosa las literaturas de Francia e Inglaterra, sobre todo la última. La modificación que en él se advierte del clasicismo tradicional de España, procede de las letras inglesas, de su comercio con Pope, Richardsson, Milton, Dryden y el seudo Ossian. Las pocas notas y cartas que se conservan de nuestro poeta comprueban la amplitud de sus conocimientos, la fineza de su labor artística, la seguridad de su procedimiento, su originalidad, en especial para impulsar la acción, descomponiéndola en instantáneas variaciones y en súbitos contrastes: las rompientes de la luz sobre el fondo de la sombra. La obra, concebida y creada, desde su primera materia, asoma lozana y tumultuosa, para descomponerse en los períodos rítmicos, con sobriedad estatuaria y vibrante animación.
Aunque ella aparezca espontánea y fácil, procedió de una lenta, trabajosa labor, fruto de una vocación artística sostenida por un respetuoso culto a la dignidad del arte. De ahí la escasez de su producción y la casi soledad magnifica de sus dos poemas inmortales. El Canto a Bolívar y la Oda a Flores: documentos máximos de la lírica española, que resisten a la comparación dentro de todas las literaturas modernas.
Parece que tuvo empeño de no producir sino las dos memorables ocasiones, movido por el espectáculo marcial. Después de cada uno de sus poemas, se hizo grande, el sublime silencio, también obra de arte , matiz severo de la vida.
Después de los soberanos acordes de una sinfonía, bien observó Wagner, la emoción nos demanda reposo, y la tregua de silencio completa la obra maestra. La no interrumpida producción podrá acusar exhuberancia y magnitud; pero la rareza tiene algo de solemne que se conforma con la severidad y el religioso culto de las artes.
Porque estos cuadros y versos de batalla, rarísimos en las letras, no han llegado a la tendencia de perfección y a la ejecución cabal.
La excesiva emoción superior a los medios de traducirse trae en veces la frialdad. Casi nunca el cantor se pone al nivel del héroe. En la dificultad de describir las diversas fases del combate, en la imposibilidad de trasladar a la forma la suprema expresión del valor y del miedo, ¡han escollado tantos ingenios! En la pintura mismo, resultan muy escasos los lienzos de batallas; y por un David, o un Horacio Vernet, se multiplican los dibujantes de muñecos de guerra y los empastadores de grandes masas de color. ¡Cuántos héroes y caudillos han tenido, a lo menos en la poesía lírica, un cantor de sus triunfos: no lo tuvo Alejandro, no lo conoció César, Napoleón no cabía en las canciones de Beranger; y aún los acentos de Lamartine o Hugo vinieron desacordes para la grandeza del tema, la inmensidad del escenario y la calidad del héroe. En la épica antigua, sí aparecen soberanamente los personajes de la gran guerra de la sagrada Troya, los más humanos de la Eneida, los gallardos Paladines del cielo medioeval y los reyes, campeones y navegantes de los poemas del Renacimiento. La lírica de combate afuera de Alemania y de algún otro país del norte, aparece lánguida o escasa, no se ajusta a los móviles, terribles escenas de la lid, y la impresión final que tales composiciones deja, acaba en la convicción de la impotencia del cantor. En la elegía se cuentan si ejemplares admirables. ¿Quién no recuerda el Cinco de Mayo de Manzoni y la oda del predilecto hijo de Colombia Miguel Antonio Caro, al Bolívar de la estatua de Tenerani?
Aquí está el primer poeta guerrero, el primer lírico de la guerra. No tuvo el César Carlos V ni don Juan de Austria quien celebrase dignamente sus hazañas. Herrera, el bíblico y divino, no acertó con el ambiente de Lepanto. En nuestra América, en una guerra separatista, los caudillos improvisados encontraron al que centuplicase su estatua y los entregase radiantes a la posteridad. ¡Quién lo creyera! Un varón moderado en sus empeños, hombre de gabinete, incapaz de esgrimir espada y de soportar un chispazo de fusil ¡contraste y prueba de la rareza del genio! Fue el poeta de los combates, midió el campo, siguió los detalles infinitos de la acción y señalo la ruta a la victoria.
Verdad que se nota, sobre todo en el poema de Junín, algo de la "oratoria rimada" que dijo Bolívar, uno de los mejores críticos del poema que lo sublimó; quizás pudo determinarse mejor el carácter del Inca, vengador de la América prehistórica y profeta de la nueva, aparece sin duda pueril la celebración de los ritos del culto al sol en un país en que habían hecho la conquista y la emancipación guerreros cristianos, los principales de ellos de estirpe castellana. Que el poema adolece de expresiones vulgares, de énfasis declamatorio, de nimiedad en ciertos detalles ¿quién lo niega? Más el conjunto de ese gran fragmento de epopeya se impone soberbiamente a la emoción y a la admiración. Comienza con el apóstrofe pindárico y la musa se adelanta al campo para mezclarse en la carga de Junín, que detiene al sol en el ocaso, para mostrar la magnificencia del cuadro final de la victoria, sobre la que flota el misterio del crepúsculo, en una épica sublimidad. En esa noche, diseñase en el cielo, quizá por última vez, el maravilloso antiguo: es la aparición del Inca, del varón más excelso de la remota historia, semidiós de su mitología, hijo de la vieja Tomebamba, compatriota del poeta y el único que podía desafiar la gloría de Bolívar. Este, al leer el poema de Olmedo, celos tuvo de la grandeza de Huaina-Cápac: eran el uno para el otro, los únicos de grandeza definitiva cuando cantó el poeta del Guayas.
¿Qué este recurso, esta máquina arcaica no encajan en la poesía moderna? ¿qué sólo a los contemporáneos se permite la libertad artística? Ya se defendió el mismo poeta: "Eso de reglas, de pautas, es para los que escriben didácticamente.... ¿Pero quién es el osado que pretenda encadenar el genio y dirigir los raptos de un poeta lírico? Toda la esfera del bello ideal es suya... Si el poeta se remonta, dejadle, no se exige de él sino que no caiga". He aquí los cánones de libertad antes del romanticismo, he aquí a un predecesor de Hugo y Byron. Ya le había enseñado el dulce Virgilio, un dios del clasicismo:
Norvit nanque omnia vates,
Que sunt, que fuerunt, que mox ventura trahunt
Debe más bien encararse la audacia de quien ensayó este recurso en vida mismo de los héroes celebrados en el poema y teniendo a la vista las pequeñeces de la realidad. Para cantar dignamente en la épica trompa, se ha menester que el tiempo como el sol al caer duplique la sombra de los héroes. Olmedo logró vencer esta ley de la naturaleza y precisamente para suplir la pequeñez de la farsa que dijo Bolívar, puso sobre él la sombra del Inca. Menéndez y Pelayo no obstante restar méritos en ocasiones al poeta insurgente, lo juzga con la olímpica rectitud con que casi siempre procedía, juez de vivos y muertos en literatura. El condena severamente la aparición del Hércules indiano y la cree copia hasta de Martínez de la Rosa, sin advertir que la aparición del Emperador en el poema americano se desarrolla viva, el personaje místico se impone se escucha su voz, se lo siente, escuchamos reverentes sus anuncios y participamos en el coro de las vírgenes que rodean a la augusta sombra. Además, el poeta no tiene más fronteras que el absurdo, crea dentro de los límites de lo infinito, asciende a lo suprasensible, dentro del vasto mundo de lo verosímil, reconstruyendo las edades muertas, resucitando a genios y dioses; y no pide sino que se mida la magnitud y grandeza de su obra por los efectos que produce: si emociona y transfigura y arrebata, la obra buena es, por más que se escape de los vallados de la lógica. "El Arte, escribió Musset, no es ciencia ni oficio. La ejecución de la obra de arte es una lucha contra la realidad".
La épica en la poesía lírica, el arrebato maravilloso, en un himno guerrero; ¡antítesis asombrosa! Que la ensayó un artista audaz, sin detenerse en los procederes de escuela, ni arredrarse ante la frialdad de los hechos, confundiendo, en un torbellino de inspiración, a manera de los profetas hebreos, hombres y cosas, lo pasado y lo futuro, para una predicción de paz de gloria e imperio en una América inmensa, regenerada y unida de polo a polo, que equilibrase la historia con su peso, como la gran mole de los Andes sentados sobre bases de oro. Atlas más vasto y soberano que el de los Titanes.
Señoras, caballeros que estáis celebrando estas fiestas patrióticas , galantes y soberbias, en recuerdo de vuestra primera libertad y por la ventura de la casa aparte; hermosuras encantadoras que presidís aquí la escena, ninfas arrancadas a los rosales dl poeta en la margen que lame y acaricia el sagrado río, sabed y creed que el padre de la Patria comparece ante los herederos de su fama y los usufructuarios de su campaña cívica. Rodeado de los próceres, de los honrados vecinos, de los soldados beneméritos que dictaron y firmaron las capitulaciones de vuestra emancipación, os recuerda: que el gobierno es paternidad del pueblo, nacida para él, ministro de él, que la libertad no es una antena para deslizarse en el fango sino un ala para hender el espacio con rumbo hacia la luz; que la patria aunque desvalida, madre nuestra es y debemos amarla, servirla y sacrificarnos por ella, sin desertar de la heredad, sin huir de la casa, esclavos de otros países y de otras civilizaciones. Os recuerda que Dios es árbitro de los destinos humanos y su ley y su órbita; que "no hay otro remedio para los pueblos que un buen sistema de moral, a que deben propender todos los que aman a la patria, y desean prospere por las bellas letras, por el influjo de una sabia y propia legislación y por el imperio de las buenas costumbres, más eficaces que las leyes físicas" (2). Os recuerda que gobernar corresponde a los más diestros y virtuosos ciudadanos, el manejo de la hacienda a las manos más puras, el ejercicio de la espada a los héroes, que la ciudadanía es hermandad, la misericordia ley; que antes que la política están el trabajo y la formación tenaz de nuestra personalidad: más bien que intentar la formación de otros, modelemos nuestra propia fisonomía y adoptemos las posturas de serenidad y nobleza a que se nos llama en la vida pública. Así nos engrandeceremos como hombres y como nación. Y para hoy y para mañana, pues no somos aún del todo independientes, ya que no están de un lado cerradas las fronteras,
La Patria os pide y el destino os manda
Otro afán, nueva lid, mayor victoria.
Y para el banquete espiritual, para la delicia de las artes, para soberanía de las deidades protectoras de esta tierra de epopeya, ¿no véis aún encendido el fuego en oblación al numen de vuestro magnífico poeta? Guardado habéis religiosamente la llama sobre las aras: encendida la tuvo aquí uno de los más diestros líricos cuya potencia verbal desafía a los más incansables justadores de la lira, el robusto, el tonante, el dolorido Llona; viva queda la armonía de Borja el cantor de Sucre, hijo del Pichincha heroico, nutrido en la inspiración del Guayas; González, el Proteo del verso, el eterno proscrito llenó vuestras selvas del rumor de sus estrofas. Olmedo ha visto en ellos a los guardadores del culto de su Olimpo del Guayas. Y ahora, liras robustas y liras juveniles conciértanse en numeroso coro. Aquí alientan los hijos mimados de la ciudad gentil, para rendir homenaje a la hermosura diosa del poema representada hoy por beldades de espiritual encanto, que desde el altar nos piden los ritos de su culto con la divina palidez de la emoción virginal, con los labios palpitantes en que duermen las caricias del ritmo, con los ojos de luminosa negrura como las estrellas del trópico. ¡Salud a ellas, salud a la reina, salud a los vencedores de la lira! Y perdure en estas playas la religión de la belleza, con la admiración a los héroes guardianes de la patria; el héroe y el poeta se juntaron en este bendito suelo, para hacerlo mansión de apoteosis, donde el poeta mayor de América sublimó a su nombre más excelso El poeta recibe en esta vez la recompensa más dulce, la sonrisa de las gracias; lo demás que él pedía, ya lo tuvo en el amor de sus hermanos. ¿Y los tiranos? No quedan ya los tiranos!
¡Feliz yo que te saludo, sombra venerada! Venido de las montañas, para rendir tributo a tu memoria, agrego un modesto nombre al de tus admiradores, pido ciudadanía a tu pueblo natal para guardar los fueros de tu gloria y te entrego la lira que se estremeció a las caricias de tu numen. ¡Ella duerma sobre tu tumba!
Notas:
Fuente: Biblioteca del Dr. Elías Muñoz Vicuña.
Escaner: Daniel Dávila Toala.
Edición: Fernando Muñoz Iturralde.